La insólita historia del argentino secuestrado por fisicoculturistas que se volvió una película de Hollywood



“La realidad y la ficción son hermanas gemelas, se alimentan una a la otra”. La frase, vieja aunque no tan conocida, se aplica a la perfección al calvario que vivió Marc Schiller, un empresario nacido en Argentina que, en su mejor momento, fue secuestrado y torturado hasta el borde de la muerte por una banda de fisicoculturistas de Miami​.

Su historia, que incluye episodios insólitos, llegó a Hollywood en 2013 con la película Sangre, sudor y gloria (Pain & Gain, disponible en Netflix), dirigida por Michael Bay (Armageddon, Pearl Harbor y la saga Transformers) y con actores de la talla de Mark Wahlberg y Dwayne “La Roca” Johnson, entre otros.

Schiller nació en Buenos Aires en 1957, aunque en el filme se lo describe como colombiano para cuidar su identidad. A los siete años sus padres se mudaron a Brooklyn, Nueva York. Y tras lograr una licenciatura en contabilidad y un máster en administración de empresas, viajó a Colombia para trabajar en oleoductos de propiedad estadounidense. En Bogotá conoció a su mujer Diana y se casó.

En 1989, el argentino se mudó a Miami, donde abrió su propio estudio contable con el que comenzó a amasar su fortuna. Y adquirió una franquicia de una cadena especializada en sándwiches.

El empresario Marc Schiller, nacido en Argentina.

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Su vida trascurrió con normalidad hasta 1991, cuando una mala decisión basada en una buena intención lo llevaría a vivir una verdadera pesadilla. Ese año, su secretaria personal Linda le reveló que su esposo Jorge Delgado estaba desempleado y le pidió si podía contratarlo. Tras dudarlo, Schiller aceptó.

Rápidamente, el argentino y su nuevo empleado entablaron una relación de extrema confianza, a tal punto que comenzaron a hacer negocios juntos, entre ellos una empresa de suplementos nutricionales. Sin embargo, ese vínculo empezaría a resquebrajarse meses después, cuando un tercer protagonista entró a escena: Daniel Lugo, un ex convicto que se declaró culpable por estafas valuadas en cientos de miles de dólares.

Delgado -nacido en La Habana- era habitué del Sun Gym, un gimnasio de Miami Lakes del cual Lugo era empleado. Entre las típicas rutinas, ambos se hicieron confidentes, por lo que Delgado intentó sumar a su nuevo amigo a la relación personal y comercial que mantenía con Schiller. En este caso, el empresario fue tajante: no solo decidió no contratar a Lugo, sino que le recomendó a su empleado que deje de verlo. “Ese tipo te va a traer muchos problemas”, le advirtió.

El Sun Gym, lugar de encuentro de la banda de fisicoculturistas.

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Desoyendo a su jefe, Delgado siguió asistiendo a escondidas al Sun Gym. Y al descubrirlo, Schiller lo apartó de los negocios que mantenían en conjunto, más allá de otorgarle su correspondiente parte.

Fue entonces que Lugo logró convencer a Delgado de idear un plan para secuestrar a su ex jefe y socio y quitarle su fortuna. Para ello, reclutaron a otros tres fisicoculturistas: Adrian Doorbal, Stevenson Pierre y Carl Weekes. Lugo les argumentó que Schiller había estafado a Delgado por más de 200.000 dólares y les prometió un pago de 100.000 por dos días de trabajo. Una oferta más que tentadora.

Un secuestro disparatado

El 15 de noviembre de 1994, el improvisado grupo comando al fin logró capturar al argentino. Fue en el octavo intento. Antes hubo siete fallidos. En varios de ellos la inexperta banda dio gala de sus dos principales características: la torpeza y la estupidez.

Uno de sus planes incluía vestirse de ninjas en Halloween y tocar a la puerta de Schiller pidiendo dulces, pero terminaron la noche en un club de strippers. Luego, vestidos de negro y con camuflaje militar, se arrastraron por el jardín del empresario con el objetivo de atraparlo cuando recogiera el periódico, pero el paso de un automóvil los asustó y abortaron la misión. Días después, quisieron abordarlo en plena autopista Palmetto, sin contar que su víctima iba a tomar una bajada inesperada. Cerrando la serie de infortunios, intentaron secuestrarlo a la salida de una tienda de mascotas, pero el vehículo en el que se movilizaban sufrió un desperfecto y debieron arreglarlo en la puerta del comercio. Schiller nunca se percató de nada.

Mark Wahlberg, Dwayne Johnson y Anthony Mackie, protagonistas del filme.

Eran las 4 de una tarde de otoño cuando los secuestradores concretaron su cometido. Esperaron al argentino en la puerta de su local gastronómico y lo capturaron en el estacionamiento. Lo aturdieron con un taser, le taparon el rostro, lo maniataron y lo subieron a una camioneta para dirigirse a un depósito de Delgado en Hialeah. “Tomen mi reloj, mi billetera, mi auto, ¿qué más quieren?”, indagó el empresario. “A ti”, fue la respuesta.

En el galpón, el secuestro pensado para dos días se extendió por cerca de un mes. En ese tiempo Schiller fue sometido a todo tipo de vejaciones. “Me dieron descargas de Taser, me golpearon, azotaron y quemaron con un encendedor. Realizaron simulacros de ejecución y jugaron a la ruleta rusa en mi sien. Terminé por llamarlo Hotel Infierno”, recuerda. La comida era escasa, por lo que llegó a bajar más de 20 kilos. Sus ojos estuvieron cubiertos todos el tiempo por cinta adhesiva que casi lo deja ciego. Y a los tormentos físicos se suman los psicológicos. Recurrentemente amenazaban con violar a su esposa y matar a su hijo de seis años y a su hija de dos.

“¿Cómo tu tienes tanto dinero y nosotros tan poco?”, era la infame pregunta que repetía uno de los captores. Tras largas sesiones de tortura, el empresario hizo un trato: transferiría todos sus bienes si dejaban en paz a su familia. Así, le permitieron llamar a su mujer Diana, a quien le dijo que viajara a su Colombia natal mientras él terminaba de cerrar unos negocios.

El Taser con el cual torturaron a Schiller.

Durante los siguientes días Schiller firmó a ciegas decenas de documentos. Sus cuentas bancarias de Islas Caimán y Suiza en las que guardaba cerca de 1.25 millones de dólares en inversiones resultaron vaciadas con transferencias a paraísos fiscales. Todos los documentos fueron notariados por John Mese, dueño del Sun Gym y quien había contratado a Lugo como gerente de ese lugar.

Schiller debe morir

El secuestro se prolongó más de lo especulado por las demoras en el papeleo. La última transferencia se concretó el 10 de diciembre, 25 días después de su captura. Para ese entonces Schiller ya tenía sentencia de muerte. Es que en el continúo contacto con sus secuestradores logró reconocer la voz de Lugo. Además, la información tan exacta que manejaban sus secuestradores lo llevó a pensar que alguien cercano podría estar detrás del secuestro, alguien como su ex empleado y hombre de confianza Jorge Delgado.

Antes de asesinarlo hicieron que designe a la ex esposa de Lugo, Lillian Torres, como beneficiaria de su póliza de seguro de dos millones de dólares. También se comunicó con su abogando para decirle que su esposa había descubierto su amorío con una cubana.

Los secuestradores comenzaron a barajar distintas ideas. Uno de ellos sugirió asfixiarlo y tirarlo al río en un vehículo, pero Lugo lo descartó. La aparición del cuerpo podría llevar semanas y eso demoraría el cobro del seguro. Debía ser algo rápido y que no despertara sospechas. Así, decidieron que el empresario sería víctima de un desafortunado accidente automovilístico.

Durante días lo obligaron a tomar alcohol y somníferos. A las 2.30 del 15 de diciembre, Lugo, Weekes y Doorbal lo llevaron en su 4Runner al distrito comercial, a solo tres cuadras de su local de sándwiches. Lugo lo ató al asiento del conductor, pisó el acelerador y saltó antes de que el vehículo se estrellara contra una columna de cemento.

Al acercarse notaron que Schiller seguía vivo, aunque inconsciente. Lugo tomó un bidón con combustible, roció el cuerpo del empresario y a la camioneta y la encendió. Esperaba que la explosión del tanque de propano colocado en el interior de la 4Runner matara al argentino y borrara algunas de sus huellas.

Así quedó la camioneta de Schiller con la que intentaron fingir un accidente de tránsito.

Cuando se alejaban de la escena en el auto que habían llevado de apoyo, los secuestradores devenidos en homicidas -fallidos- vieron como la víctima abría la puerta y salía de la camioneta. Al volante, Weekes fue por el tercer intento de asesinato. Tras un breve y lenta persecución, logró embestir a un tambaleante Schiller, que golpeó sobre el capó y salió disparado. Para no dejar dudas, dio un giro y volvió a atropellarlo. La intención era hacerlo una vez más, pero los faroles de un auto en las cercanías los asustó y escaparon a toda velocidad. En sus cabezas el objetivo estaba cumplido. Schiller había muerto. O al menos eso creían.

Resurrección y planes de venganza

El 16 de diciembre, Schiller ingresó en coma al Hospital Jackson Memorial (JMH) como un NN. Fue sometido a varias cirugías. Le extirparon el baso y le repararon la pelvis y la vejiga. Cuando despertó y recuperó el habla, evitó hacer lo que cualquiera hubiera hecho, recurrir a la policía. Es que meses antes, el empresario había estado en la mira de las fuerzas por presuntas estafas vinculadas al programa de seguridad social administrado por el gobierno estadounidense. De pronto, ese hombre sospechado, que desapareció por un mes, reaparece seriamente herido diciendo que una banda de fisicoculturistas lo secuestró y le quitó toda su fortuna. Difícil de creer, incluso para aquellos que tenían la obligación de hacerlo.

Sin demasiadas opciones, el malogrado empresario contactó a través de un abogado a Ed Du Bois, un ex agente del FBI que encabezó Investigators, Inc., la agencia de detectives más antigua de Florida. El objetivo del argentino era reunir su propia evidencia para después ir a la policía. Du Bois no fue la excepción y en un principio tampoco creyó su relato, pero ante la duda optó por darle un consejo: abandonar el hospital y, en lo posible, la ciudad. El criterio era obvio. Si sus supuestos secuestradores descubrían que seguía vivo, iban a intentar terminar con el trabajo.

Mientras tanto, Lugo y su banda repasaban las noticias en los medios de Miami. Esperaban que se hable sobre la aparición de un cuerpo sin vida junto a una camioneta en llamas. Pero nada. Llamaron a la morgue y comenzaron a contactar a los hospitales preguntando por un tal Marc Schiller. No tuvieron novedades. Para las autoridades, el empresario era hasta ese momento un John Doe (como se denomina a los NN en Estados Unidos).

Al despertar de varias operaciones, Schiller reveló su nombre. Fue entonces que los secuestradores descubrieron que su víctima estaba internada en el JMH, en estado crítico, aunque viva. Lugo y sus cómplices visitaron el hospital, pero volvieron a hacer gala de su poca habilidad. Se perdieron entre los pasillos y nunca lograron encontrar el área de cuidados intensivos. A la mañana siguiente compraron vestimenta para hacerse pasar por médicos e hicieron una llamada previa consultando la condición del empresario. La respuesta los dejó helados. El argentino ya no estaba allí.

Imagen de la palícula “Sangre, sudor y gloria”.

El 17 de diciembre, en contra de la recomendación de los profesionales, Schiller abandonó el centro asistencial en un avión sanitario privado rumbo a Nueva York, donde vivía su hermana. El traslado costó 6.000 dólares, un valor ínfimo teniendo en cuenta que esa decisión salvó su vida.

El empresario pasó los siguientes días recuperándose en el hospital de la Universidad de Staten Island. En la víspera de Navidad se mudó a la casa de su hermana en Long island y después voló a Colombia. En ese tiempo continuó recolectando información, siempre en contacto con el detective Du Bois, quien para ese momento le había otorgado su voto de confianza.

Descubrió que su casa ya no le pertenecía, que su franquicia fue disuelta, que sus cuentas en el exterior y su cuenta corriente estaban vacías y que en sus tarjetas de créditos había gastos por 80.000 dólares, entre ellos preservativos y películas para adultos.

Algunos de los elementos secuestrados a la banda del Sun Gym.

En simultáneo, en Miami, la banda del Sun Gym llevaba varias semanas sin tener noticias de Schiller. Concluyeron que finalmente había muerto o que por algún motivo eligió no recurrir a la policía. Era principios de enero de 1995 y llegaba la hora de disfrutar del botín.

Lugo se instaló en la mansión del argentino, que ya era propiedad de D&J International, una firma de Bahamas creada por el fisicoculturista. En la caja fuerte encontró 10.000 dólares en efectivo, tarjetas de crédito, pólizas de seguro y las joyas de la esposa.

El siguiente paso fue engañar a sus vecinos. Ante ellos se presentó como “Tom”, un supuesto miembro de las fuerzas de seguridad de Estados Unidos. Les aseguró que Schiller había tenido problemas legales y que fue deportado a Colombia con su familia. Además les dijo que la vivienda había sido confiscada por el gobierno y que tanto él como sus secuaces se encargarían del mantenimiento. Doorbal también se ubicó en la zona, más precisamente a una cuadra de Lugo.

John Mase, dueño del Sun Gym y quien certificó los papeles firmados por Schiller bajo tortura.

A la par, la investigación de Du Bois seguía en marcha. Tiempo después, el empresario voló de Colombia a Miami, se reunió con el detective y ambos se dirigieron a la policía. Aportaron las pruebas y Schiller declaró por horas. Tras varios días, los efectivos se comunicaron con Du Bois. Pese a ser un caso que incluía secuestro, tortura, conspiración e intento de asesinato, entre otros, iban a caratularlo como un simple robo, una sentencia de muerte para cualquier investigación seria.

Schiller precisó que parte del dinero robado pertenecía a familiares colombianos de su esposa. Y para las fuerzas federales, todo lo vinculado a Colombia estaba asociado al narcotráfico.

Nuevo golpe y final

Con el dinero comenzando a escasear, la banda necesitaba una nueva víctima. A través de Doorbal, el grupo llegó hasta Frank Griga, un empresario naturalizado húngaro que se hizo millonario con líneas de sexo telefónico. Su colección de autos de lujo, su yate y su mansión de 700.000 dólares lo hicieron un blanco atractivo.

El sábado 20 de mayo, Lugo y su “primo” Doorbal llegaron a la vivienda de Griga para proponerle invertir en una compañía de telecomunicaciones que se expandía en la India. La pantomima incluyó folletos, gráficos de torta y diapositivas.

Jorge Delgado, personificado -bajo otro nombre- por Dwayne “La Roca” Johnson.

Tras consultar la oferta con un corredor de bolsa amigo, Griga aceptó volver a reunirse con sus posibles nuevos socios. El encuentro fue el 25 de mayo en la casa de Doorbal. El empresario llegó junto a su novia Krisztina Furton, quien se quedó mirando televisión junto a Lugo mientras su pareja y el anfitrión se retiraban para hablar de negocios en otra habitación. Los gritos retumbaron en la noche. Furton corrió hacia el cuarto y descubrió que su novio estaba siendo golpeado y asfixiado por Doorbal. Lugo logró sujetarla y Doorbal le aplicó una dosis de rompul, un potente sedante utilizado en caballos y grandes animales.

El plan daba resultados. Las dos víctimas ya se encontraban a su merced. Nada más cerca de la realidad. Griga se estaba desangrando y aún no le habían sacado un dólar. Todavía tenían a su novia, que podía aportar los códigos de seguridad de la mansión en Golden Beach. La despertaron y la presionaron, pero la mujer entró en pánico y la volvieron a drogar. ¿El resultado? Muerte por sobredosis.

Daniel Lugo, el líder de la banda del Sun Gym.

Con dos cuerpos y ninguna ganancia, Doorbal alquiló una camioneta con la que trasladaron los cadáveres al mismo galpón donde sometieron a Schiller.

En el almacén actuaron como carniceros. Con una motosierra comenzaron a desmembrar los cuerpos. Cuando la máquina se atoró con la larga cabellera de Furton, recurrieron a unas hachas. Los restos fueron colocados en dos grandes barriles, sin manos, pies y dientes para evitar sus identificaciones. Con la tarea concluida, cargaron los tambores en la camioneta y se dirigieron al suroeste de Miami para arrojarlos en un drenaje.

Mientras tanto, en la mansión de Griga, la mucama se disponía a comenzar un nuevo día de trabajo cuando descubrió al perro de la pareja solo en el interior. Algo estaba mal. El empresario y su novia trataban a la mascota como un hijo, por lo que era imposible que la dejaran abandonada. Rápidamente dio aviso a la policía, a amigos de los desaparecidos y a la comunidad húngara de la ciudad.

Adrian Doorbal, otro de los implicados en el secuestro del argentino.

La casualidad terminaría siendo un factor clave para la caída de la banda. Horas después de la desaparición de Griga, uno de sus conocidos vio su característico Lamborghini amarillo circulando por las calles. Lo siguió y descubrió al volante a alguien muy distinto a su amigo. Se trataba de Jorge Delgado. Además, junto al llamativo vehículo, notó en un Mercedes a Lugo, a quien había conocido en una oportunidad en la casa de las víctimas.

Con el nuevo reporte al 911, las autoridades unieron piezas. El capitán Al Harper, con 27 años en la policía, telefoneó al detective Du Bois y entre ambos analizaron las similitudes entre los dos casos. En apenas unas horas se dictaron las ordenes de arresto. Doorbal y Delgado fueron detenidos en sus viviendas. Lugo cayó cinco días después en Bahamas junto a su novia Sabina Petrescu, una bailarina erótica rumana que conoció en un club nocturno. “¿Todo esto es para mí?”, dijo al aterrizar en Miami y ver el operativo policial que lo esperaba.

El 24 de febrero de 1998, casi tres años después de los arrestos, comenzó el juicio penal más largo y costoso en la historia del condado de Dade. Durante diez semanas, la fiscalía y el jurado analizaron más de 1.200 pruebas físicas y escucharon el testimonio de 98 testigos, incluyendo el de Schiller.

En el proceso Lugo detalló el lugar en el que se encontraban los cuerpos de Griga y su pareja. El número de serie de sus implantes mamarios permitió su identificación. Fue el único aporte del acusado en todo el juicio.

Uno de los barriles donde escondieron los torsos de Griga y su pareja.

El 17 de julio de 1998, el juez Ferrer sentenció a Lugo y Doorbal a la pena de muerte, aún no ejecutada. Delgado, quien testificó contra sus ex cómplices, recibió una condena de 13 años y salió de prisión en noviembre de 2002. John Mese, dueño del Sun Gym, fue sentenciado a 30 años y murió en la cárcel en 2004.

En el cierre de la película, el detective Du Bois -personificado por Ed Harris- resumió a la pandilla: “Los encontraron culpables de robo, robo a mano armada, secuestro, extorsión, asesinato en primer y segundo grado y conspiración, pero no de lo que realmente eran más culpables: ser unos idiotas”.

Paradójicamente, no fue el único fallo del juez Ferrer relacionado a uno de los involucrados en este caso. El 17 de marzo de 1999, sentenció a 46 meses de prisión a Schiller, quien un mes antes se había declarado culpable por estafa relacionada al sistema Medicare. Fue la pena más leve posible.

Tras salir de la cárcel, Schiller se mudó a Boca Ratón y escribió dos libros. En la actualidad cuestiona con dureza a la película -basada en los artículos del periodista Pete Collins para el Miami New Times y no en sus autobiografías- y, después de su traumática experiencia, aclara que no tiene intenciones de hacer amigos: “Uno llega a este mundo solo y se va solo”.

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