La feria de anticuarios de San Telmo cumple medio siglo y vuelve después de ocho meses para celebrarlo



Entre ansiosos y emocionados, los puesteros de la Feria de Antigüedades de San Telmo se preparan para volver al barrio. Este domingo recrearán el ritual de todos los domingos previos a la cuarentena: bien temprano, aún de madrugada, comenzarán a montar las estructuras metálicas de sus puestos, sobre la Plaza Dorrego. Después acomodarán las cajas llenas de los objetos que han atesorado a lo largo de décadas. El permiso para este regreso les llega en el momento más preciso, nadie lo hubiera podido programar mejor. La feria festeja durante este mes sus 50 años.

Los feriantes habían alcanzado a trabajar hasta el domingo 8 de marzo, cuando ya comenzaban a detectarse los primeros casos de coronavirus en el país y la pandemia se transformaba en certeza. Con el decreto que activó la cuarentena archivaron los baúles y postergaron los festejos.

Ahora vuelven con algunos cambios: la feria, de manera excepcional, podrá extenderse hacia la calle Defensa, para garantizar el distanciamiento entre puestos y que todos puedan volver a trabajar. Además habrá un circuito para recorrerla, ingresando por una esquina y saliendo por otra. En principio el ingreso estará en avenida San Juan y Defensa. Podrá haber sólo un trabajador por puesto y deben garantizar otras medidas de higiene, como tener disponible alcohol en gel y baños químicos. La feria estará abierta en los horarios de siempre, de 10 a 17.

Esta foto fue tomada el domingo 8 de marzo, el último día en que se montó la feria. Foto Maxi Failla

“Fue una espera muy larga. Muchos de los puesteros tienen en la feria su único ingreso formal, así que fue un desafío muy importante poder acompañarlos. Y aprovechamos para ponerle pilas al desarrollo de un canal digital de ventas. Por otra parte, logramos adquirir casi el 70% de los puestos, es decir que vamos a dejar de alquilarlos. Además llegamos a un acuerdo con Fedex para el envío de las antigüedades al exterior”, contó a Clarín Eduardo “Lalo” Segurado, presidente de la Comisión de Permisionarios de la Feria de San Pedro Telmo. Como le sucedió a muchos otros rubros en esta cuarentena, ellos también tuvieron que revisar y modernizar modelos que necesitaban ser repensados.

Además de la de San Telmo, fueron habilitadas para volver a trabajar 31 ferias de artesanías y manualistas.

La Feria de San Pedro Telmo fue inaugurada en noviembre de 1970. Foto Maxi Failla

La Feria San Pedro Telmo fue creada por el arquitecto José María Peña y, en noviembre de 1970, arrancó con 30 puestos. Llegó a tener 270 y ahora opera con 240. La National Geographic la ubica segunda, después de la Bermondsey de Londres, entre las 10 mejores “ferias de pulgas y antigüedades” del mundo. Como el barrio, tuvo épocas buenas y malas. También, graves problemas con la venta ambulante y la inseguridad. Aún así, se transformó en un símbolo. 

Más allá de un ranking, la feria tiene en sus puesteros al verdadero atractivo. Fanáticos, detallistas y conocedores de los objetos y las antigüedades con los que convivían los porteños en el siglo pasado y el anterior. Para la enorme mayoría de los feriantes, es su trabajo de tiempo completo. Durante la semana se dedican a explorar y continuar con la búsqueda de los tesoros que luego pondrán a la venta. Por supuesto, internet les achicó el mundo.

Juan Martínez, el especialista en mapas

Juan Martínez vende mapas y cartografía antigua. Heredó la pasión de su padre. Foto Maxi Failla

Heredó un negocio familiar. Pero también una pasión. Juan Martínez colecciona y vende mapas y cartografía antigua, vistas (grabados, la versión anterior a las fotos) y libros de viaje. Ha llegado a tener en sus manos mapas confeccionados en 1580; los más recientes, son de 1920. Llegó a la feria en 2003, luego del fallecimiento de su padre, quien fue uno de los feriantes históricos.

Las piezas más buscadas por los argentinos son las de tres momentos históricos: la Guerra del Paraguay, la época de Rosas y la batalla de la Vuelta de Obligado. “Los turistas buscan objetos vinculados a la Patagonia, a Sudamérica y de sus propios países. Los coleccionistas tienen un fetiche, ver en los mapas cómo va cambiando la geografía de un lugar a lo largo del tiempo”, cuenta. ¿La figurita dificil? “El primer grabado del que se tiene registro de Buenos Aires, el del alemán Ulrico Schmidl. Es de 1599 y uno de los relatos más bellos”.

Martínez cuenta que a la gente le gusta ver cómo fue cambiando la geografía de un mismo lugar a través del tiempo. Foto Maxi Failla

Los clientes quedan perplejos ante muchos de los objetos -algunos del 1600 o el 1700- que tiene Juan en su puesto. “No pueden creer que estén impecables. Yo les explico que por un lado, siempre estuvieron en manos de coleccionistas, lo que garantiza un cuidado. Y por otra parte estaban confeccionados en una fibra de algodón gruesa. Los mapas posteriores, los del 1900, ya tienen celulosa y se degradan más fácil”, cuenta.

Juan Carlos Rojas y sus sifones multicolores

Juan Carlos Rojas con sus sifones multicolores. Foto Maxi Failla

Juan Carlos Rojas vende una de las antigüedades que se transformaron en un símbolo de la feria, los sifones de colores. Son muy buscados además por decoradores. Los argentinos y los turistas europeos los recuerdan con mucho cariño, en las mesas familiares. “Los brasileños no. Preguntan qué es y para qué sirve. Les gustan y llaman su atención, pero en Brasil no se usaron”, cuenta.

Conseguir estos sifones se ha transformado en una quimera. Juan Carlos ha recorrido casi todas las soderías que existen y, como es lógico, el material se agota. Ahora los que se consiguen son transparentes. Pero en su origen, el vidrio era de color. “Había amarillos, violetas, rojo, azul y verde esmeralda. Hubo también sifones color rubí y el vidrio era tan bueno, de tal calidad, que los joyeros lo reciclaban y lo usaban para collares y anillos. Ahora la mayoría de los que se consiguen son transparentes”, explica.

Los sifones de colores son cada vez más difíciles de conseguir, pero Juan Carlos ofrece unos cuantos en su puesto. Foto Maxi Failla

Juan Carlos cuenta que cada vez es más complicado conseguir los sifones. “En Europa directamente ya no quedan, no se venden en ninguna feria, sólo los tienen los coleccionistas”, revela. Juan continuó la actividad de su papá, Pedro, que coleccionada antigüedades, era rematado y fue otro de los primeros puesteros de la feria. Y la tercera generación de los Rojas está garantizada con la presencia de Pablo, que acompaña a Juan Carlos todos los domingos.

Los libros y grabados antiguos de María del Carmen Rua Vidueiros

María del Carmen Rua Vidueiros llegó a la feria hace dos años, pero trabajó con libros antiguos toda la vida. Foto Maxi Failla

María del Carmen Rua Vidueiros es de las nuevas, hace sólo dos años que se instaló en la feria. Pero trabajó con libros antiguos toda su vida y forma parte de la Asociación de Libreros Anticuarios de la Argentina. Como sucede con todos los que quieren estar en la feria, ganó su espacio en un sorteo y comparte el puesto con Luis Figueroa, experto en fotografía antigua y también librero. “La clave para que la gente se interese es compartir conocimientos. Porque un curioso puede ser un futuro coleccionista. Y creo que también es importante ayudar a la gente a invertir el dinero con criterio, sin malgastar”, opina María del Carmen.

En marzo un grupo de jóvenes japonesas descubrió entre sus grabados, que también vende, una obra del artista Léonard Tsuguharu Foujita. “No lo podían creer. Me agradecieron muchísimo, grabaron un video y lo subieron a Youtube”, cuenta María del Carmen.

Una forma de obtener libros es comprar bibliotecas familiares, colecciones que, por diversos motivos, los herederos no desean tener. María del Carmen evaluó el valor de una biblioteca de 13 mil ejemplares y asesoró a una familia que tenía que dividir otra en partes iguales. “Es mi trabajo, claro, pero también es una pasión. Y en la feria además nos hemos hecho un grupo de amigos muy lindo”, dice.

Facundo Veloso y su colección de copas de cristal

La variedad de copas de cristal antiguas que exhibe en su puesto Facundo Veloso. Foto Maxi Failla

Facundo Veloso pertenece a una familia con una larga vinculación al mundo de los anticuarios. Cuenta que ya su tatarabuelo coleccionaba y comercializaba antigüedades en Mar del Plata. Y Abel Veloso, su padre, también fue uno de los primeros en instalarse en la feria, cuando el arquitecto Peña puso en los diarios aquel primer aviso con el que logró convocar a 30 puesteros: “¿Quiere vender sus cosas viejas? Hágalo en una plaza”.

En el puesto de Facundo se consiguen copas de cristal que llegaron a Buenos Aires hace 100 años. Y juegos de vajilla, alguno de ellos, enteros. Venían de Bélgica, Francia, Alemania e Inglaterra, entre otros países. Algunos incluso son argentinos, de la famosa fábrica Rigolleau, que funciona desde 1882.

“Entre 1850 y 1950 las familias tenían en sus casas algún juego de vajilla importante. En general para 24 o 30 comensales. Juegos completísimos, con soperas, fuentes, todo tipo de cucharas y cucharones. Y el nivel económico de la familia marcaba también el origen de la vajilla y la cantidad de accesorios. Sin embargo, lo que sucedió en nuestro país, es que muchas familias de clase media también tenían sus juegos, una vajilla para una cena especial o un evento. Quizás de una calidad inferior, pero todos de alguna manera recordamos esos platos lindos que tenían nuestras abuelas y abuelos”, dice Facundo a Clarín.

Todas las familias tenían un juego de copas y vajilla para ocasiones especiales. Algunas de esas copas se consiguen en la feria de San Telmo. Foto Germán García Adrasti

El arquitecto Peña vivió lo suficiente como para ver el éxito que cosechó la feria que creó. Y logró que nunca se la bautizara como “mercado de pulgas”. Por eso, al principio, prohibió que se vendiera ropa porque pensaba que podía suceder lo mismo que en otras ferias del mundo, en donde la ropa vieja llevaba pulgas. Fue un guardián de su creación. Hoy la feria es un hito que regresa luego de 8 meses de reposo en pandemia.

NS

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