La ética del otro en tiempos de pandemia



Si la pregunta por la identidad, quién soy, es una de las que dan comienzo a la filosofía, la pregunta que indaga acerca de quién es el otro (para mí) da inicio a la ética, al discurso de la alteridad. No es del todo cierto que los contemporáneos seamos refractarios a la ética. Lo que ocurre más bien es que somos afectos a la ética del sí mismo, una ética del supraindividualismo privado, como muy bien supo verlo Lipovetsky hace ya algunos años, una ética fundamentalmente desentendida de la suerte (buena o mala) de nuestros semejantes.

Nos interesan los demás, por supuesto, pero solo en tanto que mediaciones para alcanzar nuestros fines personales. El otro no es una mediación hacia nosotros mismos, hacia nuestro yo más íntimo, el modo en virtud del cual nos descubrimos y desvelamos, sino alguien externo, por completo ajeno a nuestra intimidad. El otro no es el adentro de nuestro mundo sino su periferia, su extrarradio, su frontera.

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Este carácter fronterizo del otro significa que está ahí, como toda frontera, para ser conquistado, para ser asimilado al imperio del yo pues, en efecto, en la ética del sí mismo el yo tiene veleidades imperiales: dominarlo todo, controlarlo todo, someterlo todo a su imagen y semejanza. Esta voluntad de dominio absoluto, que es una forma de extrañamiento igualmente totalitario, consiste sobre todo en apropiarse de las señas de identidad del otro, volverlo anónimo, desproveerlo de lo que tiene como propio en cuanto que otro, arrebatarle su singularidad para que deje de preocuparnos, de interpelarnos.

La ética del sí mismo, en cuanto que afirmación omnímoda del yo, tiene como el revés de su trama la negación de la alteridad, su elusión por todos los medios a nuestro alcance. El otro se vuelve así invisible (e inaudible), un fantasma, un espectro desencarnado. Decía Baudrillard que en la sociedad posmoderna el yo hace cirugía plástica con el otro, elimina todas sus protuberancias hasta convertirlo en un simulacro, una suplantación de sí mismo, reducido a la mínima expresión. El objetivo es conseguir un yo liviano y etéreo, diet, light, desprovisto de todo tipo de adherencias personales provenientes de los demás, de su espesura irreductible, de su otredad.

Frente a la ética del sí mismo predominante, casi hegemónica, se levanta con modestia y humildad la ética del otro. En el decir de Emmanuel Lévinas el otro realmente nos interpela, nos plantea la pregunta de cuán solícitos seremos con él, de hasta dónde (le) extenderemos nuestra responsabilidad. A juicio de Lévinas esta pregunta es previa a la filosofía, a las comunes preguntas filosóficas, es una pregunta primera por la sencilla evidencia de que el otro posee un rostro que nos mira y ante el cual no podemos permanecer indiferentes.

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Ese rostro es el que plantea la pregunta esencial: ¿qué soy yo para ti?, una pregunta a la que no cabe dejar sin respuesta salvo que estemos dispuestos a pagar el altísimo precio de habitar en la ética del sí mismo. Frente a la consideración utilitaria del otro como medio para mis fines (materiales), se plantea aquí una concepción del otro como mediación para los comunes fines existenciales: soy más yo mismo cuando respondo de manera solícita a la pregunta que el otro encarna, su irreductible identidad me completa.

Ser no ser meramente ser-con, tal y como afirmaba Heidegger, sino fundamentalmente ser-para. A diferencia de la ética del sí mismo, en la ética del otro identidad y alteridad están co-implicadas, son co-extensivas.

En una sociedad como la nuestra, marcada por tan severas desigualdades y desde hace tanto tiempo, acuciada ahora dramáticamente por el coronavirus, tenemos que elegir de qué lado de la frontera situamos al otro: si en la forma de la indiferencia supraindividualista o en la forma de la deferencia solidaria. En ello nos va la vida.

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