“La escuela soy yo”: 7 maestros argentinos que se ponen la educación al hombro en la pandemia de coronavirus



Dicen que nunca gozaron del apoyo unánime ni de la simpatía ni tampoco del cariño de toda la gente. Sienten que son “observados de reojo”, que son cuestionados, y también dicen, y de paso aclaran, que no buscan el aplauso ni el reconocimiento que sí se llevaron médicos/as, infectólogos/as, científicos/as y enfermeros/as durante la cuarentena por el coronavirus que ya lleva ochenta días. Ellos son los maestros, también grandes protagonistas de esta nueva realidad que sacude al país y al mundo.

De distintas edades, de diferentes geografías, con posibilidades y herramientas disímiles, ellos hablan de vocación, “que la vocación es más fuerte que todas las adversidades” y se brindan a pleno para intentar satisfacer las demandas de los estudiantes, que también exteriorizan las dificultades de tomar clases en tiempos de pandemia.

“Nada reemplaza al aula, al pizarrón, a la mirada del alumno, esa mirada que te dice todo”, coinciden los maestros de distintas latitudes consultados por Clarín.

Pablo Basile, docente de 50 años, lleva 29 de experiencia. Ejerce en una escuela en el Delta del Tigre, a tres horas de navegación en lancha. “Siempre y cuando no haya niebla. Si hay, no se ve la otra orilla y no es prudente seguir viaje”, asegura este maestro de música, de San Fernando, que además tiene horas en otras escuelas. “Mi mayor temor es la deserción escolar”, afirma Basile, que extraña “horrores el ida y vuelta con mis alumnos”.

Pablo Basile, docente de una escuela en la isla del Tigre: “A veces tengo que ser más psicólogo que maestro de música”.

En la Escuela Primaria 13 Fragata Sarmiento, en el Arroyo Pay Carabí, una ramificación del Río Paraná, “hay otra realidad”, comparte Basile. “En general no hay conectividad y los alumnos no tienen acceso a Internet. Incluso las familias no tienen celular, o quizá tienen uno solo, por lo que se dificulta mucho el trabajo en estos tiempos”, describe este hombre que reparte semanalmente los cuadernillos escolares y la mercadería brindada por el gobierno de la provincia. “La cuarentena acrecentó la brecha de la enseñanza”.

Maestro de música, Basile sostiene que “hoy, el vínculo con los chicos es por WhatsApp, con los que tienen, y con muchos directamente no tengo relación, por eso es mi temor a perderlos. Muchos son de barrios muy pobres en la zona del Delta y dar clases es ‘un chino’. Están los que tienen un solo celular pero se lo lleva el padre al trabajo, vuelve tarde y el alumno se encuentra con la tarea a las nueve, diez de la noche. Y también están los que tienen celular, pero no crédito. ¿Cómo se hace con esos chicos? Me da miedo perderlos”.

“Hay familias que tienen un solo teléfono y a veces ni crédito tienen”, describe Pablo Basile las dificultades para dar clases.

Hace saber Basile que habla “bastante con los padres, que son los intermediarios, a los que les insisto en la importancia de darles la tarea a los pibes. Pero muchos ni me contestan y deben tener sus razones”. Remarca que “como profe no me pongo la gorra, al contrario, trato de acompañar a los pibes a tono con esta situación tan complicada. ¿Cómo? Escucharlos, preguntarles qué necesitan. A veces tengo que ser más psicólogo que maestro de música”.

En las diferentes escuelas donde Basile trabaja de manera virtual, entre ellas una para chicos especiales, “me las tengo que ingeniar… Entonces les canto, toco el piano, la guitarra… En otro colegio doy teoría sobre ritmos folclóricos, los instrumentos de percusión, es un poco engorroso. Sin duda estoy trabajando mucho más ahora que antes. Okey, estoy en casa, pero no paro nunca. Es desgastante”.

Agotado y decepcionado, Basile señala que “al docente no se lo reconoce, la gente en general sabe poco respecto de lo que hacemos, nuestro laburo es invisible. ¿Quién se entera de que yo preparo las clases todo el fin de semana? Pero no espero el aplauso, ni la palmadita en el hombro; mi mejor regalo es que el pibe aprenda. Eso me pone feliz”.

“La conectividad no es buena, a veces tenés que subirte a la copa de un árbol para acceder, o trepar la ladera de un monte”, describe Manuel Lugones.

“Nacido y criado en Sumampá”, dice Manuel Lugones, santiagueño, de 59 años y 33 como docente rural. “Vivo en un pueblito que es casi todo campo, a 250 kilómetros de la ciudad de Santiago del Estero, somos cerca de diez mil habitantes y estamos pegaditos a Córdoba”, informa.

Lugones ejerce en la escuela Juan Abutti hace 25 años, ubicada en un paraje de 14 casas en La Blanquita, a 27 kilómetros de donde vive. “Soy el único maestro de grado de esa escuela y hoy le doy clases a un solo alumno, a Moisés Cabrera, de 10 años. Siempre tuve más chicos, un promedio de seis, pero algunos terminaron, otros dejaron y otros cambiaron de escuela”.

Don Manuel, como se lo conoce en Sumampá, va dos veces por semana a la escuela. “El pueblo sabe que estoy ahí, nunca falta alguien que viene a hacer alguna consulta o pregunta por alguna duda escolar. Y allí llega Moisés con su mamá, a quien le doy un cuadernillo con la tarea para hacer durante la semana y una bolsa con insumos (leche, mate, galletitas)”.

“Soy el único maestro de grado de esa escuela y hoy le doy clases a un solo alumno, a Moisés”, dice el santiagueño Manuel Lugones, junto al chico, antes de la pandemia.

¿Señal de Internet? “Acá es todo muy humilde, la conectividad no es buena, a veces tenés que subirte a la copa de un árbol para acceder, o trepar la ladera de un monte”. Pero aclara, por las dudas, “que muy pocas familias tienen teléfono celular, y si lo tienen, lo usa el padre, que por lo general trabaja tierra adentro y no tiene señal, por lo que la tarea o cualquier comunicación el chico la recibe cuando llega a la noche”.

“Llevo la docencia en la sangre, no sé que voy a hacer cuando me jubile. A veces me cuesta ir a la escuela porque tengo problemitas de ciático, próstata, presión arterial, pero debe ser emocional, porque me queda poco como maestro -sonríe-… Y ahora no sabés cómo extraño el aula, para un maestro es una condena, necesito ir, a veces voy sólo para estar allí y no pasa ni el loro”, vocifera Lugones, que sostiene que se siente “muy querido por los chicos y por sus padres”.

“Mi trabajo se ha incrementado enormemente, porque trabajar en casa hace que nunca te desconectes”, cuenta Paola Bouix, de Alem, Misiones.

Desde Alem, Misiones, Paola Bouix cuenta que da clases de inglés en una escuela rural, una nocturna y otra técnica. “Si bien es un pueblo chico, mi trabajo se ha incrementado enormemente, porque trabajar en casa hace que nunca te desconectes. Y con cursos distintos… recibo mensajes a cualquier hora a pesar de que puse horarios de atención, que son los que teníamos cuando íbamos a clase”. dice la docente de 35 años y doce de trayectoria,

Al trabajar para tres establecimientos, la labor se hace densa y Bouix cuenta que depende de cada uno para aplicar su método de trabajo. “Tengo muchos alumnos que no tienen herramientas para conectarse a Internet y se hace duro llegar a ellos… Pero por lo general vía WhatsApp nos comunicamos por videollamada y les mando la tarea semanalmente con videos explicativos. ​Y les llevo la tarea a aquellos que no tienen acceso”.

Los cuadernillos que prepara Paola Bouix para la escuela rural para la que trabaja.

Para la escuela rural, que está en Dos Arroyos, a 26 kilómetros de Alem, cuyos alumnos no tienen Internet “llevo cuadernillos con los ejercicios que yo mismo preparo, una vez por semana, y los dejo en la escuela para que lo retiren los padres”, describe Paola, que subraya que “en esta cuarentena pude entender y conocer mas las realidades de nuestros alumnos. ¿Miedo al coronavirus​? No lo tengo, pero sería importante que las autoridades analicen todos los aspectos antes de regresar a clase”.

Paola está convencida que “al docente no se lo reconoce como debería. Rara vez se acuerdan de nosotros, cuando dicen algo, primero afloran las críticas. Y cuando reclamamos un poco de dignidad en el sueldo, nos miran mal. Nos pagan migajas y se nos exige muchísimo. Una persona con Asignación Universal por Hijo gana más, al menos en mi provincia, que una maestra de grado que trabaja 35 horas semanales”.

José Orazi, profesor en la Universidad de Morón: “Fue la docencia la que vino a mí, por eso arranqué a los 58 años”, dice el kinesiólogo de 64.

José Orazi tiene 64 años y apenas seis como docente. “Fue la docencia la que vino a mí, me picó el bichito de grande, le tomé el gusto a dar clases y las disfruto mucho”, dice este kinesiólogo que atiende en su consultorio y brinda clases de kinesiología y ortopedia en la Universidad de Morón. “Me estoy reinventando con el coronavirus, yo soy un docente novato, imaginate con la tecnología, ¡lo que costó!”.

Orazi tiene a su cargo una cátedra y da clases dos veces por semana, “aunque son muy exigentes ya que las preparo con anticipación, las pongo en un documento que luego se sube a la plataforma digital de la universidad, algo que para mí ha sido cuesta arriba pero me terminé acostumbrando, no queda otra”, señala el kinesiólogo que tiene a cargo unos 50 alumnos.

“En el nivel que enseño yo, todos están conectados y manejan la tecnología sin inconveniente, el problema soy yo”, ironiza.

Dice que está metejoneado con la docencia y que extraña mucho el ida y vuelta con los estudiantes. “El contacto es imprescindible en la enseñanza de la medicina. No veo la hora de volver a las clases presenciales, pero entiendo que todavía falta un tramo largo”, calcula José, que hace saber que “hago un trabajo que va más allá de lo educativo, ya que a veces los y las jóvenes se bajonean, se desestimulan y no cumplen con el trabajo práctico”.

“El contacto es imprescindible en la enseñanza de la medicina”, afirma José Orazi, docente en la Universidad de Morón.

Orazi expresa con fervor que se siente un docente “pese a que ejerzo hace poco. Yo soy kinesiólogo de 35 años de oficio, pero como profe encontré una nueva manera de expresión, realmente es gratificante ya que me da una oportunidad distinta de acercarme a los jóvenes y eso me incentiva. Siempre admiré a los docentes, que están al pie del cañón, y que nunca gozaron del reconocimiento que debieran tener”.

Anda expectante y ansioso Hugo Carrazana, maestro de Historia que no ve la hora de retornar a clase. “Y si todo sale bien, el 15 de junio vamos a pegar la vuelta al colegio. Esto se hizo demasiado largo, hemos perdido contacto con algunos chicos, porque por estos pagos no hay buena señal de Internet”, hace saber este jujeño de 57 años, 34 como docente. “Extraño mucho a los alumnos y sé que ellos no ven la hora de volver… y si Dios quiere pronto nos volveremos a ver”,

“Tengo mucha alegría de volver a ver a los chicos, que son como hijos”, dice Hugo Carrazana.

Carrazana es de Cochinoca, un pueblo de cien habitantes, a 3.400 metros de altura en plena puna jujeña, a 300 kilómetros de San Salvador de Jujuy. “Durante la cuarentena tuvimos muchos problemas para conectarnos con los chicos, porque si bien creamos un grupo de WhatsApp con los padres, no todos lo saben manejar y muchos ni siquiera tienen acceso a un teléfono”, expresa el profesor que tiene 34 alumnos, entre primaria y jardín de infantes.

“Esta escuela, la Juan Carlos Arias -explica Carrazana- es muy importante para el pueblito porque es con albergue anexo, una escuela hogar, es decir que los chicos pernoctan allí: desayunan, almuerzan, meriendan y cenan, algo que no pudieron hacer todo este tiempo y debieron hacerse cargo sus padres”, confía el docente que antes de la pandemia entraba el lunes al colegio y recién salía el viernes a la tarde.

“Los maestros de la puna somos pocos y muy necesarios, te diría que irremplazables”, hace saber Hugo Carrazana.

Durante la cuarentena, los chicos recibieron “cuadernillos con tareas que semanalmente enviamos a caballo o a pie para aquellos que no pudieron recibirla por WhatsApp. Y yo, además, iba a la escuela y me quedaba toda una mañana, una o dos veces a la semana, para recibir a los padres con los chicos en caso de que necesitaran algo”. Carrazana, que remarca que el clima en invierno, en la puna, es muy frío “con temperaturas a la nochecita de 10, 15 grados bajo cero”.

“Lo importante -redondea Carrazana-, es que estamos listos para volver. ¿Cómo? Para evitar el ida y vuelta y la circulación de gente, haremos 20 días seguidos y 10 de descanso. Tengo mucha alegría de volver a ver a los chicos, que son como hijos, porque nosotros convivimos, sabemos todo de ellos”.

¿Reconocimiento? “Los maestros de la puna somos pocos y muy necesarios, te diría que irremplazables. porque en estas geografías la tecnología casi que no tiene importancia porque no funciona. Pero no se nos valora, no se nos retribuye de acuerdo al trabajo que hacemos. Es como que estamos de incógnito, nuestra labor es silenciosa”.

Marcos Ledesma, en plena clase virtual: “Hacemos juegos varios, desde lanzamiento de pelotas hasta entretenimientos poniendo en juego la memoria, los reflejos, la puntería y el pensamiento”.

Marcos Ledesma tiene 32 años, nueve como docente, y hace cinco que trabaja en Río Grande, Tierra del Fuego. Es profesor de Educación Física y ejerce en los tres niveles educativos de cuatro escuelas, con un total de 700 alumnos. “Ya no sé en qué hora vivo… El tiempo nunca alcanza y laburando de esta manera no cortás nunca. Es una situación difícil tanto para el alumno como para el docente”, analiza este santiagueño que cambió radicalmente su hábitat “por una cuestión económica”.

“Espero poder tener pronto a todos mis alumnos cerca, porque mantener este ritmo es un quilombo. Yo laburo con cuatro escuelas, cada una con su directiva, lineamiento y política, entonces estoy con Zoom, el Google Meet, Classroom, Facebook​ Live… Es enloquecedor y desgastante. Pero bueno, aquí estamos, con esfuerzo vamos sacando adelante la cuarentena. Todos tenemos que tener una dosis mayor de paciencia, porque algún día vamos a salir”, intenta convencerse.

Como profesor de Educación Física, Ledesma siente que “no estábamos preparados para este cambio radical sin previo aviso. A veces no tenemos Internet durante la tarde y otras veces recibo mensajes a las dos de la mañana. La verdad que nos sentimos desbordados por la desorganización que tenemos. Es un sistema para la teoría, digamos, pero no para la práctica de una materia como la que doy yo”.

Ledesma tuvo que implementar de apuro su contenido educativo, haciendo foco en lo teórico, aunque cada idea debe ser aprobada por un supervisor: “Puntualizo en tópicos como el cuerpo humano, la segmentación corporal, la alimentación saludable, que alterno con vivos de Facebook en los que hacemos clases de gimnasia enfatizando cómo fortalecer bíceps, abdominales. Y también hacemos juegos varios, desde lanzamiento de pelotas hasta entretenimientos poniendo en juego la memoria, los reflejos, la puntería y el pensamiento”.

Dice Marcos que “uno no está preparado para ser maestro en la pandemia, se va haciendo camino al andar. ¿Reconocimiento? No, para nada, al contrario, siempre estamos en la mira. A nosotros nos observan de reojo, con desconfianza y cada tanto alguna familia sí valora el esfuerzo que hacemos. Pero nadie conoce el trasfondo del docente, ¿quién sabe de las necesidades? Yo me tuve que venir de mi Santiago del Estero natal a Tierra del Fuego para tener un sueldo más digno.” 

Para Graciela Alcará, maestra de grado en Caa Catí, Corrientes.

Hace 26 años que Graciela Alcará es maestra de grado en la Escuela Normal Almirante Brown, donde hizo primaria, secundaria y allí mismo se recibió de docente. “Mis hijos van a esa escuela, es todo para mí”, dice la correntina de 47 años, que vive en Caa Catí, pueblo de ocho mil habitantes, a 125 kilómetros al norte de la ciudad de Corrientes​.

“¿Zoom? ¿Classroom? No, acá no trabajamos con esas plataformas. Las tareas las enviamos por WhatsApp a las madres de los chicos y todo funciona así. Yo me comunico con ellos por mensajito y me escriben o me manda audios por la misma vía. Claramente se deterioró la enseñanza, no es lo mismo, porque hay muchos chicos que no pueden acceder a la tecnología y no pueden cumplir con la tarea”, describe Graciela, maestra de plástica, música y teatro de 1ª a 6ª grado.

Nunca imaginó Graciela que iba a estar tanto tiempo sin ir al aula, ámbito que considera su segunda casa. “Realmente me tiene mal, tengo abstinencia de escuela… Extraño a mis chicos, a mis colegas, la tiza y el pizarrón. La cuarentena es un tema bravo no sólo para chicos, los docentes estamos sufriendo mucho, porque no estamos preparados para dar clases vía celular”.

“Tengo abstinencia de escuela, extraño a mis chicos, a mis colegas, la tiza y el pizarrón”, reflexiona Graciela Alcará.

Dice que conoce a todos los chicos de Caa Catí y a todos sus padres. “A veces no aguanto más y llamo a algunos para saber cómo están, y a los que tienen más dificultades les estoy más encima, les pregunto qué necesitan, si tienen la necesidad de comentar algo. Hay que hacer las veces de psicóloga. Me conmueve cuando corto con algunos que me dicen: ‘Seño, la extraño mucho, ¿cuándo la voy a volver a ver’? Se me estruja el pecho, pero es el mejor reconocimiento, el del alumno, el único y el más importante… del resto, cero”.

DD

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