La dura historia del jefe de Terapia Intensiva que estuvo internado por coronavirus en el servicio que él mismo dirige



“Es muy duro. No me importa ser sutil. Quiero ser justo”. Cuando Pablo Pratesi se enoja, se pone categórico. Cada tanto, el que pregunta es él: “Decime, ¿vos también tenés más de un trabajo como la mayoría de los terapistas?” Luego se ablanda… se ablanda mucho, a niveles inesperados para un médico en el rol de jefe de Terapia Intensiva: “El país va a salir adelante del coronavirus, pero no por los políticos de turno, que no creo en ninguno: vamos a salir adelante por el amor de la gente. La gente me devolvió el mil por ciento de lo que yo había dado. Entendí que tengo que ser mejor persona. Necesito ser mejor médico”.

Los medios de zona norte siguieron el minuto a minuto de la noticia sobre el jefe de Terapia Intensiva del Hospital Austral: Pratesi con coronavirus en su casa. Pratesi fue diagnosticado con neumonía. Pratesi empeora y quedó internado en el servicio que él mismo conduce. Pratesi se recupera.

Fue duro, sí, porque en terapia intensiva, también, pero en otra habitación yacía Francisco, su hijo de 21 años: “Ocho días y con respirador. Lo tuvieron que poner boca abajo”. El relato lo pone contra la pared. La lágrima asoma, pero él es más fuerte y la gota no cae. Sus otros tres hijos también se infectaron con covid-19. Y también su esposa. Y un mes antes, sus padres. Su mamá murió.

Pablo Pratesi, jefe de Terapia Intensiva del Hospital Austral, en silla de ruedas -internado por coronavirus-, acompaña a su hijo, también en terapia por covid-19.

“¿Ella? Tenía 85 años, sin comorbilidades. Pero estaba postrada en la cama. Cuando me la traje a terapia sabía que no salía. No la pude llorar. No pude hacer el duelo hasta hace unos días, cuando yo mismo quedé internado”, reflexiona.

Fue así. “Empecé con síntomas el 9 de septiembre. Me sentía mal: dolor muscular, fiebre, tos y ahí vine al hospital. Tomografía, hisopado positivo, una neumonía leve, buena oxigenación”, enumera, taxativo. Y sigue: “Me mandaron a casa con control clínico, pero ahí se fueron infectando todos. Con los días empecé a sentir vértigo, un síntoma muy común de coronavirus del que casi no se habla. El último en infectarse fue Francisco, que tuvo una gripe con mucha tos. Fue un derrotero hasta hace dos semanas. A él le subió mucho la temperatura y a ambos nos bajó la oxigenación, que yo iba midiendo a diario”.

Pratesi, frente al hospital donde trabaja y donde estuvo internado. Foto Juan Manuel Foglia

Lo que sigue se podría deducir: “Mi neumonía había empeorado y nos internaron en terapia a los dos. Cada uno en una habitación distinta. Al principio parecía que él se la bancaba mejor, pero fue empeorando, hasta que le tuvieron que poner respirador. Ocho días estuvo intubado”.

“Hoy te lo puedo contar con una alegría enorme en el corazón”, reflexiona, pero matiza: “El sufrimiento de no poder ayudar a mi hijo cuando no podía respirar… la pesadilla ya es historia. Ahora es un pedido a la gente de que se cuide”.

Orden y caos

Pratesi es de rápido hablar. Directo, sin altanerías academicistas. El tono firme, quizás campechano de quien podría estar refiriendo tanto una liviana jugada de fútbol (“Pero ojo que lo mío es el rugby: Deportiva Francesa”) como el drama de un paciente joven con traumas varios y severos.

Él explica que se dedica a “cuidar a la gente”, que por eso eligió la carrera, y varias veces, que “es una tarea en la que se deja la vida”. Aunque, aclara: “En la Universidad Austral doy Emergentología, la materia con la que se recibe la mayoría de los alumnos. Siempre les digo que no se pueden morir con el paciente. Tienen que revivir. Pero también, que el día que dejen de llorar un paciente se dediquen a otra cosa”.

Volver a sonreír. El médico, con parte del equipo del hospital. Reclama por las condiciones de los médicos que están “en la trinchera”. Foto Juan Manuel Foglia

La ficha técnica de este médico es: 55 años, 25 años casado, cuatro hijos, recibido en Medicina de la UBA, 30 años de carrera en instituciones de salud públicas y privadas: el Hospital San Miguel, el Muñiz, el Naval, el “Ramón Carrillo” en Los Polvorines. “Elegí trabajar en cuidados críticos cuando entendí que el terapista es el que ordena el caos en una emergencia. Es quien hace que todo pueda funcionar”.

Esto en teoría. En la práctica sobran las contingencias: “Una de las discusiones es el tema ‘público o privado’. Pero es un error pensar que es un River-Boca. La salud pública es un bien, como el agua o como la información. Esa salud se puede ejercer en un hospital público, en uno privado, en la seguridad social”.

En las semanas previas a la entrevista, Clarín había hablado con Pratesi tres veces.

La primera fue por una nota equis. “Disculpá que no te atendí antes, pero tuve a mis viejos con coronavirus. Mi mamá murió”, sentenció entonces.

La segunda fue cuando tuvo la idea: “Habría que hacer una nota distinta, más allá del covid. Contar por qué el sistema sanitario está explotando, por qué las terapias intensivas del país se desbordan”.

En la tercera, hace unos días, jadeaba enfermo: “Holaahh… estoy internado con coronavirus, pero bien. Tengo neumonía. Hablamos otro día. Ahora estoy enfocado en mi hijohh, que está con respiradorhhh…”.

El médico le pone dedicación al detalle y se encarga de corregir, con afirmaciones certeras, todo tipo de preconceptos: “Una terapia intensiva no son respiradores. El paciente crítico lo tenés que atender donde sea que esté. La terapia intensiva es una filosofía, no un lugar físico. Podría ser un ascensor. Nosotros buscamos al paciente donde esté y lo tenemos que estabilizar”.

Pratesi tiene una larga trayectoria. Hoy es jefe de Terapia Intensiva del Hospital Austral. Foto Juan Manuel Foglia

– ¿Cuántas horas trabaja por día?

– Las que hagan falta. Pero no somos héroes. Somos personas. Yo soy un agradecido por mi situación, pero en este país, te dedicás a poner botox y hacés una fortuna. Son cosas del mercado. El tipo que salva vidas y deja todo, no llega a fin de mes. Es un tema de diseño de la política de salud. No puede ser que los recursos no estén puestos donde tengan que estar.

Estas ideas lo persiguen, en especial, la de la analogía bélica, en la que los recursos, humanos y materiales, son todo. “Porque el tipo que está en la trinchera con el paciente grave -que en este contexto encima expone su vida-, el médico que sufre entre la vida y la muerte junto con los pacientes, es la persona que no llega a fin de mes. Hace 24 horas de guardia y cuando termina se va a otro  trabajo”, explica, y vuelve con las preguntas: “Decime, si yo te tuviera que atender, ¿vos querrías que fuera en la hora 1 o en la 23 de mi día de guardia?”.

Pero como buen terapista, Pratesi se alimenta de un realismo matizado con un toque de optimismo: “Hasta la pandemia muchos ignoraban la existencia de las terapias intensivas. Las autoridades sanitarias nunca se ocuparon. Sin embargo, los sectores de pacientes críticos, incluyendo el área de Emergencias, los enfermeros -que sí son profesionales de la salud-, los de Limpieza y Seguridad, toda la gente que da todo para que la gente internada esté bien, son vitales. Cada año, cientos de médicos vienen a formarse acá, pero vuelven a sus países, donde ganan cuatro o cinco veces más”

El gran problema, asegura, es que “no se cubren las vacantes para residencias médicas en terapia intensiva. Los chicos no eligen esta orientación porque las condiciones laborales son durísimas y saben que no van a poder vivir de esto. La pandemia no inventó estas condiciones, pero las puso en evidencia”.

Por eso, subraya: “La Sociedad Argentina de Terapia Intensiva se ocupa mucho de lo académico-profesional, que está bien, pero se debería encargar también de las condiciones laborales. El mío no es un reclamo sindical sino humano”.

“No hacemos milagros”, asegura, antes de concluir: “Somos el último escollo que tiene la gente entre la vida y la muerte; una herramienta, tal vez de alguna fuerza superior. Vivir la terapia intensiva es una guerra siempre. Somos soldados. Necesitamos las armas para combatir la guerra que haya que dar. Queremos dejar de estar frustrados por no tener las herramientas. Un fusil sin balas no me sirve”.

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