La caída de la economía refuerza la necesidad de evitar otro default



Que el presidente Alberto Fernández quiere evitar que la Argentina vuelva a caer en cesación de pagos hay pocas dudas. A ningún gobernante le interesa terminar siendo la cara de un default y, en su caso, ya comenzó a poner en práctica su estrategia.

Fue al decir que “desde hace meses y desde el año pasado” el país está en default, en el intento de correr el foco de atención sobre la decisión de no pagar el viernes US$503 millones correspondientes a tres bonos.

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Pero, si así hubiese sido, y más allá del “reperfilamiento” de letras que comenzó el gobierno de Mauricio Macri y siguió el ministro Martín Guzmán, no se entendería el sentido de haber destinado US$4.000 millones al pago de la deuda en el primer cuatrimestre del año.

Las definiciones zigzagueantes resultan características de días de tensión en los que Alberto Fernández enfrenta el doble resultado de un reconocimiento por lo actuado en materia sanitaria ante la crisis del coronavirus ​y un revés fuerte en materia económica.

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El 11,5% de caída en marzo de la actividad económica respecto al año anterior fue el primer dato relevante sobre el costo de la política de aislamiento obligatorio​ que arrancó el 20 de marzo. ¿Cuál habrá sido el resultado de abril, cuando el equivalente al 40% del PBI estuvo inactivo de punta a punta del período?

Los economistas creen que el PBI terminará cayendo 8% o más este año y que, con suerte, serán necesarios diez años de crecimiento para alcanzar los niveles de diez años atrás. Y todo debería darse sin otro default. Entrando en una cesación de pagos total, todo sería peor.

El Gobierno sigue diciendo que tiene vocación de dialogar con los bonistas aun cuando uno de los grupos de acreedores, que tiene cerca del 25% de los US$66.000 millones que están en discusión, aseguró que desde hacía un mes no había logrado una “comunicación sustancial” en la negociación.

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BlackRock, el fondo de inversión más importante del mundo, cuestiona el estilo hermético de Martín Guzmán y, según dicen en el Gobierno, viene bajando sus pretensiones de valuación de los bonos argentinos desde US$90 a US$60 por cada lámina de US$100. Guzmán comenzó ofreciendo US$34 y se estiraría por encima de los US$40. La distancia todavía es muy amplia. Pero el ministro ratificó que la negociación sigue. El 2 de junio vence el nuevo plazo.

El mercado financiero apuesta a que el Gobierno consiga un 50% de adhesión de los bonistas externos que, con el canje de los títulos emitidos bajo legislación local y el reperfilamiento de los denominados en pesos, le permitan alcanzar un 65% de adhesión, aunque ese número tenga algo de cosmética.

El Gobierno deberá pagar más que su propuesta original si quiere llegar a un acuerdo y eso divide las aguas internas. Están los que coquetean con que el default podría resultar ventajoso por despejar el horizonte de compromisos de los próximos tres años; y, por otro lado, los que entienden que caer en cesación de pagos es el camino más directo para que la economía se siga hundiendo.

Un anticipo de la tensión en torno al “default conversado” es que el Banco Central tuvo que vender a razón de US$100 millones diarios en la última semana para mantener la calma cambiaria.

Las reservas netas del Central habrían bajado unos US$900 millones hasta unos US$7100 millones en las últimas semanas poniendo en blanco sobre negro uno de los costos de la existencia de una “brecha cambiaria” del orden del 70%.

Se demoran las liquidaciones de divisas de los exportadores (el dólar-soja ronda $46) y se intenta adelantar importaciones aun cuando el nivel de actividad está por el piso.

Los mercados, tanto acciones como bonos, jugaron a favor de que la Argentina logre un resultado aceptable del canje de deuda aunque haya bonistas que se queden afuera y comiencen a litigar en Nueva York.

Daniel Marx, un conocedor de las negociaciones de deuda argentina, le dijo a Clarín que caer en default total implicaría un aumento del dólar y de la inflación. Una síntesis de un futuro posible pero evitable y más aún en un contexto de dificultades por la pandemia​.

El momento es muy raro y también se reflejaría en que la inflación de mayo viene por debajo de la de abril, que fue de 1,5% a pesar de la fuerte emisión de pesos que está realizando el Banco Central para ayudar al Tesoro a financiar el fuerte aumento del déficit fiscal. La recesión por la cuarentena ayuda a una baja del índice del costo de vida pero, lamentablemente, por los malos motivos.

LGP

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