“Jamás imaginé no poder verla en sus últimos días”: el estremecedor viaje del padre de Solange para despedirla



El viernes, a las 22.48, Pablo Musse responde a Clarín por WhatsApp con un sticker de manos que sostienen un rosario. Al día siguiente llegaría la llamada. La entrevista. Su llanto. El recuerdo de su hija. Pero, con ese sticker, ya decía todo.

Faltaban exactamente 12 minutos para que pasara de nuevo por el control sanitario de Huinca Renancó, una suerte de “paso fronterizo” hacía Córdoba. Una cabina desde la que, antes, cuando Solange, de 35 años, aún agonizaba por el cáncer de mama y sólo pedía verlo, no lo habían dejado entrar a la provincia. Había manejado sin pausa desde Neuquén (viaje que repetiría menos de 24 horas después). Pero dos test rápidos dieron resultado, dice, “dudoso”de coronavirus.

Con el rezo digital, entonces, y un hisopado negativo que se hizo al regresar los mismos kilómetros, ahora buscaba que lo dejaran estar en la cremación de “la nena”, como siempre la llamó. La que hacía 10 años se había descubierto un bultito en el pecho y no tardó en ir al médico por el antecedente de malignidad en su madre.

En el coche, junto a su cuñada, que necesita asistencia para trasladarse, Pablo también tenía un recurso de amparo de la Justicia Federal. Como a las 22 había cerrado esa cabina, mostró el escrito y, finalmente, pasó.

Pero, por las restricciones, no se cumplió el deseo de una chica a punto de morir. 

El caso de Solange se toma como bandera del resto de las muertes “solitarias” en pandemia. Y, para muchas familias y personas internadas, hoy es un faro “judicial” para que historias igual de tristes no vuelvan a ocurrir.

Solange tenía 35 años y había viajado a Córdoba en febrero para someterse a una bioterapia, alternativa, con la esperanza de revertir la fase 4 de la enfermedad. Tenía metástasis en los huesos y en el hígado. Su mamá, Beatriz, la acompañó y Pablo se quedó en el sur. El hombre, de 58 años, desocupado, llegó a las 2 de la madrugada de este sábado a Alta Gracia, la ciudad donde su hija nació, el 23 de octubre de 1984, y murió el viernes.

“Iba a ir a visitarla en marzo, pero arrancó la cuarentena y quedamos separados. Jamás imaginé que me iban a negar los últimos cinco meses de la vida de mi hija. Siempre estuvo mal Sol y salió adelante. Ahora creí que también iba a salir. Los médicos nos decían que no. Pero, como padre, nunca lo querés pensar. Jamás imaginé no volver a verla ni en sus últimos días”, cuenta por teléfono a Clarín durante una caminata “para descansar la cabeza, porque el corazón… no se puede”.

“Ella lo pidió y nadie la escuchó. La muerte de una hija -dice- no tiene nombre. Estar, en el final, juntos, le hubiese dado calma. Y hasta alivio. Siento que siempre me va a faltar ese adiós. Y a ella también le hizo falta”. Pablo dice que lloró por momentos durante todo el viaje, acompañado

Solange no era una persona fácil de dejar atrás. Lo cuenta su padre en en una parada en el viaje. Con Alejandro Bueno, un prefecto, se había casado en Buenos Aires (se recibió de azafata y estudió traductorado de inglés, pero dejó la carrera por el cáncer) y ni siquiera los separó del divorcio. “Él la acompañó en la enfermedad y estuvo atento a ella hasta último momento, ahora”, dice su padre. “Y fue así -remarca- pese a que ella fue a Puerto Madryn con nosotros, para atenderse con el médico que ahí había salvado a su mamá”.

Tres años después de que Beatriz terminara el tratamiento, su hija comenzó con la quimioterapia. Durante el viaje, Pablo recordaba los peores momentos. “En Sol la enfermedad fue más dura, pero luchó como una leona. Siempre. Ha salido de radioterapia, de quimios. El cáncer nunca se fue y llegamos a esta terapia alternativa en Córdoba. En Alta Gracia la tuve en brazos al nacer y, ahora, no sé qué voy a hacer”.

La cremación estaba pautada para las 17 de este sábado. Beatriz, Pablo y su tía, iban a estar presentes. Su hermano menor, no,  también por la pandemia. Pero, además de los medios que seguirán de cerca esta despedida, la familia de Solange sabe que muchas otras personas se acercarán para acompañarlos.

“Lo que tengo para decir es que mi hija escribió un legado en esta situación. Yo no tenía coronavirus, no tenía síntomas y la chica de la cabina (el puesto del Centro de Operaciones de Emergencia) me dijo ‘El resultado es dudoso, no quiere decir que tengas coronavirus, pero no podés pasar’. Esto le pasa a la gente como nosotros, no a los poderosos. Pero tenemos derechos hasta que nos morimos. Ella, como escribió en su última carta, no los tuvo. Por favor, ojalá que gracias a ella se respete el último suspiro de todos”, cierra Pablo.

Solange amaba viajar y creyó que su vida iba a ser arriba de aviones. Pero su lugar en el mundo, igual, era la costa de San Antonio Este, cerca de Las Grutas. En unos días, su papá, su mamá y su tía, volverán al sur para esparcir sus cenizas en el puerto. Un deseo que sí va a cumplirse.

AS

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