Hilda Bernard cumple 100 años: historia de la dama que nació junto a la radiofonía



Grababa Los simuladores en un barco. Iban más de diez horas de filmación, tenía 82 años y varias lecciones para repartir Doña Hilda Sarah Bernard. “Yo no podía más del dolor de piernas y le dije a Federico, mi hijo, ‘me doy cuenta de que estoy jovato porque ya no puedo estar tanto de pie'”, cuenta Jorge D’Elía. “Dicho esto, entramos a la embarcación, agotados, y la vemos a Bernad, después de tantas horas, bailando. ‘¿Qué hacés, Hilda?’. Ella responde: ‘¡Necesito estar en movimiento!'”.

Hilda es eso, movimiento. Desde el 29 de octubre de 1920, cuando asomó a la vida en Puerto Deseado, Santa Cruz, hizo de la circulación continua, su marca. Se movió entre la radio, la televisión, el teatro y el cine, decidió el reposo hace un par de años y, a un mes de cumplir 100, venció al coronavirus. El centenario la encuentra en la quietud, pero no en el cansancio.

Cuenta Patricia, su hija, que hoy habrá una celebración vía Zoom. Y que en la residencia donde Hilda pasa sus días llenaron de flores y globos una sala. La actriz aún recita sin baches, de corrido, a Calderón de la Barca. Y repite algo de lo que está convencida: que sueña con volver a la actuación cuando el mundo se apacigüe.

Hilda Bernard en su juventud

Bernard es rock and roll del bueno. La quinta Stone. Lo cuenta Felipe Colombo, que compartió con ella las grabaciones de Rebelde Way, en 2002, y una gira por Israel. “Era la profesora de historia en la telenovela, nosotros 20 adolescentes insoportables, y ella como si fuera una maestra en el aula tenía que aguantar las payasadas y cuelgues”, sonríe el mexicano. Había que verla por Tel Aviv, “una más del grupo, de aquí para allá”, entre guardaespaldas del ejército israelí y fans alienados. La edad era (y es) para Hilda “un pensamiento”.

En marzo la impunidad de las redes -replicada por varios medios- la dio por muerta. Carlos Rottemberg, descreído, la llamó y la encontró almorzando, “ilusionada con celebrar su cumpleaños 100”. La actriz le lleva la delantera a Mirtha Legrand, lo que amerita ese chiste permanente de Rottemberg: “Pensemos qué tipo de país queremos dejarle a Chiquita… y a Hilda”.

Hilda Bernard (Foto: Silvana Boemo)

La reina del radioteatro llegó a la misma edad que la radiofonía nacional. Sabe que muchos sonidos se borraron de los archivos, pero no de su cabeza. Calcula que prestó cuerdas e intensidad “a una novela por mes, durante 16 años”. Algún admirador todavía la saluda al grito de “mamarrachito mío”, como le decía su galán invisible, Oscar Casco. Otra generación la considera “la mala más buena, la señora agria de Chiquititas y Floricienta”.

Padre inglés (un londinense Gerente del Banco Nación santacruceño), madre austriaca, a los 17 se les plantó a ambos para comunicarles que abandonaría el secundario con “la misión” de estudiar en el Conservatorio de Arte Dramático. Ya alumna, se anotó en un concurso y ganó un papel en el Cervantes. La leyenda que nunca se cansó de repetir era que en el programa de mano la anunciaron como Sarah Bernard, casi como la actriz parisina Sarah Bernhardt. “Fue un escándalo. Cayó un crítico diciendo que yo era una atrevida, que me comparaba. El señor escribió algo horrible en el diario y lo perseguí con el documento de identidad para demostrarle que yo era Hilda Sara Bernard”.

Por estos días vive en Belgrano. Su lema preferido es “quéjate para adentro”. A sus ocho meses de embarazo descubrió que su marido, locutor, la engañaba y lo abandonó. Decidió criar sola a su hija, sonriendo. Volvió a encontrar el amor con Jorge Gonçálvez, productor y director, y 25 años después enviudó. Hace seis años sufrió un ACV, pero salió “con las cuerdas algo achicadas”. El escollo vocal no fue impedimento para que en la gala de los Martín Fierro 2015 gritara ante el auditorio: ‘Me había propuesto trabajar hasta los 100. Pienso volver”.

La villana eterna, Hilda Bernard (Captura de TV).

Madame Highlander, Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, es más honda que “la abuelita” que compuso en los últimos 30 años. Debutó en el cine en 1952, en el policial en blanco y negro Mala gente, de Don Napy. Sus villanas televisivas supuraban un veneno que Hilda no tenía. 

“Recuerdo de Hilda su constante dedicación a su hija y a su nieto. El amor de una madre abnegada, trabajadora, buena compañera, elegante, sincera”, ametralla con elogios Graciela Pal. “Su gran amiga era Lydia Lamaison, otra puntal de quien fui muchas veces hija en la ficción. Lydia la llamaba Beba. Siempre salía Beba en sus conversaciones. Una maravilla de persona, un ejemplo a seguir. La actuación fue su amor, pero su más fuerte devoción fue su hija”.

Alberto Migré, Hilda Bernard y Fernando Siro

“Yo tenía un abuelo alemán. Mis primeros recuerdos son de la mano de él, yendo al cine a ver dos películas”, suele recordar Hilda. “No entendía nada, pero me fascinaba. Bette Davis era una de mis actrices favoritas. Después de mi primera obra, me tomaron una prueba en Radio El Mundo y me convertí en rubia de ojos celestes para todos los que escuchaban. Fueron 16 años de magia”.

Sobre esa magia sabe Natalia Lobo, compañera en Chiquititas. “Hilda era parte de la historia de las mujeres de mi familia. Mi mamá y mi abuela la escuchaban en Azul, cuando la gente se reunía alrededor de la radio. Su voz las hacía vibrar, volar, salir del pueblo. Qué gran misión hacer volar entonces a las amas de casa. Por eso fue enormemente emocionante, un honor trabajar con ella después del relato de mamá y la abuela”, evoca. “En la historia éramos las malísimas que vivíamos peleando. Era lo más profesional del mundo, anotaba sus líneas en un cartoncito, era fuerte, impresionante”.

El tono de Hilda debería integrar el museo de sonidos radiofónicos de las primeras décadas. Amante eterna de Casco, de Eduardo Rudy. Con Esos que dicen amarse, por ejemplo, visitó el país junto a Fernando Siro, éxito que luego se transformaron en ficción de la pantalla chica. “Los besos en radio se daban en la mano, con el puño cerrado. Yo nunca supe dar besos”, se reía en una vieja entrevista. “Los ruidos de los caballos se hacían en un cajoncito con piedras. Con la autora Nené Cascallar hacíamos el radioteatro de noche en la ventana de Radio Splendid que daba directo a un jardín. Ella decía que así se escuchaba mejor el ruido de la noche. Y en las escenas de amor nos mandaba a acostar en sillas para que la voz subiera”.

Hilda Bernard como la bruja de “Chiquititas”

“La conocí como compañera y es un ejemplo de vida. Extraordinaria. No perdió el humor jamás. Una delicia. Siempre diciendo ‘no voy a saber la letra’, pero después se la sabía de punta a punta”, se emociona Antonio Grimau, que recuerda el poder de Hilda en el set mientras grababan la telenovela Se dice amor.

“Trabajé muchos años con Hilda, muchas veces, pero particularmente la recuerdo en Rosa de lejos. Las jornadas eran interminables, de 8 a 22, de lunes a viernes, a veces los sábados. Yo hacía de su hijo”, recuerda Pablo Alarcón. “En las escenas con ella descansaba, las hacía con absoluta tranquilidad, porque ella siempre estaba de buen humor. Era una persona de un muy buen comportamiento grupal, siempre con la letra salida, siempre ayudando. Es una de las personas que hace que a esta carrera uno le de otro sentido a eso de ser el mejor actor, el mejor pago, el de más éxito, el más lindo. Ella te conecta con el factor humano”.

Junto a su amado perro Antonio. (Foto: Marcelo Genlote).

De nada parece haberse privado Hilda, que compartió filmación con las estadounidenses Faye Dunaway y Gina Philips en Jennifer’s Shadow (aquí llamada La sombra de Jennifer). Su personaje repetía de manera agotadora “Don’t Sleep” (“no te duermas”). De dormir y despertarse en otro plano habló en su última obra, Póstumos, de José María Muscari, sobre actores de 80 y 90 que se reían de la parca desde un cielo en el que todo era fiesta.

Solo tuvo un trago amargo por su “poder de bruja” en Chiquititas. “Me llamaban los chicos enojados y me dejaban mensajes en el contestador. Me fui con el casete a la comisaría para que escucharan las barbaridades. No vivía en paz, decían barbaridades”. Ya no hay confusión. Los niños de ese entonces hoy brindan por los 100. “Quiero que me recuerden buena. La otra era un juego”.

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