Habla el chico que perdió un ojo al ser baleado por un policía: “¿Quién hace esto?”



“Nacho” habla despacito, para adentro. De a ratos sube el tono: “¿Quién hace algo así?”, cuestiona y deja caer la mano, pesada, en la mesa. Dice que está en “pie de guerra” porque al dolor físico se le suma la bronca que le brota de repente. Es tanta que mientras habla se toca la cara, lo hace dos o tres veces, con la intención de mostrar, de mostrarse. Primero no se anima. Amaga con impulso y no lo logra. Por debajo del marco se asoman las marcas. Son puntos, círculos perfectos que dejaron las postas de goma. Se derriten en la mejilla. Le duelen.

Ignacio Seijas (17) usa lentes oscuros adentro de casa. No imitan el look de los raperos que escucha: esconden el peso de la consecuencia.

Antes boxeaba, jugaba al fútbol y corría en la plaza para estar en forma. Ahora- dice- ya no puede “ni mirarse al espejo”, a veces ni “levantarse de la cama”.

El 20 de junio, a las ocho de la mañana, Ignacio estaba escuchando música en una habitación de la casa de su mamá. Lo atacaron 12 policías del Grupo de Apoyo Departamental (GAD) y de la comisaría 7° de Lomas de Zamora que irrumpieron en un allanamiento.

Buscaban cosas que habían sido robadas a una escuela del barrio, pero se confundieron de departamento y entraron en la dirección equivocada. Adentro había una familia. A “Nacho” le dispararon en el ojo derecho con una posta de goma y empujaron a Marina Candia (36), su mamá, cuando intentó ayudarlo. Le apuntaron a su hermanita, Ariadna (3), y golpearon a Nelson Cabrera (33), su padrastro.

“Yo tengo mi recuerdo, te lo cuento si querés”, interpela. “Estaba escuchando música en la computadora cuando siento el ruido de ollas que se caen en la casa de adelante, en lo de mi mamá. Abro para salir de mi pieza y agarro un cuchillo para abrir la puerta”, describe.

“Y cuando salgo me lo encuentro al oficial de frente, ni me dio la voz de alto que jaló el gatillo y me disparó. Encima yo dije ‘bueno, ya está con que me disparó en la cara ya es suficiente ¿o no?’ Vinieron los dos oficiales, me agarraron del cuello y me tiraron al piso. Encima de todo eso me empezaron a patear, tenía un chichón en la cabeza. Me pisaron, me redujeron, patearon a mi mamá, la insultaban apuntándole en la cabeza a mi hermanita que ni meses tiene, es un bebé”.

Ignacio Seijas fue víctima de un procedimiento fallido cuando la policía buscaba elementos robados a una escuela.

La secuencia duró algunos minutos, pero las secuelas parecen permanentes.

Desde ese día “Nacho” perdió el ojo y lleva adelante una recuperación larga y dolorosa. Ariadna tiene pesadillas y se despierta de madrugada pidiendo por su hermano. Marina y Nelson tuvieron que tirar abajo la habitación donde dormía Ignacio porque ahora tiene miedo de volver a esa casa.

Pablo Seijas (38), su papá, pasó el Día del Padre en la vereda del Hospital Gandulfo esperando noticias de su hijo: “Lo podía ver cinco minutos cada dos horas y, por el coronavirus, al otro día nos mandaron a casa y había que hacerle las curaciones acá ¿Vos sabés lo que es hacer gritar de dolor a tu hijo? ¿Sabés lo que es?”, dice y del cuello le brota un rojo que le invade toda la cara. Llora cuando recuerda aquellos primeros días. 

Ignacio habla y de pronto se anima. Se quita los lentes de golpe. Después la gorra. Mira fijo y se perciben más claras las lesiones, también su cara adolescente. “¿Quién hace esto? Alguien que está drogado, algún loco. Alguien que no está con capacidad mental ¿Hay algo más real que esto? No lo hay. Esta es la realidad”, dice mientras se muestra, sin poder disimular el costo.

El ojo derecho está semicerrado. Como si sólo quedaran restos de la parte blanca del globo ocular. No hay rastros de pupila ni de la esfera perfecta que es un ojo cuando no le disparan de frente.

Está rojo, como irritado, y la piel de alrededor se percibe quemada, pero más blanca que la del resto de la cara. Parece el centro de un tiro blanco y la pupila fue el puntaje más alto. El resto de los perdigones se desparramaron por el cachete, que todavía está hinchado. 

El subteniente David Daniel (34) le disparó con un arma multipropósito cargada con postas de goma. Lo hizo a menos de un metro de distancia y directo al rostro. El impacto le reventó el globo ocular en el acto y le hizo perder la visión para siempre.

“Lo peor de esto es que tenía perdigones en toda la cara, me tuvieron que sacar uno de acá”, cuenta y señala la mejilla. Su papá, Pablo guarda en una cajita, en la cocina, las que le fue sacando con las curaciones. Cuenta cuatro. Su cuerpo las escupía a medida que cicatrizaban la piel.

A Ignacio le disparó el subteniente David Daniel (34) con un arma multipropósito cargada con postas de goma. Lo hizo a menos de un metro de distancia.

Pero hace poco su mamá descubrió otra en la cara interna del cachete que se infectaba: la bolita de goma quedó escondida debajo de los músculos y la piel cicatrizada. Tuvieron que operarlo hace tres semanas y pasó tres días sin poder comer.

“Se vive al día a día con mucho dolor, es un ardor en el ojo que no me gustaría que lo pase nadie, un dolor en toda la parte de atrás… A veces no te dan ganas de levantarte de la cama, a veces que cae sangre de los ojos. Es muy feo”, describe “Nacho”.

Para que los músculos de la cara no pierdan fuerza tiene que usar una prótesis que se coloca todos los días y simula la forma del ojo que perdió.

“Antes me levantaba a la mañana, iba al baño, me limpiaba la cara y me veía: soy yo de nuevo. Después salía, la rutina de andar en bicicleta, correr en la plaza, hacer tiempo. Antes de la cuarentena, estar con amigos. Pero desde que me pasó esto no es lo mismo, tengo que andar con las gafas o con un parche. No me puedo mirar al espejo porque tengo toda la cara demacrada. Con 17 años quedé así y me tengo que aceptar, no queda otra”, insiste.

El chico que perdió todo

Ignacio estaba en el último año del secundario y se había propuesto terminar el colegio antes de fin de año. Soñaba con dar clases de boxeo, animarse a rapear como 2Pac o B.I.G., sus favoritos.

El policía David Daniel quedó imputado -primero- por el delito de lesiones graves. Pero después de presentar todos los errores en el procedimiento lograron que cambiaran la carátula a homicidio agravado en grado de tentativa. Pasó solamente un mes preso.

Marisa Salvo, jueza de Garantías N° 5 de Lomas de Zamora, decidió liberarlo al considerar que “el fiscal no ha podido acreditar su postura en cuanto a la existencia en el imputado de dolo de muerte en el momento del hecho”.

Para Salvo, como disparó con postas de goma, el policía no tuvo la intención de matar. Aunque lo hizo a menos de un metro de distancia y en el rostro de un menor de edad. Además, cuestionó al fiscal Sebastián Bisquert, de la UFI N° 8, porque, en vez de presentar una declaración testimonial de la víctima, envió un video con el relato de Ignacio contando lo que le había ocurrido.

Por eso, David Daniel volvió a estar imputado por lesiones graves y quedó en libertad.

“¿Es jueza encima? ¿Qué le diría yo? Que empaque las cosas y que se vaya porque personas así, haciendo justicia, no sirven. Hoy violan a una nena y a los dos o tres días dejan libre al violador. Hoy me matan a mí y dejan libre al asesino. Yo estoy acá, de pie. Pero mañana quién sabe”, cuestiona Ignacio, que habla con Clarín por primera vez a tres meses del ataque.

“Tengo fe, no va a ser lo mismo que antes porque tengo reducida la visión. Con fe todo se puede, pero me siento limitado, no te voy a mentir, estoy limitado en todo. Me da mucha bronca, angustia. Porque no es lo mismo que antes, acostumbrado a ver con dos ojos y ahora tener uno. Me sirvo un vaso de agua y se me cae en la mesa, no te das cuenta, es muy difícil acostumbrarse a todo. Hasta poder caminar sin chocarte con las cosas, o saludar a alguien”.

Para “Nacho” su historia puede servir para que se hablen de otros casos de gatillo fácil y violencia policial: “Me da bronca porque yo no estaba así, soy un pibe sano… era un pibe sano. Ahora en cualquier lado, por cualquier cosa, me tienen que decir ‘vos sos discapcitado’, ‘no podés hacer esto o lo otro’. Pero siento que soy la voz de muchos chicos a los que sí los mataron, que los callaron para que no hablen. Pero yo estoy acá y quiero que se haga justicia, por mí, por los que murieron, por todos los que quedaron así como yo”.

EMJ

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