Fernando Vallespín: “La seguridad sanitaria se ha impuesto sobre la libertad desde el primer momento”



Madrid. Corresponsal

“Los politólogos somos muy malos profetas”, ironiza Fernando Vallespín, uno de los más lúcidos de España. “No supimos anticipar los movimientos sociales y juveniles de los años 60 ni supimos prever la caída del bloque soviético. No nos manejamos bien con el futuro”, agrega el catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid. Sin embargo, su ojo entrenado en descodificar procesos que afectan los derechos y las libertades aporta una mirada filosa sobre el valor político y el modo en el que nos afectan estos meses de pandemia y crisis sanitaria.

-La epidemia del coronavirus, ¿representa una amenaza para la democracia?

-La pandemia puede ser un magnífico instrumento para fortalecer toda inclinación hacia menos democracia. Se prohíben las manifestaciones, porque eso implica tener a la gente en la calle, se posponen también elecciones y, en algunos sitios, hasta se están controlando las informaciones para evitar noticias falsas. Eso lo aprovechan algunos líderes para evitar también que se hagan publicas algunas actuaciones suyas. Es un momento en el que también se tienen que hacer presupuestos excepcionales. Se acumulan recursos económicos, en teoría, para dedicarlos al combate del virus. Pero no sabemos quién controla el gasto de esos presupuestos. El problema está cuando situaciones que se presentan como excepcionales, poco a poco se convierten en situaciones ordinarias. El virus da una oportunidad para gobernar por decreto, anular el Parlamento, que es lo que ha hecho Hungría. En China es evidente, pero lo estamos viendo en países que son democracias electorales como Rusia o Turquía.

-¿Cuáles son los riesgos para una región como América latina, donde tantas democracias son frágiles o están contaminadas por populismos?

-Que medidas que en un principio son puramente transitorias y se diseñan para un fin acotado puedan permanecer para reafirmar un Estado autoritario. Hay que tener en cuenta que estas situaciones excepcionales son peligrosas en países que no tienen bien lubricados los mecanismos de control del poder. Se convierten en auténticas amenazas en aquellos países que no tienen la capacidad de exigir un rendimiento de cuentas a sus líderes en este período dedicado al control del virus. La esperanza y el temor que tenemos es que sirva para lo contrario en aquellos países que miran hacia un autoritarismo, como el caso de Brasil, que es el más evidente. El combate a la epidemia pone legítimamente numerosos recursos en manos del Estado, porque está previsto en casi todas las Constituciones. Pero si un país como Nicaragua, por ejemplo, empieza a a hacer uso de las nuevas tecnologías para controlar los movimientos de la gente, podríamos tener casi la seguridad de que no lo va a hacer transitoriamente. Otro aspecto es el control de las informaciones: hay muchos lugares en los que se controla la información bajo el argumento de que es la mejor manera de combatir las fake news.

-¿El temor al virus nos plantea una versión contemporánea de renunciar a nuestra libertad en nombre de la seguridad?

-Las pandemias son un escenario perfecto donde los dictados de la seguridad ponen en cuestión la libertad. La seguridad sanitaria se ha impuesto sobre la libertad desde el primer momento. Precisamente los estados de excepción están pensados para situaciones en las que la seguridad nacional está en peligro por un conflicto armado, un levantamiento militar o popular. En nombre de la seguridad se limitan los derechos. Es el dilema de (Thomas) Hobbes en Leviatán que él resuelve diciendo que, ante el riesgo de perder la seguridad, nadie dudaría en ceder la libertad. Ante la posibilidad de permanecer libres pero inseguros, seguramente siempre optemos por la seguridad.

-Usted postula un antes y un después de covid como un antes y un después de Cristo. ¿Qué cambiará?

-Hay un claro retorno del Estado. El Estado se activa. Por muy débil que nos pueda parecer un determinado Estado se convierte otra vez en esa especie de monstruo soberano que marca un territorio.

-¿Cómo es el nuevo escenario que configura la irrupción del virus en nuestras vidas a nivel global?

-Lo que ha sacado a la luz la expansión de la pandemia ha sido que la globalización ha generado enormes interdependencias, que generan beneficios de tipo económico, pero que también generan muchos peligros. El primero y fundamental lo hemos visto en nuestra dependencia de fármacos de la India y de China, que se habían convertido en los grandes productores de medicamentos. Esto tiene una traducción económica positiva y es que las medicinas son mucho más baratas que si se hubieran producido en los países desarrollados, por ejemplo. Pero ante una situación en la que de repente nos damos cuenta de que necesitamos componentes que están en otro lugar, somos dependientes de quienes lo producen. Y cuando hay una gran demanda por parte de todo el mundo de estos componentes, estamos indefensos.

-¿Cuál será la consecuencia política de esta toma de conciencia?

-El resultado seguramente sea que se generen espacios regionales dentro de los cuales esas necesidades de componentes médicos estén resultas. Será una desglobalización parcial, que afectará a industrias estratégicas y a la producción de productos médicos o farmacéuticos. La idea que vislumbro es la creación de grandes núcleos regionales de cooperación o conjuntos de países que se ponen de acuerdo en aprovisionarse de aquellos productos que pueden ser necesarios. La cadena de suministros se ha visto afectada. Macron ha dicho que hay que reindustrializar Francia. Esa deslocalización industrial que venía muy bien significaba que se podían vender los Renault mucho más baratos porque se hacían en otros lugares donde los salarios eran menores. El problema es que para que se produzcan los Renault en Francia hacen falta componentes que se producen en otro lugar. ¿Por qué ningún país abandona la agricultura si menos del 1 por ciento de la población vive de ella? Porque la agricultura es estratégica. Todo país tiene que tener la posibilidad de alimentarse a sí mismo.

  -¿Habrá una vuelta a los regionalismos?

-Está pasando otra cosa muy interesante que es la vuelta de la geografía, de lo territorial, de las fronteras. Pensábamos que ya lo habíamos superado pero nos damos cuenta de que, al final, la frontera es útil. Schengen (el espacio de libre circulación entre países de la Unión Europea) se fue al tacho de basura y todos los estados cerraron sus fronteras. Paralelamente, durante el confinamiento, nunca hemos estado tan interconectados por la vía virtual. Es una paradoja que a pesar de que tecnológicamente estamos en condiciones de establecer mecanismos de comunicación perpetua, físicamente somos todavía bastante dependientes de la geografía.

-¿Qué sucederá en países como Argentina donde la crisis sanitaria se combina con una profunda crisis económica?

-Argentina está negociando la deuda y en el momento más álgido de la negociación, se paraliza el sistema económico. Es un peligro para la economía del país pero quizá la propia excepcionalidad de lo que estamos viviendo la ayuda a encontrar una solución más empática, casi todos los países van a perder en torno al 10 por ciento de su Producto Bruto Interno. Creo que los organismos internacionales van a tener que ser más generosos a la hora de negociar.

Señas particulares

​Fernando Vallespín es uno de los más reconocidos catedráticos en filosofía política de habla hispana. Ejerció casi toda su carrera académica en la Universidad Autónoma de Madrid. Fue becario Fulbright en Harvard y profesor visitante en Alemania, México y Malasia. Fue, además, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas. Coordinó y participó en una colección de seis volúmenes de historia política. Entre sus libros publicados, La mentira os hará libres. Realidad y ficción en la democracia (2012). Es columnista en El País de Madrid.

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