Farid, Sanda y Amir, tres refugiados que quieren ser olímpicos en Tokio 2020



Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016​ hicieron historia al presentar por primera vez en 31 ediciones y 120 años de vida una delegación conformada por refugiados de distintas partes del mundo. Fueron 10 atletas de cuatro países, repartidos en tres disciplinas, que sellaron sus nombres para siempre en el olimpismo internacional.

Los deportistas, elegidos a partir de una preselección de 43 atletas, compitieron bajo la bandera olímpica y abrieron una puerta para la posteridad.

Pese a la humilde actuación del equipo -sólo el judoca congoleño Popole Misenga avanzó una ronda-, lo que valió fue el cambio de paradigma. Gracias a esa experiencia, hoy son decenas los que están preparándose para dar el presente en Tokio 2020​. Y estas tres historias de vida y de sacrificio en pos de un futuro valen la pena ser rescatadas.

Amir Al-Awad (lucha)

Fue 18 veces campeón de lucha en Siria, pero a Amir Al-Awad la vida le cambió cuando la guerra civil desatada en su país en 2011 golpeó su existencia. De acuerdo a la Agencia de Refugiados de las Naciones Unidas, hay algo más de 5 millones y medio de sirios en esa condición en el mundo. Amir es uno de ellos.

Hasta que pudo escapar, era arrestado habitualmente tanto por las Fuerzas Armadas del país como por las agrupaciones opositoras, quienes desconfiaban de su determinación para no apoyar a ningún bando. La última vez que lo metieron preso pensó en Enas, su esposa por entonces embarazada, y decidió que tenían que irse.

El sirio Amir Al-Awad se fue de su país con su familia en 2011 y quiere ser olímpico en lucha en Tokio 2020 para el equipo de refugiados. Foto: Prensa COI

Muchas veces, Al-Awad pensó en entrar a algún territorio como ilegal, pero, según cuenta, “el miedo era más fuerte que el hambre”, así que hizo todo por derecha. Logró llegar a Egipto, donde había conseguido escapar su mujer, y ahí se reencontró con el deporte.

Conoció a otro grupo de refugiados sirios con ganas de hacer historia, pidió ayuda y la Agencia de las Naciones Unidas le acercó equipamiento, con lo que pudo abrir una academia en Alejandría. Hoy allí se practican lucha, kickboxing, aikido, karate y gimnasia. Su esposa, ex bailarina, enseña zumba.

El sirio Amir Al-Awad se fue de su país con su familia en 2011 y quiere ser olímpico en lucha en Tokio 2020 para el equipo de refugiados. Foto: Prensa COI

“Cuando veo que los chicos que vienen pueden despejarse de las atrocidades de la guerra, es cuando creo que el deporte tiene el poder de darle un sentido a la vida”, dice. Y reconoce que aunque se había olvidado del sueño olímpico, la academia lo hizo reencontrarse con ese anhelo.

En septiembre de 2019, logró meterse entre los 42 atletas refugiados becados y en febrero pasado Al-Awad, de 36 años, volvió a pelear en un campeonato africano. “Lo que más quiero hoy es ir a los Juegos y mostrarle a los refugiados jóvenes que se puede”, confiesa. Claro que se puede…

Sanda Aldass (judo)

La judoca siria Sanda Aldass se escapó de la guerra civil en su país y quiere ser parte del equipo olímpico de refugiados en Tokio 2020. Foto: Prensa COI

También siria, la judoca Sanda Aldass debió elegir un camino mucho más doloroso que el de su compatriota luchador. En 2015 no sólo se fue más lejos -a Holanda- sino que, a diferencia de Al-Awad, lo hizo sola, dejando en su país tanto a su marido como a su hijito de dos años y medio.

El deporte la hizo mantener la cabeza en su lugar mientras esperaba a su familia. Su marido, Fadi, ex judoca y entrenador, tenía un salario que le permitía mantener al pequeño hasta que Sanda encontrara un lugar para los tres. A los seis meses, pudieron viajar a Amsterdam y reunirse con mamá.

La judoca siria Sanda Aldass se escapó de la guerra civil en su país y quiere ser parte del equipo olímpico de refugiados en Tokio 2020. Foto: Prensa COI

Fadi intentó contactar a viejos compañeros de equipo en Siria que sabía se habían trasladado a Europa. Aldass regresó al tatami tras tener a su segundo hijo y se ganaron la consideración de la Federación Internacional de Judo. El año pasado fueron invitados a sumarse al programa de apoyo para atletas refugiados.

Hoy cuidan a sus tres hijos y se entrenan un poco en el jardín de casa y otro poco, con autorización debido al coronavirus​, saliendo a correr por la ciudad. Fadi es entrenador de Sanda, que ahora es refugiada, mamá y aspirante a atleta olímpica al haberse ganado un lugar entre los cerca de 50 considerados a formar parte del equipo de refugiados.

“Mis nenes me dicen: ‘Mamá, tenés que ir a los Juegos’. Se convirtió en el objetivo de toda la familia. Y sin el deporte, nada de esto hubiera sido posible”, asegura.

Farid Walizadeh (boxeo)

El boxeador afgano Farid Walizadeh dejó su país a pie cuando era un niño y quiere ser parte del equipo olímpico de refugiados de Tokio 2020. Foto: Prensa COI

El afgano Farid Walizadeh sí que sabe lo que es pasarla mal. Se separó de su familia a los siete años (hoy tiene 22), dejó el país a pie, pasó por Pakistán, Irán y Turquía y conoció reformatorios y orfanatos de casi todos esos lugares hasta que llegó al Centro de la Agencia de Refugiados de la ONU en Estambul, donde aprendió a boxear.

Hace ocho años logró encontrar un lugar para él en Portugal y desde entonces vive en Lisboa, donde además estudia arquitectura.

“Me acuerdo de tener 9 años y estar preso por viajar por Europa como ilegal. Dibujaba y pintaba para que pasara el tiempo más rápido. Y aunque siempre fui de pensar positivamente, no tenía nada; ni siquiera un sueño”, dice antes de contar cómo lo salvó el deporte.

El boxeador afgano Farid Walizadeh dejó su país a pie cuando era un niño y quiere ser parte del equipo olímpico de refugiados de Tokio 2020. Foto: Prensa COI

“Cuando empecé a entrenarme, empecé a dejar atrás los traumas, a lidiar con ellos -asegura Farid-. El boxeo me dio confianza en mí mismo. Antes no era capaz siquiera de decir mi nombre para presentarme. A partir de practicar, trasladé toda esa energía negativa a la bolsa”. 

Y completa: “Cuando vi que el deporte podía ser mi medio de vida, recobré la esperanza, empecé a soñar, a intentar cosas de nuevo. Hoy mi sueño son los Juegos Olímpicos y aunque sé que me voy a caer muchas veces, me voy a levantar por lo poderoso que es ese sueño”.

HS

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