Europa y la política de poder



Dicen que el primer mapa que les puso fronteras a los países de Europa, todavía con líneas de punto, fue un atlante de Matthias Quad de 1604. Antes, se utilizaban colores, muchas veces pintados por aprendices, ignaros de todo confín. El mismo Gottfried Herder (1744-1803), cuya bella prosa ha sido saqueada por nacionalistas de toda índole y tiempos, decía que la naciones estaban en el mundo como “plantas en un jardín”, cada una distinta, pero ninguna mejor que las demás.

Los problemas surgieron cuando la caparazón de un estado autoritario se les superpuso a algunas de entre ellas, come fue el caso de Alemania en 1871.

Su política exterior, al poco tiempo, se encaminó hacia la infausta senda de la Machtpolitik, que, en palabras de su gran exegeta y crítico Friedrich Meinecke, siempre conduce el estado “más allá de las fronteras de la Moral y del Derecho”. Uno de sus inspiradores fue Friedrich Ratzel (1844-1904), el inventor del Lebensraum, o sea, originariamente, el área geográfica de expansión de una especie vegetal o animal.

El concepto, aplicado a la especie humana, pasó a justificar una política exterior expansionista, que pudiera brindar a la nación alemana los medios que el desarrollo de su cultura superior requerían.

Alemania, por cierto, no fue la única en seguir este camino, pero sí, siempre tuvo la valentía de someterlo a unos debates angustiosos y fecundos, desconocidos en otros países europeos. Fue así que, frente al dramático epílogo de la política de poder alemana, muchos intelectuales se detuvieron a pensar. Meinecke, mirando hacia afuera, publicó en 1946 un libro con título elocuente: La catástrofe alemana.

El filósofo Karl Jaspers, mirando hacia adentro, habló de “La situación espiritual de Alemania”. Su tesis quedó plasmada en un libro del mismo año, Die Schuldefrage (La cuestión de la culpa): se trataba de la culpa “de estar todavía vivos”, no habiendo podido evitar la lenta e inexorable expulsión de los judíos del conjunto ciudadano y, eventualmente, de toda categoría humana.

El escrito, que muchos criticaron por la supuesta “criminalización” de un entero pueblo, dio puntapié a un debate cuyas chispas todavía iluminan el tema de lo que hace de un conjunto de individuos una sociedad.

¿ A qué viene todo eso? Viene a que desde el cambio de guardia en el puesto de Alto Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (2019), se ha consolidado la idea que la UE tiene que adquirir una nueva “soberanía estratégica” ( tomo prestada la expresión de un think tank europeo). Tiempo después de su nombramiento, Josip Borrell, en un artículo titulado “Ejercer el poder europeo”, alentaba a los europeos a adaptar sus “mapas mentales” para relacionarse “con el mundo tal como es, no como espera[ran] que fuera”.

Para no salir perdedores en la competencia entre los Estados Unidos y China, aconsejaba “reaprender el lenguaje del poder y percibir[se] como un actor geoestratégico de rango superior”; aun sí, como oportunamente recordaba, la UE había nacido “justamente para terminar con toda política de poder”.

El español terminaba su sibilino escrito deseando que, en 2020, Europa pudiera “progresar en la definición de un enfoque geopolítico, burlando el destino de actor en busca de su propia identidad”. Una boutade graciosa, ya que ¿ quién confiaría a Hamlet la política exterior de Dinamarca?

El político español retomó el asunto, con otros acentos, en una reciente entrevista al diario El País, donde definió la política exterior como la proyección al resto del mundo de la identidad histórica de cada país; y soltó los ejemplos de los polacos, “que creen que deben su libertad a Estados Unidos y al Papa”, y de los españoles que, al revés, pretenden haber “soportado la dictadura franquista en buena medida por el apoyo de Estados Unidos y Vaticano”.

O sea, hasta que no tengamos una historia común, quien quiera ejercer “el poder europeo” se enfrentará a estas diferencias. Esto explica la (muy oportuna) regla de la unanimidad en temas de política exterior que, dicho sea de paso, de modo alguno puede considerarse una política común (como sí, lo son, la comercial o monetaria), dado que “en todos los ámbitos de las relaciones internacionales”, la UE solo quiere alcanzar, según los tratados, “un alto grado de cooperación.” ¿Cómo conciliar intereses e historias tan distintas? El único elemento para hacerlo son los valores que rigen la UE, entre los cuales están el respeto de los derechos humanos, de la libertad, de la democracia, de la igualdad, del Estado de Derecho, etc.

No se trata de una tediosa letanía, sino de la única brújula posible para avanzar en un debate serio sobre nuestras opciones de política exterior (¿e internas?). Por cierto que los protagonistas de este debate no tendrán que ser los think tanks de siempre, sino las sociedades europeas reunidas en una arena política común; un rincón de aquel jardín del cual hablaba Herder…

Lorenza Sebesta O’Connell es historiadora – Centro Europeo Jean Monnet, Universidad de Trento, Italia

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