Estados Unidos, a la deriva



Bajo Donald Trump Estados Unidos se ha convertido en un serio problema para la comunidad internacional. Con el correr de su mandato ese país ha devenido una fuente importante de inseguridad para sus habitantes y de desorden para el mundo. No se trata solo del resultado de un estilo personal, sino de una serie de políticas públicas internas y externas.

La pandemia epitomizó, entre otros, el desmantelamiento prolongado del Estado de bienestar (con graves efectos, entre otros, sobre el sistema de salud), el auge de la desigualdad (afectando más a las minorías y los vulnerables) y el grado de polarización política (no solo partidista, sino también en materia de federalismo).

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Según el Índice de Seguridad Global en Salud de 2019 del Johns Hopkins Center for Health Security y el Nuclear Threat Initiative con base en el índice elaborado por la Unidad de Inteligencia de The Economist, ningún país estaba completamente preparado ante la eventualidad de una pandemia.

Sin embargo, presuntamente el que encabezaba en mejores condiciones el ranking era Estados Unidos, mientras, por ejemplo, Corea del Sur ocupaba el octavo lugar. Ambos países tuvieron su primer caso de Coronavirus el 20 de enero de 2020.

A la fecha de este escrito, Corea del Sur con una población de casi 52 millones de personas tuvo 273 muertes con COVID-19 y Estados Unidos con una población de 331 millones de personas tuvo 108.196 muertes. Estados Unidos tiene el mayor número de fallecimientos por el virus en el mundo y, junto a Brasil, constituyen los epicentros de la pandemia en el continente.

El aleve asesinato de George Floyd por la policía de Minneapolis produjo un estallido social con movilizaciones a lo largo y ancho del país durante días y noches. El presidente Trump anunció su intención de involucrar a los militares en tareas de control y represión de las marchas pacíficas y los saqueos furiosos. En esencia, por la ley de Posse Comitatus de 1878, el ejecutivo no puede desplegar a las fuerzas armadas para cuestiones de orden público.

Puede invocar la muy raramente utilizada ley de Insurrección de 1807. Históricamente, el Departamento de Defensa ha interpretado dicha ley como una forma de “apoyo” a las autoridades civiles. En todo caso, el uso de la fuerza letal de los militares contra saqueadores sería violatorio de las normas al respecto.

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Como bien señaló quien fuera el ex Jefe del Estado Mayor Conjunto (2007-11), el almirante Mike Mullen, las ciudades no constituyen un “campo de batalla” de las fuerzas armadas y los ciudadanos no son sus “enemigos”. En breve, los militares estadounidenses no son una fuerza de ocupación de su propio país.

En el terreno internacional la estrategia—si es que se trata de un cuerpo coherente de ideas, metas y medios–de Trump ha sido, y es, inquietante. Desde el comienzo de la Posguerra Fría su gobierno ha sido el que más sistemáticamente ha horadado el multilateralismo con sus dichos, propuestas y acciones en foros como Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, el G-20 y en regímenes tales como el medio ambiente, el control de armas y los derechos humanos.

Las fricciones con los principales aliados europeos en torno a cuestiones diplomáticas, comerciales y militares se han incrementado. Si en los ‘90 la Unión Europea avalaba el llamado “Consenso de Washington”, hoy lo que prevalece es el “Disenso con Washington”.

En Medio Oriente y Asia Central Estados Unidos ha combinado, de modo contradictorio y errático, la perpetuación de guerras irresolutas y algunas alianzas estrechas con las señales recurrentes de repliegue y el deslinde de ciertos amigos.

En América Latina, y en medio de la pandemia, ha reforzado las sanciones a Venezuela y enviado una brigada del Comando Sur a Colombia para luchar “contra el narcotráfico” y respaldar la (sic) “paz regional”.

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En ese vértice andino la potencialidad de incidentes descontrolados y tensiones inmanejables pueden elevarse en los tiempos por venir. Las relaciones entre Estados Unidos y China ya tenían más componentes de competencia que de colaboración antes de la aparición y propagación del Coronavirus. Con la pandemia, la retórica de rivalidad exacerbada, por ahora más de Trump que de Xi Yinping, ha ido en aumento y promete incrementarse.

Claro que el fenómeno Trump, en política interna y exterior, no debe malinterpretarse. Refleja creencias, convicciones y sentires profundos y arraigados en una parte importante de la sociedad estadounidense, del establecimiento civil y del estamento militar.

A principios de junio, su gestión era aprobada por el 41% (encuesta de Politico), el 43% (encuestas de YouGov y Manmouth) y el 44% (encuestas de Rasmussen y CNBC): goza el apoyo de un promedio de 43.6% de la población. Pero el fenómeno Trump refleja además el declive de los Estados Unidos. Así lo supo decir Bob Dylan en su más reciente composición (Murder Most Faul) para quien con el asesinato de John F. Kennedy “el alma del pueblo fue arrancada y fue el comienzo de una lenta decadencia”.

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