Elogios para Vladimir Putin pero la vacuna es de Oxford



El concepto clave de la política exterior de Juan Domingo Perón siempre fue la tercera posición. Una equidistancia políticamente correcta entre los dos polos dominantes en el planeta. Lo intentó desde antes de su llegada al poder, cuando alimentó en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial sus contactos con algunos jerarcas de la Alemania nazi y con otros de la Italia de Benito Mussolini. Aunque al final, la Argentina terminó alineándose con los Aliados cuando era evidente que EE.UU., Gran Bretaña y la Unión Soviética se iban a quedar con la victoria.

Las décadas siguientes siempre mostraron al peronismo jugando a la tercera posición hasta que las circunstancias de la historia lo obligaban a inclinarse por el mate amargo de la real politik. Los gestos amigables hacia la Cuba de Fidel Castro en los años ‘70, que mantuvieron Néstor y Cristina Kirchner a partir de 2003, sumando el romance con la Venezuela de Hugo Chávez y el acercamiento espasmódico a China y a la Rusia de Vladimir Putin.

La tercera posición siempre fue el modo publicitario de equilibrar el poder hegemónico estadounidense. Nunca hubo un beneficio económico contundente para la Argentina pero le alcanzó para sostener la ilusión del anti imperialismo entre las vanidades de la militancia intelectual. La paradoja fue que otro peronista, Carlos Menem, terminara impulsando la etapa de mayor alineamiento histórico con EE.UU. Una contradicción que el peronismo de hoy prefiere esconder en el placard y dejarla para sus psicólogos.

El Frente de Todos, de Alberto y Cristina, no depara sorpresas en este sentido. El Presidente arrancó su gestión practicando equilibrismo con el chavismo venezolano, haciéndole mimos políticos al Grupo de Puebla y privilegiando al mexicano Andrés López Obrador entre sus aliados internacionales. Una vez más, la cercanía del default y la necesidad de cerrar el acuerdo por la deuda con los bonistas extranjeros lo obligaron a explorar senderos inhóspitos con la administración del imprevisible Donald Trump.

Alberto Fernández firma la carta que le mandó a Vladimir Putin para felicitarlo por la vacuna rusa contra el Covid-19.

Con la pandemia explotando en todo el planeta, el mundo se ha convertido en un universo aún más impredecible. El Presidente empezó criticando las estrategias de Suecia, Brasil, Chile e incluso la de Uruguay. Y ahora, que la cifra de contagios y muertes también complican a la Argentina, matiza la bandera de la tercera posición con decisiones pragmáticas más proclives a ir en busca de salidas y de soluciones.

En ese camino, es una buena noticia haberse subido al tren de los países que corren la carrera hacia la vacuna que detenga el coronavirus. Para el marketing de la diplomacia quedará el empalagoso elogio al anuncio del antídoto ruso. “Un logro que quedará en las páginas indelebles de la historia de la medicina mundial”, le escribió en su carta Alberto Fernández a Vladimir Putin. Una montaña de adjetivos para tapar la desconfianza que genera una vacuna con poco tiempo de pruebas y cuya composición los rusos no publican en ninguna de las revistas especializadas que promueven los hallazgos científicos.

Mejor apostar a la investigación de una universidad tan británica como la de Oxford, asociada a un laboratorio de capitales ingleses y holandeses. Y al soporte de los emprendimientos privados del mexicano Carlos Slim y del argentino Hugo Sigman, que le permiten al gobierno salvar el nexo con López Obrador y que algo al menos tenga sabor a Patria Grande.

Todo sería mucho más simple si el Presidente no tuviera que rendir cada día un examen de progresismo. Pero, cuando el poder se comparte, a veces no quedan más alternativas que la simulación.

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