Elecciones en EE.UU.: Qué dejan como legado los cuatro años de Donald Trump al frente de la Casa Blanca



Donald Trump llegó al poder como un restaurador. Su proclama era la defensa de una herencia nacional propia que había que rescatar. En la historia, las restauraciones han sido en general la expresión de contradicciones sociales cuya vía de resolución fue la apelación mítica a un pasado presuntamente glorioso, que solo existe para justificar cosas que de otro modo serían injustificables. Son procesos, en fin, que, al consumirse, dejan un manto de regresión moral, agotamiento y concentración de la riqueza superior a la que pretendieron corregir. Conviene tener este escenario en mente para valorar lo que deja el republicano.

Al principio, se decía que el ejercicio del poder cambiaría a Trump, moderándolo. Tras cuatro años vimos que el gobierno no lo cambió a él, sino que él mismo ha cambiado la forma en que se analizará desde ahora la política en su país. Contra lo que suele creerse, Trump no es una rareza de la historia. Su aparición tiene que ver con el fenómeno antisistema y soberanista que sembró Europa de protestas y reclamos cuando, en 2008, la crisis financiera de Wall Street se desparramó en el planeta, dejando un tendal de heridos en forma de exclusión social.

El republicano fue, tal vez, el más notable de esos líderes montados en un ideario nacionalista global, que invitaban a derrotar aquel desamparo con una vuelta al pasado. Una vuelta que siempre tuvo tonos mesiánicos. Desde luego, el mesianismo -“Yo o el diluvio”- es un signo de los liderazgos restauradores. Sin embargo, que haya sabido sintonizar con millones de esos estadounidenses desahuciados que le dieron el voto asoma como uno de sus logros más destacables.

Ahora, cuando su primer mandato queda atrás, la huella de Trump se percibe en múltiples ámbitos: una nación dividida, la instalación de la mentira como agenda pública, la denigración del adversario, una justicia inclinada como nunca a la derecha, un reclamo masivo por la justicia racial que no tiene precedentes. Pero es en la arena económica y en la relación con el mundo donde se advierte con mayor nitidez cuál ha sido su peso y valor.

Apenas instalado en enero de 2017, el lema de Trump fue rechazar la integración de los extranjeros, construir el Muro con México y deportar a miles de personas. Un país construido sobre la inmigración veía cómo se endurecían los criterios para las visas, se impedía el ingreso de estudiantes, se trababa la llegada de profesionales extranjeros. El mayor síntoma fueron las jaulas en las que el Estado encerró a menores centroamericanos, hijos de familias separadas. Como nunca antes, el tema se judicializó.

Lo cierto es que el rechazo que esas políticas generaron en amplias capas del país se vio contrastado con su manejo de la economía, opacado con el desastre de la estrategia por la pandemia que ha minado -como ninguna otra cosa- el cimiento mismo de su mandato.

Trump suele atribuirse el auge económico de su país anterior al coronavirus. Pero eso es una verdad parcial: en rigor, heredó una economía en fuerte expansión desde los estímulos de Barack Obama tras la crisis de 2008. El crecimiento aumentó en la primera parte del mandato de Trump y decayó en la última (2,9% en 2018 contra 2,1% en 2019), y derivó en un desempleo de apenas 3,5% a fines de 2019. Analistas independientes afirman, a su vez, que el auge se apoyó en una rebaja de impuestos a los más ricos (la mayor poda en 30 años) que premió a las empresas y aumentó al déficit público, consolidando aún más la desigualdad económica del país en virtud de innumerables recortes a programas especiales.

Simpatizantes de Donald Trump sostienen una bandera cubana en Miami. Foto AFP

Pero es en el escabroso terreno de la agenda internacional donde medimos mejor su legado. Ya en junio de 2017 dio una fuerte señal al mundo de que no podía contar más con EE.UU. Al sacar a su país del acuerdo climático de París, no sólo dejó en la intemperie a sus aliados , sino que inclinó su gobierno hacia el sector empresario ligado a las emisiones contaminantes: firmó entonces 14 decretos para acabar con normas que reducían la polución (EE.UU. es el mayor contaminador seguido de China).

En su mandato, enterró el deshielo con Cuba, menospreció a la Unión Europea apoyando el Brexit, descalificó a la OTAN, denigró a la ONU (“un club de gente que no tiene nada que hacer”), validó el liderazgo del norcoreano Kim Jong Un obteniendo poco a cambio, y se mostró ambiguo con los árabes y el asesinato del periodista Jamal Khashoggi. El espectro de Irán, a cuyo pacto nuclear dejó caer ante el horror europeo, se cierne sobre cada paso que su gobierno ha dado en Oriente Medio, en especial en los últimos acuerdos entre Israel, Bahrein y los Emiratos.

En ellos, la Casa Blanca mostró como nunca antes una indisimulada asociación con la causa israelí. Por otro lado, su guerra comercial con China no sólo no alteró el balance superavitario a favor de Beijing. Tampoco frenó el progreso tecnológico chino y no obtuvo el regreso de las empresas estadounidenses que habían dejado el país. Para América latina, careció de una estrategia coherente, más allá de las sanciones a la cúpula chavista.

Cada vez que las restauraciones prometieron retornar a a un pasado milagroso sólo acentuaron las contradicciones del presente y consolidaron el status quo con una regresión en términos de valores y políticas públicas. Trump pertenece a la misma clase que dice combatir. Pero su prédica ha calado hondo en la mitad del país que lo votó en 2016 y tal vez repita ahora. No es un dato menor en el ejercicio de la política. Para ellos, para los desfavorecidos del modelo, es ése su mayor legado. Una mirada equilibrada hacia el pasado inmediato de Estados Unidos bajo Trump reclama estar muy atentos a lo que eso significa.

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