El verdadero Alberto Fernández, cada vez más recargado



“Le voy a seguir pidiendo a la Ciudad que sea parte de un país, y deje de votar y pensar como una isla. El otro día me causó alguna gracia esta idea de que los mayores soberbios del país estaban reclamándole a Cristina su condición de soberbia. Se trató de un análisis que hicieron los sectores medios que definitivamente no confiaron en Cristina, que la vieron con una actitud intolerante, y le creyeron más a la oposición y a algunos medios”. Era octubre de 2007. Cristina Kirchner acababa de ganar las elecciones presidenciales pero había perdido en la Ciudad a manos de Elisa Carrió. Después de admitir que el distrito “es esquivo”, Alberto Fernández, entonces Jefe de Gabinete, se despachaba contra los votantes porteños. A la luz de lo que ocurrió en la semana, cuando de un plumazo le quitó fondos de coparticipación a la Ciudad para pasárselos a Provincia, algunas cosas hay que reconocer. Una es que más allá de notorias idas y vueltas, piruetas y saltos en el aire, Fernández mantiene cierta coherencia. Que viviera en Puerto Madero hasta mudarse a Olivos -nunca está de más recordarlo-sintiendo lo que siente por el distrito, sería apenas una anécdota. Hay que ver lo fuertes y resistentes que son algunos estómagos. Rondando el kirchnerismo, sin ir más lejos, ahí esta Fito Páez, que contuvo su asco por los porteños para mudarse a un piso en una de las calles más exclusivas de la Ciudad.

Lo otro que hay que reconocer en aquellas palabras de Fernández es que los habitantes de la Ciudad, además de soberbios, opulentos e insulares, como los fue denominando, son visionarios, o bastante sabios: lo que, según él equivocadamente, los electores vieron en Cristina Kirchner para no votarla, se comprobó de manera contundente con el tiempo. Bastante más temprano que tarde.

Cristina Kirchner y Alberto Fernández. Foto: EFE/ Juan Mabromata/POOL

Conocida que fue la decisión intempestiva de desvestir a la Ciudad para vestir malamente al distrito de Axel Kicillof, sacudido por una rebelión policial que lo tomó por sorpresa, la propia Carrió, responsable de aquella porteña derrota kirchnerista, se animó con una interpretación rayana en lo psicológico. Recordando el barrio en que ha fijado domicilio la actual vicepresidenta, autora intelectual de la maniobra que ejecutó Fernández contra su apenas semanas atrás “amigo” Horacio Rodríguez Larreta, lanzó: “Cristina odia lo que ama. Ella no vive en Fuerte Apache ni en La Matanza, vive en Juncal y Arenales (N de la R: Juncal y Uruguay). Esto puede dar cuenta de su obsesión y de su resentimiento”. Aun en los más sesudos análisis políticos, no hay que perder de vista lo que algunas emociones profundas son capaces de provocar.

Como sea, medidas de Gobierno aparte, pegarle a los porteños se ha convertido en un hábito extendido en los últimos tiempos. La última semana fue el turno del gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saá, quien antes de que se cerrara en cuarentena, solía trajinar un café del shopping más exclusivo de Buenos Aires, frecuentado por lo más rancio de la “opulencia” capitalina. Después de haber dicho meses atrás que “en la Ciudad de Buenos Aires no plantan soja, no crían ovejas, no crían ganado, salvo talleres clandestinos, fábricas no tiene”, ahora redobló la apuesta. “Son insoportables, qué querés que te diga. El porteño es terrible. A todas las saben lungas. Se cree que van en la primera clase del Titanic, pero que él no se hunde. ‘Yo viajo a Europa, vuelvo, tengo el virus y chupame un huevo’”, dijo, en tono casi académico, retomando tardíamente la teoría esbozada en los inicios de la pandemia por Marcelo Saín: según el ministro de Seguridad de Santa Fe, los “chetos” eran los culpables de la llegada del coronavirus.

Lamentables, tamañas declaraciones podrían inscribirse en una guía sobre cómo desarrollar el arte del insulto gratuito y profundizar la grieta. Pero no irían más allá de la polémica. Mucho más grave es cuando de los dichos se pasa a la acción. Prenunciada y fogoneada meses atrás por la vicepresidenta y por su hijo Máximo Kirchner, la decisión de quitarle fondos a la Ciudad en beneficio de la Provincia, sumada a otras medidas recientes, deja cada vez más claros los términos acerca de dónde está el eje del poder, y los de la pelea que viene. Deja también cada vez más lejos al Alberto Fernández del discurso de la moderación. Ni hablar, claro, del que criticaba a la entonces Presidenta, diciendo “con Cristina el peronismo fue patético. Fue el partido de la obediencia, el que sólo le dijo que sí al poder”.

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