El “micro tumbero” de Cristina, la mujer que hace servicio puerta a puerta para los presos



Uno de los tres teléfonos de Cristina Coronel (61) suena por enésima vez. Son las 5 de la mañana de un martes arriba de su micro.

Atiende: -Hola … ¿dónde estás, má? … ¿En La Palito? … Ahí estoy yendo para allá, mami… dale, besito.

Cristina no maneja un Uber, ni un remís, ni un taxi. Está arriba de su micro, junto a su nuera y su chofer, Marta Vargas y Pablo Reyes. El destino final es el Complejo Carcelario de Magdalena, ubicado a 50 kilómetros de La Plata. Por eso, al servicio que brinda, lo llaman “micro tumbero”. Desde el 20 de marzo, su trabajo se volvió esencial: se encarga de llevarle a los presos la mercadería que le envían sus familiares, y que escasea en las prisiones: comida y artículos de limpieza.

Son las 4.50 de la madrugada del martes de cuarentena obligatoria en La Matanza y el municipio más poblado del conurbano bonaerense está completamente vacío. Diez minutos más adelante, bajo una llovizna leve, la señora que llamó recientemente está parada en una esquina perdida.

Entre sus manos lleva una caja en la que había bananas o manzanas y ahora hay fideos, arroz, cigarrillos, azúcar, yerba, galletitas, jabón, shampoo, lavandina, detergente y todas las cosas que se necesitan en una cárcel. La abraza como si la cuidara de alguien que podría robársela. “Hace cinco años que la conozco. No falla nunca”, dice Cristina, antes de bajar a saludarla y cargar la caja.

Los penitenciarios de Magdalena bajan los bultos con todo tipo de alimentos y artículos, que luego son sanitizados en el ingreso al penal.

Durante el resto de las 24 paradas de la recorrida (la primera fue a las 4 de la mañana, en Márquez y Panamericana, y la última es en la Rotonda de Alpargatas), Cristina anuncia y describe a las mujeres que la esperan. Su teléfono no para sonar. Todas las llamadas son por lo mismo: quieren saber si está en camino, a qué hora estará en ciertas paradas o en qué momento la mercadería les llegará a sus familiares. Desde anoche que la llaman. No la dejaron dormir ni un ratito.

“El 80% son mamás. Las mamás no fallan por nada del mundo. Venden lo que no tienen para pagar el abogado, visitarlos y mandarles cosas. Me paso escuchándolas decir: ‘Si mi hijo se manda un moco nuevo no lo sigo más’. Y al tiempo las ves de vuelta: ‘¿Qué querés que le haga? Si es mi hijo…’, me dicen. He conocido casos de chicos que duraron 10 días libres. O el de una de mis pasajeras que siguió a su hijo durante toda su condena: estaba ilusionada con que cambiara al salir. Y a los dos meses en libertad, lo mató la Policía. Podría escribir un libro con todas las cosas que escucho en el micro. Yo sé lo que sienten esas mamás. Y me duele un montón. Por eso nunca les fallo. Porque sé que ahorran pesito por pesito por mandarles cosas a sus hijos, y el tiempo que se dedican a cocinarles. Es más, a algunas clientas les llevo las cajas gratis cuando me dicen que no tienen plata “, cuenta.

Mirá también

En todas las paradas pasa lo mismo: el micro frena y bajan Cristina y su nuera. Saludan a los familiares (varios superan los 70 años), cargan las cajas y controlan en su lista de reservas si falta alguien. Si es así, lo llaman por teléfono y lo esperan. Luego suben al micro y siguen la recorrida. Pero en el medio de todo, Cristina hace un comentario distinto.

Cuando cargan la única caja que suben a la altura del complejo de monoblocks de Don Orione, en Claypole, grita: “¡Vamos, aguante!”. La respuesta es porque el destino de la caja es la Unidad 51. De las 50 que trasladará, sola una es para esa cárcel. Es la única de mujeres.

Pablo Reyes, chofer del “micro tumbero”.

Las otras tres que completan el complejo son de hombres. Son la 28, la 35 y la 36. Entre las cuatro unidades hay 3.380 detenidos. “Es un tema histórico. De las mujeres no se ocupa nadie. No las visitan ni les mandan cosas. No sé por qué. Porque tienen hijos, maridos, padres. Pero pasan las condenas solas”.

La primera vez de Cristina en un micro tumbero fue hace 14 años. Un conocido de su marido les propuso un trabajo: ellos ponían el ómnibus (que ya tenían) y el servicio del traslado y él, los pasajeros. Un año después, esa misma persona les dijo que estaba cansado de ese trajín y les ofreció seguir solos. A partir de ese momento, Cristina y Aldo, su marido, se hicieron cargo de todo: de los llamados, de las reservas, de los familiares; de todo.

Cristina y su nuera, en un alto en el camino, mientras atienden un llamado para coordinar una nueva carga.

En sus mejores épocas llegaron a sacar cuatro micros repletos de familiares. Porque el servicio que siempre brindaron, y volverán a brindar cuando la pandemia se los permita, es el traslado de familiares de detenidos alojados en las cuatro unidades de Magdalena.

Como las visitas están suspendidas, el servicio es otro. El recorrido es el mismo que el de hoy: frenan en las 24 paradas de siempre y, en lugar de cajas, levantan pasajeros. Los dejan en la puerta de los penales y los esperan hasta que salgan. Durante las siete horas de visita, Cristina, su nuera y el chofer descansan en la casa que alquilan en Magdalena. A la vuelta, los dejan en el mismo lugar que subieron. En total, son 340 kilómetros diarios. De martes a domingo.

Cristina dice que en el rubro de los “micros tumberos” solo hay tres mujeres. Una que va a Sierra Chica, otra a Alvear y ella. En dos años piensa jubilarse. Aunque no del todo: se ocupará de atender los teléfonos. Pero no volverá a subirse al micro.

La recorrida empieza bien de madrugada y va uniendo puntos hasta llegar al penal de Magdalena.

Antes de esto, Cristina trabajó en casas de familia y en bailantas. Se recibió de operadora en adicciones y ejerció un año en el hospital de Vicente López. Cuando conoció a Aldo, su marido, él ya se dedicaba a los micros. Tenía uno y lo manejaba. Juntos, y durante años, coordinaron viajes a La Salada​ y excursiones para niños. Hasta que les propusieron hacer los viajes a Magdalena.

“Mi marido se me murió hace dos años”, recuerda. En el frente del micro pegó una calcomanía que lo recuerda y pide que aparezca en la nota. Dice “Aldo”. “A los dos días de su muerte ya estaba trabajando. Esto me ayudó mucho a salir adelante. Me gusta tratar con la gente. Mis clientas me ayudaron mucho. Se nos pincha una rueda y bajan a dar una mano: si no saben cambiarla, se ponen a hacernos mates para acompañarnos o se ofrecen a hacernos alguna compra. Muchas me traen café, chocolates, facturas, masitas. Y lo más lindo es cuando me escriben para avisarme de que a sus hijos les llegaron las cajas”.

Mirá también

Cristina muestra uno de los mensajes del viaje anterior. Desde que se decretó la cuarentena obligatoria, y el Servicio Penitenciario Bonaerense​ autorizó las encomiendas para internos, hace dos viajes semanales: llega a Magdalena los martes y jueves a primera mañana. Entra a las unidades, baja las cajas y luego los penitenciarios llaman a los internos, abren las cajas juntos, requisan la mercadería y firman el remito de todo lo que reciben.

Luego, los detenidos llaman a sus familiares y les agradecen todo lo enviado. Y ellos, a su vez, le escriben a Cristina. “Le agradezco a dios x haberte conocido”, empieza el mensaje que muestra, en una de los tres celulares que no paran de sonar. “Gracias x siempre ser responsable con la encomienda, para que llegue a nuestro familiar. Siempre le llega todo. Te quiero mucho y ojalá prontito pueda darte un gran abrazo”.

Cristina Coronel: la historia de la mujer que hace servicio puerta a puerta para presos en su “micro tumbero”.

Cada tanto, Cristina sube a pasajeros que no estaban en el viaje de ida. Son los presos que salen en libertad y sin un solo peso, ni una tarjeta SUBE, y le piden que los acerquen hasta donde pueda. Cuando pasa eso, Cristina grita “¡libertad!” y todos sus pasajeros aplauden, gritan, ovacionan al liberado. Después, saca una bolsa para que cada uno colabore con lo que está a su alcance.

Con ese dinero, el ex detenido pagará un remís desde la esquina en la que se baje del micro y hasta su casa. Esta madrugada, en una de las tantas llamadas, una de sus clientas le encarga un pedido muy especial: le dice que su hijo acaba de ser liberado y no tiene cómo volverse hasta San Justo, donde viven. Lo soltaron a las 23 horas de ayer y, por la pandemia, no hay remises, ni UBER, ni colectivos ni trenes. Su familia tampoco tiene cómo trasladarse y traerlo.

Equipo completo: Marta Vargas y Pablo Reyes, el chofer, junto a Cristina. Un detalle: “Al micro no se lo roba”, aclara, en código, la dueña.

“¿Cómo no los voy a traer si los presos son los que me hacen publicidad adentro? Además, no me cuesta nada y muchas veces sus familias son mis clientes”, dice. Es que las veces que alguien ingresa a Magdalena y pregunta por los “micros tumberos”, los presos le pasan el teléfono de Cristina.

“Cada tanto algún preso me llama y me dice que tengo que llevar gratis a su familia y le explico que soy una laburante. Les hablo como ellos. Pero no tengo drama en llevar gratis a mis clientes si una noche no tienen”. Hoy pasó eso: un hombre le preguntó si le podía hacer un descuento en la segunda caja, que no llegaba, y ella le dijo que sí.

A las 8 de la mañana, el micro frena en una ruta de Magdalena. A metros está el cartel típico de entrada a la ciudad, para sacarse fotos, y un operativo policial. Cristina baja y muestra sus permisos para circular. Alrededor del operativo hay varias bolsas de consorcio (las grandes, de la basura, a las que en la jerga tumbera se las llama “morochas”) que familiares de La Plata y alrededores acercaron para los detenidos. Es el punto de encuentro que fijó el SPB para dejar las cosas.

Cristina vuelve al micro. Antes, ve a un hombre parado, con lo puesto, pasando frío, y lo encara: “¿Sos el hijo de Marcela?”. Sí, lo es. Está ahí mismo desde ayer a las 23. Así pasa sus primeras horas libre después de más de tres años.

La llegada al penal de Magdalena.

Las paradas en cada una de las unidades son rápidas: el micro entra, llega hasta la parte administrativa, Cristina baja y los penitenciarios la ayudan a dejar las cajas. En un rato, la mercadería estará en manos de los familiares de sus clientes. Y el hijo de Marcela, en su casa. Porque el servicio de Cristina, además de esencial, es completo. Por eso las mamás la quieren tanto.

GL – EMJ

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA



Fuente >>

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

CLip art of Flip Day 2 CLip art of Flip Day 1 CLip art of Flip Day 1