El lobo feroz – Clarín



Llega al pueblo una manada de lobos. Nos escondemos en el sótano. Pasan un par de semanas y ahí siguen. Tenemos un problema: se aproxima la cosecha. Corremos el riesgo de que el cultivo se eche a perder. La gente reza y los lobos se van. Salimos del sótano y vamos a trabajar. Pero apenas empezamos a recoger las verduras cuando reaparece un lobo. Y otro, y otro más. Matan a un par de personas y todos volvemos corriendo al sótano.

Terrible dilema. O nos comen los lobos o nos morimos de hambre. ¿Qué hacer? Se abre un debate. Nos la tenemos que jugar, no podemos dejar que nuestra comida se pudra, dicen unos. No, no, dicen otros, tenemos mucho miedo. Mejor seguir confinados.

El encargado del cementerio alza la voz. ¡Hay solución! Escuchen, dice. Me fijé en una cosa muy extraña. Los lobos solo comen a los ancianos. Los jóvenes pueden trabajar en la cosecha sin miedo. Sí, dice el policía. De acuerdo. Vi que a los lobos no les interesa la carne joven. La verdad es que casi todos los muertos han tenido más de 80 años. Me ven a mí, que tengo 45, dice el policía, gruñen y se van. Una vez uno me dio un pequeño mordisco en la pierna pero nada más. Hay que tener muchísima mala suerte para que tengas mi edad y se te lancen al pescuezo. Sí, dice el periodista del pueblo. Máxima seguridad para los viejos pero los demás, con precaución, a vivir sus vidas.

El alcalde y sus concejales se reúnen, evalúan los argumentos y toman su decisión. El principio de la igualdad, más sagrado que el comer, exige que todos sigan confinados en el sótano hasta que los lobos desaparezcan.

Final de la historia: es el pueblo el que desaparece.

El lobo no es el coronavirus. El virus es bastante más pequeño y mucho más complejo. Tan complejo que los científicos no se ponen de acuerdo sobre cuestiones tan básicas como el índice de mortalidad de los infectados; o sobre el grado de protección que ofrecen los anticuerpos de los que se han contagiado; o, incluso, si el virus sobrevive en las superficies.

Parece que el mundo científico solo está de acuerdo en dos grandes cosas. Que aislar a los contagiados es una buena idea. Y, los más llamativo que hemos aprendido hasta la fecha, que el virus discrimina según la edad. Los datos demuestran que el coronavirus representa un grave riesgo para los ancianos y para individuos que padecen ciertas enfermedades crónicas; y un riesgo leve para gente joven y saludable, es decir para la mayoría de la población mundial.

Cito, no por primera vez, a un profesor de estadística de la universidad de Cambridge, David Spiegelhalter. Según sus cálculos, más del 80 por ciento de las víctimas de menos de 50 años en Reino Unido tenían enfermedades previas y las personas de menos de 40 años tienen más posibilidades de morir en un accidente de coche que del virus. Ya que Reino Unido ha sufrido más de 45.000 muertes desde el comienzo de la pandemia no es arriesgado afirmar que las conclusiones del profesor de Cambridge son extrapolables al resto de la humanidad.

Lo que nadie me ha podido explicar es porqué las medidas que proponen los gobiernos para combatir el virus no toman en cuenta lo que Spiegelhalter llama “el extraordinario impacto del factor edad sobre el riesgo de morir del Covid”.

Medio mundo está rezando que se invente la vacuna. Hay división de opiniones sobre cuándo llegará. Lo que está claro es que tendremos que convivir con el bicho un buen tiempo más. Con lo cual hay que dar con una estrategia que minimice a la vez los riesgos para la salud y para la economía. Por un lado, más de 600.000 personas han perdido la vida debido al coronavirus; por otro, cientos de millones (solo en Estados Unidos, 40 millones) han perdido sus trabajos y quién sabe cuántos más han sufrido o sufrirán trastornos mentales, violencia doméstica, otras enfermedades graves que han pasado a segundo plano y, por supuesto, hambre.

El arresto domiciliario para todos por igual no es una solución sostenible. Desde el comienzo del confinamiento aquí en España me pregunto porqué nadie parece hacer caso a lo que propuso en The New York Times un médico especialista en prevención de enfermedades llamado David Katz. Katz, de la universidad de Yale, publicó un artículo el 20 de marzo en el que dijo que se debía poner el enfoque y concentrar los recursos del estado en las gente más vulnerable. En darles prioridad a la hora de hacer los “tests”, en darles la mejor atención humanamente posible en los hospitales y en las residencias de ancianos, en pedirles que se confinen.

“Centrar la atención en este mucho más pequeño sector de la población permitirá que la mayoría de la gente pueda volver a sus vidas de antes, evitando quizá que enormes sectores de la economía colapsen,” escribió Katz.

Eso sí, agregó, hasta que llegue la vacuna o se consiga la famosa inmunidad de rebaño la desconfinada mayoría deberá tener la sensatez de llevar barbijos en espacios cerrados y evitar participar en grandes fiestas o actos masivos. Lo esencial sería hacer lo posible para evitar el contacto con los que tendrían que confinarse. Agregaría yo que aquellos que pertenecen al sector vulnerable y se rebelan contra el confinamiento, aquellos dispuestos a asumir el riesgo de ver a sus hijos y nietos, que se la jueguen ─ya que son adultos─ si así lo desean. Con tal, claro, de que actúen de manera responsable con los demás.

Para mí ha sido un misterio a lo largo de estos meses que esto que propone Katz, y otros, apenas haya sido tema de debate. O que cuando sale el tema a uno lo tildan de asesino o, como me acusó un lector en una carta, de querer “gasear” a los ancianos. Es verdad que bajo esta estrategia la gente mayor tendrá que asumir un mayor sacrificio. Pero también es verdad que la estrategia impuesta hasta ahora ha sacrificado a los jóvenes. No se puede seguir así indefinidamente. El lobo es feroz, pero no para todos. Y la cosecha espera.

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