El jueguito de las simetrías agrietadas



Unos y otros recaen, una y otra vez, en el mismo recurso facilista de mirarse en el espejo distorsionado del antagonista y afirmar su identidad extremando esa contraposición. “El populismo es peor que la pandemia”, dijo el ex presidente Mauricio Macri hace unos meses. Y se entendió que hablaba de su sucesor. “Nos fue mejor con el coronavirus que con el gobierno anterior”, le respondió esta semana el presidente Alberto Fernández.

Macri y Fernández, Fernández y Macri, fijan así las dos imágenes congeladas de la mentada “grieta” que se realimenta y reaparece de tanto en tanto, cada vez que hay que tirar la pelota afuera porque no se acierta con el buen juego del propio equipo.

Uno, buscando mantener su liderazgo menguante; el otro, sobrellevando las contradicciones internas de su coalición de gobierno y las resistencias a formas y contenidos de sus medidas e iniciativas, recordando que los unifica más el espanto que el amor, y la divisoria de aguas que los pone a uno y otro lado. 

Unos y otros recurren para ello al famoso “los otros son peores”: disimular los propios yerros, limitaciones y debilidades marcando las del adversario.

¿Y si hubiera algo de engaño –o auto-engaño- en este juego de la política vernácula?

Los sistemas políticos democráticos se nutren de la confrontación entre imágenes, discursos, representaciones claramente diferenciadas y contrapuestas. Pero sólo si unas le reconocen validez y legitimidad a las otras.

De lo contrario, son juegos que deterioran a ambos y terminan en enunciados disparatados como los que nos ofrecieron en estos días.

No advierten que cuando marcan su lugar como negación del lugar del otro no sólo no se fortalecen sino que menoscaban su propia credibilidad y se ponen a la misma altura del objeto de sus diatribas, evidenciando la calidad y el nivel de sus planteos. La pandemia que estamos atravesando es una vara exigente para medir la madurez y efectividad de las respuestas de la dirigencia a los desafíos mayores.

Como bien describió Pablo Gerchunoff, un gobierno peronista que no tiene una jefatura vertical sino que es “una coalición de peronismos con afecto societatis por construir”, y que enfrenta a la peor crisis económica y social de la historia argentina es algo que no tiene precedentes históricos.

En este contexto, las malas simetrías que buscan mostrar en qué son mejores enchastrando a sus contrapartes, o caricaturizando al adversario, sólo sirven, en el mejor de los casos, para distraer la atención. O, en el peor, para evidenciar aquello que el ex presidente Eduardo Duhalde confesó de sí mismo, reconociendo su desafortunada intervención de esta semana: respuestas psicóticas, “desenganches momentáneos de la realidad”. 

El ex presidente Duhalde, en su desafortunada intervención televisiva, el 25/8/22020.

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