El jardín al aire libre de plaza Armenia: un espacio “salvador” para chicos y padres, que hoy miran de reojo la vuelta a clases



Facu, Rufi, Chimo, Oli, Tali, Juanchi. Nacho, Tonio, León, Diana, Lila, Isa y Anita se convirtieron en “la barrita brava de la Plaza Armenia”. Asi apodan sus madres, padres y niñeras a estos bajitos y bajitas, de entre 2 y 4 años, que cada mañana y desde que se flexibilizaron las restricciones por la pandemia en CABA, copan la plaza de la calle Malabia entre Nicaragua y Costa Rica. “Es la salida del día, ya es la plaza, no damos más vueltas”, es el comentario que se volvió desde agosto en denominador común.

Tímidamente en julio, cuando empezó a permitirse concurrir a espacios al aire libre, escaleras, mesitas de material y una tentadora barranca de césped al ras -en el centro de la plaza- pasaron a ser, sin proponérselo, el punto de reunión. Las caritas empezaron a resultar conocidas y con el correr de los días madres, padres y niñeras se buscaban para alimentar el incipiente vínculo, despreocupados del “peligro” de entablar contacto.

Pasaban los días del invierno amable y casi sin establecerlo, las 11 se convirtió en la hora de cita y los chicos, casi por decantación, y por estímulo de los padres, mostraban unas ganas enormes de vincularse con otro par. Ver a Rufi y a Chimo abrazados, o a Oli de la mano de Toni ayudaron a que miedo y paranoia muten por alivio y alegría. Los “mini”, que habían tenido apenas una semana y media de maternal y jardín -allá por marzo- y habían estado aislados por más de tres meses, volvían a tocarse, a sentirse.

Mediodía de sol y calor. La sombra de los árboles, el resguardo ideal para los chicos. Foto Guillermo Rodríguez Adami

La barrita dibuja concentrada. Una madre llevó tizas, lo que resultó el entretenimiento ideal para una mañana.

Casi sin imaginarlo, el encuentro de mediodía de la plaza Armenia era tema del día de madres y padres y de hijos e hijas que repetían algunos de los nombres de sus flamantes amiguitos. Así las cosas, se hicieron más recargadas y prolongadas estas escapadas que ya, algo planificadas, se transformaron en jardines de infantes amateur, al aire libre, sin la pedagogía tan necesaria de ellos, pero con los rebusques ingeniosos y creativos de los tutores.

De esta manera sobrevinieron las actividades múltiples y baratitas que ofrece una plaza para este grupito que sólo demanda jugar y correr: persecuciones a las palomas, escondidas en arbustos de lobos de fábula, saltos interminables en charcos y barro, y en el segmento juguetes, autitos, pelota y muñecos se erigieron en moneda corriente. Siempre con un grupo de adultos pegados como calcomanías para evitar esos percances que nunca faltan.

Saltos y más saltos. Anita, Chimo, Manu, Talia, Facu y Fran, felices repitiendo al menos veinte veces la modalidad desde el banco.

Mamás, en su mayoría, algunos papás y varias niñeras empezaron a forjar también una estrecha relación y a apostar más a esta salida necesaria también para los adultos. “Estoy a full con el trabajo, pero entre estar en casa encerrada en un dos ambientes con el crío y venir a la plaza, ni lo dudo, esto es la salvación”, dice Anabella, la mamá de Nacho. Nicolás, papá de Facu, pasó de venir con las manos vacías a traer la patacleta, la pelota y los tupper con fruta en daditos. Lo mismo que Kari, niñera de Olivia, que festejó el cumple en la plaza, con globos, sanguchitos y torta. 

Chimo, Tonio, Facu y Juanchi son los todoterreno, los que terminan cada jornada de no menos de dos horas, con barro hasta en las narices. Felices y traviesos desafían a sus mayores haciendo todo lo que es mejor que hagan afuera que adentro de casa. Oli, Thalia y Allegra compiten por el garabato más lindo que dibujan con tizas en uno de los descansos de la escalera. Franco y Manu corren a una paloma que huye despavorida. Los mayores, con sus teléfonos a cuestas, responden obligaciones sin sacar el ojo de sus peques.

La “juntada” de las 11 se convirtió en una cita a la que ninguno de los chicos quiere faltar. Foto Guillermo Rodríguez Adami

Los juegos, que aún están cerrados, tuvieron una breve e inesperada visita.

“Tengo que ir hasta la otra cuadra, ¿me mirás al nene un ratito?”. Otra frase que también resulta cotidiana y, a esta altura, nada descabellada. Seguramente, con el jardín de infantes, madres, padres y niñeras no hubieran tenido tiempo ni espacio para construir una sociedad de confianza. Con todos los protocolos y distanciamientos pertinentes, ningún adulto del grupo cayó con coronavirus, lo que incrementó el apego y, sobre todo el intercambio. “Todo es de todos”, es la premisa inquebrantable… y relajada.

Chimo usa el bombero loco de Facu, Nacho se adueña del camioncito de Franco, el burbujero de Rufina pasa por todas las manos y así ocurre que al final del día aparece lo ajeno en el bolso propio… hasta que se devuelve al día siguiente. Tarea que se repite: pañuelitos con alcohol en gel para limpiar manitos y objetos. Por supuesto, como era de imaginar, no tardó en llegar “el chat de la plaza”, donde hay trueque de fotos y videos, sumado a comentarios de pequeñas grandes hazañas con hilacha de baba incluida.

Inseparables. Rufi y Chimo se esperan cada día. Ella, de 3 años y medio, cuida al pequeño, un año menor.

Anita tiene 5 años, es la veterana del grupo, y la que muchas veces cuida a sus compas. Le gusta ayudar, dar una mano en un saltito o trepada a un árbol. Anita no es habitué de Plaza Armenia pero Chimo, de 2 años y 5 meses, se las rebuscó para invitarla a que se sumara porque ella es su primera amiga de la vida, a quien conoció en los Bosques de Palermo. Y así se repiten otras historias, de amiguitos que se suman a la barra de la plaza.

El propio cuidador de la plaza se refiere a “la barrita de Plaza Armenia”, que casi cuatro meses después se consolidó a tal punto que se habla de fiesta de fin de año. “Un pan dulce y el arbolito tenemos que traer, creo que nos lo merecemos”, sugiere risueña Camila, la niñera de Juanchi, idea que prendió de parabienes en el grupo. Acá nadie duda de que los jardines de infantes son fundamentales en lo pedagógico, pero tampoco nadie duda de que la plaza y estas madres y padres multitasking sacaron un conejo de la galera para que el trauma del confinamiento no resultara tal.

Seudo hamacas. Al estar cerrado el patio de juegos, Chimo, Rufi y Oli tomaron una de las máquinas donde los adultos hacen gimnasia.

La actividad lúdica de los chicos siempre fue la prioridad en esta suerte de colonia infantil. De todas maneras, en algunas ocasiones la dura realidad laboral se colaba en charla de adultos, como esa vez en la que un padre se presentó en su bienvenida: “Me empezarán a ver más seguido por aquí, acabo de perder el trabajo y la niñera ya no seguirá viniendo”. O esa otra madre que, vía Zoom y desde la plaza, tuvo una entrevista para un puesto de secretaria, del que no tuvo suerte. La vida misma pasa por la plaza. 

En plena sangucheada de viernes, con surtidito frutal de postre, llegó a los celus de los padres la noticia de la progresiva vuelta a clases este lunes y para todos los niveles. No fue recibida con una ovación como sí hubiera sucedido un par de meses atrás. “¿Ahora, en noviembre, se les ocurre?”, “¿Vale la pena cambiar cuando ya nos organizamos?”, “Está bien, era hora, el jardín es el jardín”, “Sí, no hay que perder el jardín”, “No le veo ningún sentido en este momento del año” o “¿Y qué vamos hacer con la plaza, con los amiguitos?”.

A puro pique Los más grandecitos enseñan a los chiquitines a jugar a la mancha.

Reacciones y conjeturas surgieron espontáneamente, y un dejo de preocupación sobrevoló la despedida y el reencuentro para el lunes, el cual muchos dejaron en puntos suspensivos. “Esperemos a ver qué dicen, esto que armamos no lo vamos a dejar ir así nomás, pueden convivir el jardín y la plaza”, desliza Julieta, la mamá de Rufina. “La adaptación volverá a ser dura y a la plaza vendremos a la tarde”, agrega Anabella, mamá de Nacho. “Facu es feliz en la plaza, en casa menciona una y otra vez a cada amiguito. No quiero que la pierda”, aporta Valeria.

Raquel, abuela experimentada y amante de ese oficio, testigo habitual de las jornadas infantiles en la plaza pregunta. “¿Ustedes -a los adultos- trabajan para algún jardín?”. Ante la negativa, desliza que “es maravilloso lo que han logrado en todo este tiempo con esos chicos que lo dejan todo y se muestran alegres como si nada hubiera pasado. Alguien se tiene que enterar del jardín de la Plaza Armenia”. Las mamis y los papis, infladísimos de orgullo.

DD

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