“El deseo de vincularnos en cuarentena sigue estando vivo, y no hay restricción para satisfacerlo”



LA CARTA. Algunas definiciones de esta pandemia 2020 merecen observarse con detenimiento antes de incorporarlas “a ciegas”. La que más despierta mi atención es la de “distanciamiento social”. Nos hemos auto-convencido de que nuestra supervivencia dependerá de cuán disciplinadamente nos mantengamos a “más de 2 metros” del otro. Aunque no aparente ser una súper-vivencia, creo que sí puede llegar a serlo. El acto de sociabilizar se vio fuertemente reducido durante esta “crisis”. Nuestras vidas se tiñeron de sensaciones de frustración y desasosiego.

Con el tiempo nos adentramos en un mar de incertidumbres dejando en “tierra firme” eso que habíamos adoptado como “normalidad”. Ante la aventura y lo desconocido nace el miedo, y junto con él la polarización que nos integra: “huir” o “enfrentar”. Y antes de decidir qué acción tomar, debemos recordarnos que fuimos nosotros quienes decidimos embarcarnos en esta transformación. Comienza entonces un comportamiento dual, cada uno con su propia visión de vida y sistema de creencias. Algunos concentran sus esfuerzos y pensamientos en cómo “recuperar” los hábitos perdidos; otros, agudizan su percepción para aprehender de lo que creo es un gran llamado a recuperar-nos tras identificar que, en esos mismos hábitos, nos hemos “perdido”.

Y surge la posibilidad de identificar y aprovechar lo que se oculta en la supuesta restricción del “distanciamiento social”. Fácilmente podemos dejarnos llevar por la emocionalidad negativa de vivenciar esta experiencia como una pérdida sumada a un avasallamiento de nuestra libertad. Pero desde mucho tiempo antes de la crisis, gran parte de las experiencias que nos creíamos libres de elegir, probablemente también estaban regidas por un “otro”, que direccionaba nuestra, supuestamente “propia” voluntad. Ahora, gracias a lo dramático del cambio, nos “damos cuenta” y resulta evidente que la adaptación compite contra el deseo.

Paseo. Martín en Cannes, Francia, fines de 2015.

Nuestro deseo de vincularnos sigue estando vivo, y, creo, no sólo no hay restricción alguna para satisfacerlo, sino que estamos ante una gran oportunidad para vivirlo con plenitud. Para ello debemos vaciarnos de ciertas creencias y resignificar el acto de sociabilizar. Construir una relación puede parecer algo ligado al “encuentro”, a la aproximación física. Sin embargo, creo que no lo es “todo” a la hora de construir ese puente que nos une. Creo que la unión profunda o como quisiéramos nombrarla, ocurre en un plano sutil en donde se integra al otro en uno sin necesariamente tenerlo a la vista. Esta nueva forma de acercarnos es uno de los aprendizajes más importantes que nos regaló el auto-impuesto “distanciamiento social”.

Hoy, nos integran dos partes: una sigue reclamando el placer físico y otra, que comienza a despertar, nos invita a experimentar el goce oculto”.

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Es fácil imaginar un futuro con personas más espaciadas físicamente. Entiendo el dolor que esto pueda generar. Pero, ¿podemos amar a alguien al que nunca vimos, oímos o interactuamos sensorialmente de algún modo? Es importante entender el rol que nos toca ocupar en este proceso evolutivo hacia una mejor convivencia. Hoy, nos integran dos partes: una sigue reclamando el placer físico y otra, que comienza a despertar, nos invita a experimentar el goce oculto en los encuentros sutiles. Es clave integrar ambas; podemos notar la tendencia actual a sobre-identificarnos con la primera y como esto nos produce menor o mayor grado de frustración.

Durante esta transformación, me vi afectado por la ansiedad: prácticamente todo estaba cambiando y sin aviso. Nuestros sistemas de creencias y paradigmas de algún modo colapsaron cuando más sólidos los creíamos. En algún momento interpreté que uno de estos cambios de paradigmas tenía que ver con la forma de relacionarnos. Y mientras más reflexionaba más cedía la ansiedad y daba lugar a una sensación de unión y goce difícil de explicar. Es que quienes ya conocía de “cerca” se acercaron de una forma más profunda y nacieron relaciones con personas maravillosas a las que aún no “vi de cerca”. Celebro este mágico “acercamiento social” que hoy nos ofrece la vida y nos invita a sentir, más desde el sentimiento que desde los sentidos, la presencia del otro en uno.

Martín Dal Farra

martindalfarra@icloud.com

EL COMENTARIO DEL EDITOR

El sentimiento como arma de seducción

Martín tiene 36 años, es piloto de línea aérea y se formó en temas relacionados al desarrollo personal. El jueves 16 de abril, a un mes de empezada la cuarentena, una carta suya decía, entre otras cosas, que “mientras atendemos la necesidad de aislarnos para cuidarnos, este hito en nuestra historia resulta una oportunidad para reflexionar y proponernos cambios”.

A seis meses de ello, el lector escribe desde su experiencia por el “distanciamiento social”. Es que en este largo parate que se impuso por la pandemia, Martín nos habla de los beneficios en el acto de sociabilizar, con la mochila a cuestas de los síntomas por la cuarentena. Y plantea un desafío: “¿Podemos amar a alguien al que nunca vimos, oímos o interactuamos sensorialmente de algún modo?”.

Esta semana abrieron los albergues transitorios, los “telos”. ¡Pero no se apure! El psiquiatra y sexólogo Walter Ghedin, dice que “el cortejo pandémico convierte el patrón de conquista en un modelo de contacto gradual, con más tiempo para saber qué nos pasa, para ir más allá de los condicionantes del atractivo físico y descubrir rasgos de la personalidad del otro”.

Así que ya sabe, anímese al “acercamiento social”, con protocolos, pero también desde el sentimiento como arma de seducción.

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