El desafío de la seguridad alimentaria en tiempo de pandemia en América Latina



Hace unas semanas se presentó el informe “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo”, conocido como SOFI por sus siglas en inglés. El documento lo elabora anualmente la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) junto con el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

Uno de los indicadores que utiliza el informe para medir el problema del hambre es la prevalencia de la subalimentación, basado en la información que aportan los países sobre la disponibilidad, el consumo de alimentos y las necesidades calóricas de su población. Si bien no valora diferencias sociales o geográficas en cada país, es el más utilizado para monitorear el hambre a nivel mundial y regional, permitiendo comparar países y diferentes períodos de tiempo.

Según este indicador, el hambre afecta actualmente al 8,9% de la población mundial. En América Latina y el Caribe estamos un poco mejor, pues el porcentaje se reduce al 7,4%. Pero si observamos la evolución en el tiempo del número de personas afectadas, la región muestra una curva inquietante en forma de uve: en el año 2000, teníamos 73 millones de personas con hambre, y se logró reducir a la mitad en el 2014, concretamente a 38 millones.

Desde entonces, cada año aumenta la cifra, alcanzando según este último informe de Naciones Unidas a 48 millones de personas, ciudadanos y ciudadanas con los mismos derechos y obligaciones que nosotros, pero que no disponen de suficientes alimentos para llevar una vida sana y activa.

¿Qué está pasando en América Latina y el Caribe? ¿Qué expectativas tenemos?

En primer lugar, varios países importantes de la región venían reduciendo el tamaño de su economía, antes del coronavirus. En el “Balance preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe 2019”, la Cepal nos advertía en diciembre del año pasado que “el período 2014-2020 sería el de menor crecimiento para las economías de América Latina y el Caribe en las últimas siete décadas”.

Y la propia Cepal nos advierte que el coronavirus puede hacer retroceder aún más el PIB en la región, ente un 5% y un 6%. En el primer escenario, los pobres aumentarían en 16 millones; en el segundo, en 20 millones. El reto es enorme: con menos riqueza nacional, se necesita al menos mantener los servicios públicos que teníamos y desde luego aumentar las medidas de protección social para los más vulnerables.

Una segunda cuestión por considerar en el problema del hambre en la región se refiere al precio de los alimentos. No sólo importa la riqueza nacional y el ingreso familiar, importa el poder adquisitivo en el hogar. Y no para comprar cualquier alimento, sino para adquirir aquellos que nos aporten una calidad nutricional.

El mencionado documento SOFI 2020 nos indica que en la región el costo de una dieta saludable está entre los más altos del mundo, con un valor promedio de U$S 3,98 al día por persona. Por ello, se estima que el 26,5% de las personas en América Latina y el Caribe no pueden permitirse una dieta equilibrada.

Este tema de una dieta equilibrada nos lleva a un tercer punto: si no se dispone de suficientes ingresos para comprar alimentos, la tendencia que se está observando es que se compran productos de baja calidad, con elevado contenido de azúcares y grasas saturadas, pero que resultan más baratos para la población. En América Latina el hambre está aumentando, pero el sobrepeso y la obesidad también, especialmente en los niños: en el año 2012, el 7,2% de nuestros menores de cinco años tenían sobre peso, el año pasado ya son uno de cada diez.

Tenemos un gran desafío para el diseño de políticas públicas, necesitamos ideas innovadoras para romper la doble carga de la malnutrición, como por ejemplo la propuesta de FAO y Cepal para establecer un Bono contra el Hambre en la región (con el 0,45% del PIB regional se cubriría a toda la población en pobreza extrema durante seis meses), y necesitamos que estas ideas puedan disponer de presupuestos realistas en una época de contracción de la economía y por lo tanto de reducción de los ingresos fiscales. Además, no hay que olvidar otros desafíos que son a la vez causa y consecuencia del hambre y la obesidad. Me refiero, entre otros, a la pobreza estructural y las desigualdades sociales y territoriales que persisten en América Latina y el Caribe.

¿Cómo enfrentar tantos desafíos simultáneos, en un panorama tan incierto que nos plantea la crisis del coronavirus, que está agravando alguno de los problemas que ya teníamos o desplazando de la agenda pública temas como la vulnerabilidad ambiental y el cambio climático?

Permítanme aportar tres elementos a este dilema, que no son nuevos: necesitamos voluntad política, instrumentos de política pública, y solidaridad, entre países y a lo interno de cada Estado. Estos elementos son, en mi opinión, la esencia de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que las Naciones Unidas acordaron con los líderes mundiales, en septiembre de 2015, para avanzar juntos en una nueva agenda de desarrollo sostenible para el 2030. Esta nueva agenda contempla que los problemas y desafíos, así como las soluciones, son intersectoriales. Hay muchos actores, muchas voces, que tienen que participar en la búsqueda de soluciones sostenibles, sin dejar a nadie atrás.

Unámonos todos y todas para enfrentar el hambre, la malnutrición y promover la agricultura sostenible, que son justo los desafíos que plantea el segundo de los ODS de Naciones Unidas. Este ODS 2 no debe tratarse solamente desde un punto de vista de producción y mercado, sino que necesita una mirada justa y solidaria. La alimentación y la nutrición adecuada es un derecho humano, y en tiempos de pandemia, además, se convierte en la base de nuestra salud.

La Argentina no escapa a estos desafíos regionales, desafíos que se están afrontando en el país a partir de un renovado diálogo entre la sociedad, el Gobierno y la cooperación internacional. Desde la oficina de la FAO, que me honro en dirigir, queremos seguir formando parte activa de este proceso, y esperamos compartir con la sociedad, en espacios como este, las ideas innovadoras que necesitamos para avanzar por una Argentina sin Hambre, pues, como dice el proverbio, “solos iremos más rápido, pero juntos llegaremos más lejos”.

Nota de Redacción: el autor es experto en seguridad alimentaria y está a cargo de la oficina de FAO en Argentina.

Mirá también Mirá también

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA



Fuente >>

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

IMAGESLOVER Photo Flip Day 1 CLip art of Flip Day 2