El demencial juego político en medio de la crisis



El ex presidente Eduardo Duhalde tomó un camino impropio -saludablemente criticado por la dirigencia política- para hacer un diagnóstico correcto que la ceguera nacional desde hace muchos años impide reconocer. “Si no nos juntamos estamos perdidos”, señaló en relación a la devastadora crisis social y económica. También a la fractura irreductible que enfrenta al Gobierno kirchnerista con la oposición de Cambiemos.

Duhalde erró feo cuando barajó, como prólogo a su conclusión, la posibilidad de un golpe de Estado. Con ese árbol tapó el bosque. Pero no debiera dejar de llamar la atención que desde el peronismo -¿o el ex presidente no lo es para los K?- se formule una advertencia de aquel tenor. Alberto Fernández suele hablar periódicamente con el ex presidente.

La prédica de Duhalde no es una novedad. También habló del tema, en su momento, con Mauricio Macri, María Eugenia Vidal y el ex ministro Rogelio Frigerio. Pero Cambiemos, con el ingeniero a la cabeza, estaba convencido, al menos en sus dos primeros años, que era protagonista de una refundación. Algo similar a lo que le ocurrió a Néstor Kirchner. También al Presidente en el amanecer de su mandato, antes de la pandemia. Lo de Cristina Kirchner, en cambio, sería distinto. Ella insta a un cambio impreciso de régimen, pero cargado de oscuridades.

El encandilamiento de Macri no sólo debilitó a la coalición. También convirtió a su gobierno en una barcaza solitaria en medio de la tormenta cuando en mayo de 2018 se desató la crisis financiera. Hubiera podido sobrellevarla, tal vez, sin tanto costo para la sociedad de haber contado con una plataforma de sustento más amplia.

Alberto encendió una esperanza cuando anunció que estaba dispuesto a gobernar con todos. Subrayo el papel que tendrían los gobernadores. Pero la construcción del sistema de poder lo fue condicionando. Una construcción anómala donde un vicepresidente, en este caso mujer, dispone de un protagonismo inédito en la historia argentina. El experimento se propaga con celeridad: el ex presidente de Ecuador, Rafael Correa, acaba de anunciar que se postulará para el mismo cargo en los comicios del 2021, como ladero de su ex ministro Andrés Arauz. El problema es que el ex mandatario ecuatoriano, que reside en Bélgica, tiene una condena de ocho años de prisión por cohecho que dictó la Corte Nacional de Justicia. Cristina pudo asumir porque de sus cinco causas por corrupción elevadas a juicio apenas una de ellas empezó a ventilarse.

Amén de las condiciones objetivas de liderazgo y poder, la vicepresidenta le está imponiendo su agenda a Alberto. En medio de la pandemia, cuyo final se desconoce aún, el país político está sumido en una discusión por la reforma judicial. Que planteada como está, según publicó la vicepresidenta a través de las redes, también le resulta insuficiente. Reivindicó su propuesta de “democratización” del 2013 y acusó por el fracaso a la Corte Suprema. Mencionó, para no ser menos que Duhalde, supuestas asonadas mediáticas. ¿Alguien duda que el Máximo Tribunal será el próximo objetivo? La presencia de su abogado defensor, Carlos Beraldi, a la cabeza de la junta de expertos echaría luz sobre esa cuestión.

La semana pasada el Presidente dispuso mediante un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) la regulación de las tarifas de las empresas de Telecomunicación. Las colocó además en la categoría de servicios esenciales. En el proceso del dictado hubo remolinos. Las empresas tenían acordado con el ENACOM (Ente Nacional de Comunicaciones) un aumento para septiembre.

Después de la marcha del 17A, que la vicepresidenta vivió como réplicas de aquellas que sufrió en 2012 y 2013, existió una reunión de ella en el Instituto Patria con el diputado Leopoldo Moreau y el segundo del ENACOM, Gustavo López. Como una derivación directa apareció aquel DNU del Presidente.

Más allá de cualquier consideración sobre el tema existe una constatación. La Argentina del 2020, sacudida por la irrupción de la pandemia, vuelve a tener como temas centrales de la agenda aquellos del período 2011-15. Como corresponde al kirchnerismo, se observa la idea de futuro por el un espejo retrovisor. Se puede hacer un añadido para que el menú esté completo. La primera señal sobre este curso de acción tuvo relación con el campo. Otro conflicto pendiente de Cristina. Fue el decreto de intervención y expropiación de la empresa Vicentín, poderoso polo agro-industrial. La ofensiva cesó ante la primera reacción social. Aunque el pleito continúa.

El retraso argentino es tan notable que hasta Alberto parece haber decidido empujarlo. En los últimos días, sin escrúpulos, se dedicó a continuar cavando la grieta. Un ejercicio nacional que el kircherismo acicateó desde que en 2003 llegó al poder. Aquí podría descubrirse otro punto de contacto entre el Presidente y Macri.

El ingeniero siempre creyó que su confrontación con Cristina podía arrojarle beneficios. Sobre todo cuando la economía y la popularidad empezaron a fallarle. Apostó al espanto para una recuperación. Le salió mal. Alberto ha dejado atrás su pico de popularidad que, al comienzo, le brindó la gestión de la pandemia. Carece de algún horizonte económico que aliente las expectativas populares. El acuerdo con los bonistas por la deuda duró lo que un soplido. La publicidad oficial en ese campo, que inventa una reactivación, orilla el ridículo. Remite a los célebres “brotes verdes” que el macrismo nunca pudo disfrutar. Esta realidad explica, tal vez, su estrategia de reanudar la controversia con Macri.

Aparte de representar un recurso que siempre intoxicó al país, llama la atención la falta de pudores del Presidente para utilizarlo. Manipular la pandemia y las víctimas no hablaría bien del profesor de Derecho. “A la Argentina le fue mejor con el coronavirus que con el gobierno de Macri”, disparó. Debe haber olvidado que hay, largamente, más de 7 mil muertos. Cifra que supera, en términos absolutos, la tragedia de Suecia con la cual supo jactarse en público en los inicios de la cuarentena.

La declaración agitó las aguas de Cambiemos que produjo una fuerte réplica. Y ensanchó ese gigante vacío político que, pésimamente formulado, Duhalde llamó a ocupar mediante una convergencia, para enfrentar la crisis tremenda. En medio de la cual la política se empeña en un juego demencial.

La embestida presidencial tuvo más cosas. Aseguró que durante la única charla confidencial que tuvo con Macri, al comienzo de la pandemia, éste aconsejó que cuidara la economía y dejara “morir a quienes deban morir”. El ex presidente lo negó. Imposible conocer la verdad. Comprobable, en cambio, el daño que Alberto se infligió como mandatario: ¿Quién podrá a futuro conversar confidencialmente con él sin temor a ser después desairado públicamente?.

El Presidente remató aquel recorrido furioso al afirmar que “no mentir en política es muy importante”. Debe haberse tratado, simplemente, de una humorada negra.

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