El campo y Cristina Kirchner: de una solución, un problema



Marcelo Munigurria, el recordado dirigente ruralista devenido en político, que llegó a ser vicegobernador de Sante Fé (además de socio de Messi en un emprendimiento inmobiliario con su campo al sur de Rosario), solía repetir: “un argentino es ese ser que cuando tiene una solución, se inventa un problema”.

Su sentencia aplica perfecto en este momento aciago, donde tendríamos que estar viendo cómo el agro está del lado bueno del mostrador, en el medio de un problema fenomenal como la pandemia. Si hubo algo que necesitábamos que funcionase era el campo, por su doble función: proveer de alimentos a la población (encima, pauperizada por la cadena de éxitos económicos y políticos de las últimas décadas), y generar un núcleo duro de divisas genuinas para tener alguna esperanza de recuperación.

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Bueno, las dos cosas venían funcionando. A pesar del desánimo que produjo la insistencia con la mala praxis de las retenciones (que se inició, digamos todo, cuando la conducción Macri claudicó ante la presión del FMI). A pesar del pagadiós de Vicentín, que dejó un tendal de 2.600 acreedores por 1.500 millones de dólares. Un montón de dinero, que sin embargo es menos del 10% de lo que genera la agricultura sola en estas pampas.

Llegó la pandemia. Pero el campo pudo seguir funcionando. No fue fácil. Pero se levantó toda la cosecha. Solo queda algo de maíz tardío, esperando que se seque. Y estábamos en plena siembra de trigo, con los dientes apretados, pero con la ayuda de una buena relación insumo/producto.

Con relativa calma, superando incluso el escarceo con el Banco Central cuando amagó no entregar dólares a los importadores de fertilizantes. Obstáculo por obstáculo, con las cámaras negociando, los dirigentes ruralistas también. Remando en dulce de leche, pero avanzando. Huyendo hacia adelante.

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Y de pronto el exabrupto del intento de expropiación de Vicentín. “Fue mucho peor que la pandemia”, dice un personaje muy popular de la industria de maquinaria agrícola. “Veníamos sacando a flote las operaciones que estábamos por concretar en Expoagro cuando se canceló por el coronavirus”, relata. “Pero ahora se frenó todo”. El problema del capitalismo no es el capital, es la propiedad.

Encima, alguien está fogoneando la idea de destruir los silobolsas. Nadie se atribuye los burdos atentados, que producen más molestia que daño económico. Y, sobre todo, la angustia de la violación de la propiedad. De nuevo. Y así como nadie se arroga la autoría, tampoco el gobierno ha salido a parar esta incipiente viralización, lo que da pie a que muchos del campo piensen que forma parte de una estrategia inaudita de profundización de la grieta.

Ya hemos hablado de que hay soluciones bastante viables para el tema Vicentín, empezando por el interés privado de mantener en juego todos los activos viables de la empresa fallida. Pero el kirchnerismo se empeña en enervar con su proyecto estatista, que todos leemos como un paso más en un camino que la amplia mayoría de la sociedad repudia. Pasó por arriba de la justicia, primero. Luego, el episodio indigerible del Senado, con la ex presidenta motorizando una vuelta de tuerca dirigida a avanzar con su proyecto expropiatorio. Tensando la cuerda hasta el borde del abismo.

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En el 2008, el gobierno de CFK hizo el experimento de la 125, con lo que logró frenar la tremenda revolución tecnológica que le había llenado las arcas al Banco Central. Y se cavó su propia fosa. Unos años después, se fue al borde del colapso, tras agotar las reservas. Ahora, en medio de la pandemia, con el país (menos el campo) colapsado por la cuarentena sin fin a la vista, confirma que no es solo el hombre quien tropieza dos veces con la misma piedra.

Es también la mujer.

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