Diego Torres: “Nunca me sentí un músico del optimismo”



No es sencillo entrevistar a Diego Torres. Eh, pero cómo: si parece el tipo más simpático del mundo y muy buena onda. Lo es, y más: hasta te responde repitiendo tu nombre (“Como sabés, Miguel…) y te toca y canta fragmentos de canciones, propias o ajenas, para completar sus respuestas con una sonrisa ancha. ¿Entonces?

El problema es que es muy correcto en sus declaraciones públicas –siempre– y vos no sos un amigo tomando un daiquiri con él en Miami (¡qué bueno estaría!) sino un periodista tratando de sacarle una frase distinta, fuera de norma, por zoom, desde tu casa de Barracas, Buenos Aires.

Uy, las entrevistas por zoom: otro factor complejo. Diego Torres acaba de presentar Amanece –otra de sus canciones luminosas, en la larga noche pandémica– y su discográfica pretende difundirla y vos necesitás otra cosa. Y ahí estás, en un cuarto en el que retumban motores de colectivos y bocinazos, en joggineta, la pared de tu habitación, tu escenografía, un poco agrietada, frente a la pantalla de la notebook.

En la pantalla ves a Diego Torres en modo Miami Beach, saludándote con la mano alzada, pulgar en alto, su guitarra al lado, un afiche promocional detrás y dos chicas de la discográfica –dos íconos de dos chicas de la discográfica– que escuchan sin encender sus cámaras y graban “para que quede un backup”.

Diego Torres tiene 49 años y se siente como al comienzo de su carrera.

Añorás, por un instante, las entrevistas a solas, cara a cara, analógicas. Pero estás en pleno siglo XXI, en el año de la peste: es lo que hay, tu trabajo.

Después de la charla de media hora, que transcurre aceptablemente bien, te llaman de la discográfica por una respuesta inocente, inocua, de Diego Torres, tras una repregunta tuya que ni siquiera había sido gran cosa. Suenan preocupados, como si él hubiera dicho una barbaridad o como si él y vos se hubieran desviado por completo de un libreto prefijado.

El tema en cuestión te hace preguntarte sobre la libertad (y la paranoia) en el país de la libertad y la democracia: Estados Unidos. Lo concreto: estás frente ante una forma nueva de un viejo subgénero periodístico: la entrevista controlada.

Luego desgrabás y luego reproducís lo hablado, que, palabras más palabras menos, es ésto:

-Diego, ¿te sentís una especie de músico del optimismo? ¿Te gusta que tus canciones se transformen en “himnos de la alegría”?

-Nunca me sentí en ese lugar, aunque respeto al que está en ese camino. Las canciones me trajeron y me traen algo que no había pensado: provocan algo bueno en la gente, acompañan vidas, generan estímulos, a veces en momentos buenos, a veces en momentos malos, como éste. Ocurre y bienvenido sea. Lo comparo con lo que me pasa con dos músicos a los que admiro y con los que tuve la suerte de colaborar: Rubén Blades y Juan Luis Guerra. Los escuchás, con esa fusión de ritmos, y decís ay ay ay, la vida cambia.

-¿En el ritmo está el secreto del efecto optimismo?

-Y, fijate en Tratar de estar mejor. Es una canción sobre mi familia: nostálgica, en algún punto, que habla de mi mamá cuando empezó con la artitris, los problemas de los huesos, de salud en general. Pero el ritmo te la hace más cadenciosa. Es algo frecuente en mis canciones. Ocurre en Tratar de estar mejor, Sueños, Que no me pierda, Color esperanza, Amanece.

-Digamos que no fueron compuestas con la intención de provocar esperanza ni que son el resultado de un optimista irreductible.

-Poder generarle algo bueno a la gente es algo que me vino de arriba, y lo agradezco, pero no ando leyendo libros de autoayuda ni de cómo vivir mejor. De hecho, son canciones de alguien que está empantanado, que necesita salir adelante, de alguien en la adversidad. Pero, como te decía: en la cadencia todo se hace un poquito más agradable.

Junto a su admirado Rubén Blades.

-¿Cómo te definirías al margen de lo musical, de lo artístico?

-Fui bastante comediante desde que nací. De los que hacían reír al resto en el aula. Y siempre fui un tipo guerrero. Esa es una herencia que recibí de mi vieja, una luchadora que sufrió golpes muy duros: perdió a su madre a los 15 años, enviudó a los 27, y siguió adelante. Nos ha enseñado el camino de la lucha. Así y todo soy porteño, soy nostálgico, en mi ADN está el tango; el otro día vi un documental sobre Astor Piazzolla, sobre su vida y su música, y se me caían las lágrimas. Busco el yin y el yang, trato de encontrar equilibrio.

-También das la idea de ser una persona que evita conflictos, que busca consensos.

-Tengo espíritu de unidad. Eso me quedó del rugby, deporte que jugué y del que soy fanático. El rugby enseña el respeto por el contrincante, aunque sea un juego de impacto. Creo, como suele decirse, que uno es como juega al fútbol, y yo juego de ocho y me dicen el Hacha, te sigo hasta tu casa, con respeto, con cariño, pero mordiendo siempre. Soy de la escuela del Cholo Simeone.

Poder generarle algo bueno a la gente me vino de arriba, y lo agradezco, pero no ando leyendo libros de autoayuda.

Diego Torres

-¿Por qué en el video de Amanece elegiste interpretar a un periodista, que estamos tan cuestionados?

-Verme invadido por tantos noticieros en la primera etapa de la pandemia, mientras creaba Amanece, me llevó un poco a eso y a narrar una pequeña historia. Un periodista en un estudio, otro en su casa, otro como corresponsal en otro país: sabía que Amanece no iba a ser de solista ni dueto sino una canción coral (participan Jorge Villamizar, Catalina García y Macaco). Además, tiene metáforas, como que es hora de empezar a mirar el mundo con nuestros ojos, con la información de un lado y del otro, y de darle valor al tiempo, aun cuando el tiempo parece de chicle.

Lolita Torres, su madre, marcó también su vida artística.

-Decís “de un lado y del otro”. En referencia a la grieta, y en alguna canción, reivindicaste el color gris, que para muchos es de tibio.

-Un amigo con el que filosofábamos me decía que hay muchos tonos de gris. En nuestra Argentina, tan blanco o negro, tan de qué lado estás, no me sirve entrar en dicotomías. Decir que el gris es de tibios es de poca adultez, de poca evolución, yo creo que tenemos que dejar la adolescencia política y social, la pelea de sordos en la que nadie resiste un archivo. A veces me pregunto: ¿la grieta no estará hecha a propósito para que nada funcione? Ahí es donde aparece el gris. Si no hay un gris que te diga, che, Miguel, vamos a buscar un acuerdo, van a pasar décadas de una confrontación que no lleva a ningún lado.

-¿Qué opinás del gobierno de Donald Trump, de su política inmigratoria y de su actitud ante la pandemia?

-Estados unidos es muchos países en uno, hay mucha diversidad, de razas, de culturas. El electorado es diferente al argentino: acá se promueve que la gente vote, porque el nivel de votación es muy bajo. Este es un año muy particular, con un presidente muy particular. A veces, dentro del mismo equipo de gobierno se ven contradicciones y eso influye en medio de una pandemia. Es un país que lucha por la reactivación económica pero que sabe que el virus está ahí. Hasta las elecciones presidenciales de noviembre se va a mantener esa sensación.

-Si fueras estadounidense, ¿votarías o no a Trump?

-El voto es secreto.

-Justamente, no votás. Es una especulación.

-No, sinceramente no lo votaría a Trump. Cuando lo escucho, me gusta Bernie Sanders (senador de los Estados Unidos por el estado de Vermont, independiente; se considera socialista), lo que pasa es que ese nivel de contenido y de discurso es muy difícil en este país. Bueno, eso es lo que pienso.

En 2003 cantó “Color esperanza” ante el papa Juan Pablo II.

-Ahora, por la pandemia, estás “anclado” en Miami, pero solés alternar con Buenos Aires. ¿Cómo te resulta esa vida entre dos ciudades?

-Estoy acostumbrado a vivir entre Miami y Buenos Aires. Son mis dos bases. Hasta lo traté en terapia. En un momento me fui a vivir a Mar del Plata. Si fuera por mí, viviría en San Martín de los Andes o en otra ciudad en la montaña. Pero el trabajo me lleva. Las canciones no viajan solas: tenés que acompañarlas. Si no ocupás tu espacio, lo ocupa otro. Entendí que tengo que viajar, viajar, viajar. Quedé varado acá porque estaba haciendo un programa en Colombia como jurado (el reality musical A otro nivel). No subirme a un avión desde hace seis meses me resulta tan raro como le resultaría a un piloto. Ahora siento una añoranza que nunca había sentido.

-¿Cómo volvieron a acercarse con Coti Sorokin para la versión 2020 de Color esperanza? (Estaban distanciados por un contrapunto en torno de la autoría de esa canción).

-Con Coti nos debíamos un encuentro, hacía mucho que no teníamos contacto y cada uno hacía su camino. Yo sentía que debía acercarme. De verdad estoy agradecido por el trabajo de él como compositor de canciones de mi repertorio y, ni hablar, de Color esperanza. Cuando les conté a Coti y a Cachorro (López) el proyecto de la nueva versión, se sumaron. Haberla grabado con fines benéficos para la Organización Panamericana de la Salud, con ellos, me hizo muy feliz. Me encantó que Coti cantara en el video.

Nunca competí conmigo mismo. Hacer competir a Amanece con Color esperanza no tendría sentido.

Diego Torres

-Ayer veía en YouTube el video de Amanece y, como era previsible, en los comentarios casi todos la comparaban con Color esperanza. ¿Color esperanza suma o resta a la hora de lanzar nuevas canciones?

-Te voy a ser sincero: nunca competí conmigo mismo. La presión, cuando uno hace un disco, es tratar de que sea bueno, de que tenga canciones que te gusten. Yo vengo acompañando mis mañanas con Amanece, y creo que es una buena compañera. Un puertorriqueño colega tuyo me dijo: te hace pensar, pero cuando llega el coro te abraza. Me encantó esa definición. Hacerla competir con otra canción no tiene sentido; al contrario.

Con Natalia Oreiro, en la película “Re loca”.

-¿La corrección política actual en la música, y en el arte en general, te condiciona? ¿Te modifica al incluir a una mujer en una letra?

-No. Tuve la suerte de nacer de un vientre muy especial. A los 10, 11 años, mi mamá (Lolita Torres) ya era artista, a los 15, como te dije, perdió a la madre, que era la luz de sus ojos, y quedó con mi abuelo, que era ferroviario de Avellaneda. Mi mamá se le plantó y le dijo que quería dedicarse al arte. El la vio tan firme que a partir de entonces la acompañó. Después vino la historia de que mi mamá no besaba en las películas porque mi abuelo decía: para qué, si no hace falta. Pero yo nací de un vientre, llevándolo al hoy, feminista.

-Un vientre feminista en tiempos muy adversos para la mujer.

-Sí, y pesar de todo mi mamá trabajó desde jovencita, generó sus ingresos, la luchó. De un modo consciente o inconsciente buscaba la igualdad. Se hacía respetar. Yo tengo esa marca. Mi vida está rodeada de mujeres: mi madre, mis hermanas, mi mujer, mi hija, muchas mujeres que escuchan mis canciones. Desgraciadamente, todas han tenido que afrontar situaciones feas en el transporte o en la calle; el acoso, la violencia. Yo trabajé en algunas causas por la mujer, como en Colombia, en donde una periodista de un diario sufrió abusos yendo a hacer una nota a una cárcel, algo increíble. La mujer siempre estuvo presente en mi música, yo admiro a la mujer que se realiza, y por eso sentí que tenía que estar representada en Amanece. Lo está, con Catalina García.

Vengo de un vientre feminista. La mujer siempre estuvo presente en mi música. Admiro a la mujer que se realiza.

-Los lanzamientos son ahora de a canciones, que luego se unen en un disco. Eso, de algún modo, funciona como en la época de los simples. ¿Cómo lo vivís?

-Lo vivo como algo muy natural. Como decís, antes los Beatles sacaban los singles, lado a, lado b, esos discos de 45 que teníamos. Obviamente que no me comparo, pero, ahora, en cambio de presentar diez o doce canciones, un disco completo, lanzo canciones, como Esa mujer o Amanece. Después uno va a armando un rompecabezas, sacando y poniendo temas, y así llega el disco. Lo vivo de ese modo y lo disfruto.

Diego Torres reivindica el color gris y cuestiona la grieta.

-Este año también lanzaste Quédate, con Leonid Agutin, un músico ruso que canta pop y ritmos latinos. ¿Te quedó pendiente hacer una gira por Rusia?

-Sí. Siempre sentí ganas de devolverle a la Unión Soviética y a Rusia, como parte que fue de la ex URSS, todo lo que le dio a mi vieja. Cuando trabajamos con Natalia Oreiro en la película Re loca, me habló del fenómeno que provocaba mi mamá allá, que en algún punto es similar a lo que le pasó a Natalia. Mi mamá entró a través de las películas, en el Festival de Moscú, en los 60, y así hizo catorce giras. Toda mi familia ha estado en Rusia y todos hemos sido testigos de ese amor. Compuse Quédate pensando en mamá; hicimos el video con imágenes de películas de ella. Tendría que haber viajado a Rusia en agosto. Me quedé con las ganas. Encima, en septiembre se estrenó Re loca allá. Espero poder viajar el año que viene.

-¿Qué proyectos tenés para después de la pandemia o incluso para antes, para ahora?

-Estoy escribiendo, componiendo, trabajando en próximas canciones. También grabé un sinfónico con la Filarmónica Joven de Colombia en un concierto que di en el Arena de Bogotá en diciembre, con un quinteto de músicos que llevé, algo muy lindo. Además estoy leyendo algunas cosas de mi oficio de actor, esperando que se reanuden las producciones. Y tengo que retomar el programa en Colombia; nos quedaban muchos capítulos por hacer.

Diego Torres espera retomar pronto su oficio de actor.

-El año que viene cumplís 50 años. ¿Qué cambió en vos desde que empezaste tu carrera artística?

-Hay muchas cosas en las que me siento igual, como lo saben mis amigos. Extraño el asado con los compañeros del colegio: ahora no podemos hacerlos por la pandemia. Tengo más conocimiento del oficio, pero básicamente soy el mismo. Nunca me imaginé que iban a pasarme tantas cosas buenas, que iba a conocer a grandes artistas que admiraba. Rubén Blades, emblema de la música, me demostró con actos que uno tiene que ser siempre la misma persona.

-¿Con qué acto te lo demostró?

-A las tres semanas de haber escrito Hoy es domingo, lo encontré en los Grammy. En un momento se sentó a mi lado, medio una tarjeta y me dijo: si necesitas algo, llámame. Al poco tiempo, le mandé la canción. Entré a bañarme y cuando salí tenía la respuesta positiva. Me dijo que le había encantado y surgió la idea de grabarla juntos. El iba a estar en Panamá y me propuso que filmáramos el video allá. Un día tenía que llamarlo a las seis de la mañana y me dio vergüenza. Le pedí a Esteban, un chico que trabajaba conmigo, que se comunicara. Le escribió pidiéndole un contacto con el manager, y Rubén le contestó: “Esteban, un gusto conocerte, no tengo oficina, no tengo manager, mantén las cosas simples y nos llevaremos muy bien”. La enseñanza de un verdadero grande: mantener las cosas simples, nunca, jamás, perder la esencia.

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