Detrás del barbijo: poder rescatar el valor de las miradas frente a la pandemia



LA CARTA. “Míreme a los ojos cuando le hablo”, me increpaba mi abuelo cuando teníamos una de esas charlas inolvidables, bajo la galería de su vieja casa. “No ve que es cosa de respeto”, continuaba mientras me miraba fijamente. Y así fue que aprendí a transitar por la vida mirando a los ojos. Pronto descubrí que esto es mucho menos habitual de lo que uno cree, porque la gente va por la vida esquivando miradas. Muchas veces pensé que era porque no habían tenido la suerte de tener un abuelo como el mío, que se tomara el tiempo de explicarles algo tan simple y profundo como eso. Pero después fui descubriendo que hace falta mucha valentía para enfrentar la mirada del otro. Alguna vez escuché que los ojos son la ventana del alma, y creo que es por ahí, por donde va la cosa.

Mirada. Como la del abuelo de Pablo.

Mirar el alma de una persona es mucho más que una cuestión de respeto, es una intromisión a su intimidad, es despojarla de todo lo que se ve a primera vista y leer en su esencia, pero, claro que esto tiene consecuencias porque ¿cómo puede uno mantenerse indiferente ante un alma llena de dolor, o como manejarse indolente ante una llena de odio, o envidia o amor? Es ahí que entendí que en este tiempo de relaciones fugaces y compromisos descartables, la velocidad de un profundo encuentro de miradas, está fuera de tiempo.

La señora que venía con un carrito lleno, como para sobrevivir 20 años de cuarentena”​ .

Fui aprendiendo, entonces, poco a poco, a sacarme el yugo de lo aprendido y a manejarme de forma menos comprometida por esta vida, al fin y al cabo es más fácil amoldarse al mundo que andar por ahí explicando lo profundo de la conexión de las miradas. Me transformé en uno más de los que corren siempre apurados, sin deparar demasiado en los que me rodean. No sé si alguna vez notaron la prisa que nos invade y como la inmediatez se ha adueñado de nuestras vidas. Así, en esta coreografía de rutinas caóticas, me encontró el 2020, cuando un micronésimo desajuste obligó al mundo a encerrarse en sus casa y a enfrentar convivencias sin prisas.

Pude leer que ella tenía miedo. Que la situación la desbordaba, que compraba mucho para intentar comprar paz a su alma” 

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Fue en este contexto que me dispuse a realizar unas compras en un negocio cercano. Revisé que tuviese dinero en la billetera, que llevara las llaves, las bolsas, la lista de compras y para completar esta nueva moda que iguala a lindos y feos, me puse un barbijo que sólo dejaba libres a mis ojos, otorgando un único rasgo de humanidad a lo que parecía una cabeza de trapo. Salí a la calle con miedo, debo confesar, que más que al coronavirus al ridículo, y empecé a caminar esas pocas cuadras que me separaban de mi destino. Durante mi tránsito me crucé con varias personas, transeúntes anónimos que llevaban la cara semitapada, y vinieron a mi mente imágenes de películas que veía los sábados por la tarde en mi infancia; eran películas del lejano Oeste, en donde los bandidos ocultaban parte de su cara con un pañuelo, bien podría estar transitando hoy la ciudad de los bandidos, pensé. Esto me generó cierto temor, hasta que deparé en que yo también era uno de ellos, y que aunque fuese por cortesía profesional no tenía nada que temer. Entré al local donde una chica, blindada dentro de una caja transparente, nos informaba que pasásemos de a tres.

Cola del súper. Parecida a a la fila del súper en donde Pablo se encontró la señora.

Mientras esperaba mi turno no podía evitar mirar a la chica dentro la caja, si alguno tuviese la inventiva o el coraje de colocarle un moño por encima hubiese parecido un regalo, era como una de esas orquídeas que se consiguen en las florerías paquetas, esas que se regalan en un aniversario o en una fecha especial. Tuve que hacer un esfuerzo para contener la risa cuando la chica me informó que podía pasar. Saqué la lista y rápidamente tomé las cosas que necesitaba para dirigirme a la caja. Una señora que venía con un carrito lleno, como para sobrevivir 20 años de cuarentena, se aprestó en mi misma dirección, que justo pensé mientras se me escapaba un resoplido, la señora entendió que era por ella y me miró. Yo sentía como el calor de la vergüenza me enrojecía las mejillas, menos mal que el barbijo me tapaba casi toda la cara. La mujer siguió mirándome hasta que llegó a mis ojos, y fue ahí, justo ahí, en ese instante, justo ahí en ese momento, que el mundo se desdibujó y sólo había miradas. Pude leer que ella tenía miedo. Que la situación la desbordaba, que compraba mucho para intentar comprar paz a su alma, que intentaba evocar alguna certidumbre en este momento de cambios radicales.

Esa mirada que contaba una historia, era la muestra de millones de miradas que necesitan contar la suya, que van por la vida buscando un lugar en donde poder volcar y compartir sus sensaciones. No sé si fue un segundo o una hora, solo sé que la voz que se adivinaba debajo de su barbijo naranja, rompió la conexión. “Por favor, pase usted que lleva pocas cosas”, me dijo. Le agradecí con exagerada cortesía, no por dejarme pasar ni porque estaba apurado. Era porque me había recordado el valor de la mirada.

Pablo O. Santamarina

famericasa@yahoo.com.ar

EL COMENTARIO DEL EDITOR

Por César Dossi​

No siempre es necesario hablar

Estamos en un parate casi total por el coronavirus. Y el presente se manifiesta como una fotocopia del ayer.Como no podemos hacer mucho, nos queda mirar. ¡Y miramos en exceso! El cielo cuando ya no queda otra. A la calle la miramos de reojo, como a nuestros seres queridos.

Todo lo urgente se pospuso y ante esa restricción, que nos sacude sin piedad, reflotan otros sentidos que teníamos dormidos, pero no los manejábamos tan bien. Una mirada lo dice todo, y encierra misterios. Las hay tímidas, penetrantes, impactantes, tristes, alegres. ¡Inquietantes! Se nos revelan de diferentes maneras. Una mirada nos desnuda de cuerpo y alma, porque no es lo mismo ver que la forma de mirar. “Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”, decía por ahí El Principito.

Porque la mirada está conectada con lo que sentimos y eso es lo que reflejamos, escudados detrás del barbijo, en estos momentos de cuarentena cuando nos cruzamos con alguien. Por ejemplo en el súper, como el lector con la señora de la carta: “Pude leer en sus ojos que ella tenía miedo. La situación la desbordaba”, dice Pablo. Es que una mirada dice mucho más que una palabra. Porque no siempre es necesario hablar.

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