Cuarentena por coronavirus: el día que los Fabulosos Cadillacs patearon el tablero



Por qué te lo recomendamos Porque como los buenos vinos, Fabulosos Calavera es un disco que suma nuevos sabores y aromas con el paso del tiempo, y mejora con cada sorbo. O mejor, con cada escucha.

Cuando apareció, a finales de julio de 1997, Fabulosos Calavera dividió aguas en el océano de fans de Los Fabulosos Cadillacs, que venían de Rey Azúcar y de la exitosísima recopilación Vasos Vacíos, que si lo ponías en “random” te animaban una fiesta sin que necesitaras un DJ.

De pronto, la banda de ska y rock en distintas vertientes, que se había animado a la música de Centroamérica, casi siempre con algún guiño que invitaba a la celebración, se había convertido en una especie de laboratorio sonoro, en parte por la búsqueda propia de una banda inquieta, y en parte impulsada por el ingreso de Ariel Minimal como guitarrista, en reemplazo de Anibal “Vaino” Rigozzi.

En Fabulosos Calavera el universo de LFC parece de golpe haberse expandido de una manera fenomenal. A aquella fórmula que había demostrado funcionar de maravillas, el grupo la interviene con significativas dosis de jazz, punk, thrash metal, hardcore, funk y tango, con buenísimos resultados. Y lo por demás interesante, es que en ningún momento se resiente la esencia del grupo para el cual todo es ganancia, más allá de lo que pudo haber sucedido puertas adentro durante aquellos días.

Después del comienzo, con El muerto, para cuando Surfer Calavera lleva transcurridos los 3 minutos, ya pasaron tantas cosas en el disco que uno podría pensar que ya nada más de lo que pase puede sorprender. Nada más lejos de la realidad: lo que sigue es tan o más interesante aún.

El olor a almizcle y el Cristo de la calavera que aparecen en la crónica reciente pero no urgente de El carnicero de Giles/Sueño; la casa llena de secretos que describe Sábato; Howen, que nace de una marcha que bien podría sonorizar un día de muertos allá nomás del Río Bravo; el inicio “kingcrimsoniano” de Il Pajarito que deriva en un desenfreno punk cadillac.

Así es la tapa de “Fabulosos Calavera”, el álbum publicado por Los Fabulosos Cadillacs en 1997.

Pasan tantas cosas en Fabulosos Calavera, pasan tantas cosas en cada una de las 15 canciones de Fabulosos Calavera, que hasta hay -lo hubo cuando fue creado- tiempo para que Ruben Blades luzca su siempre atractivo decir en Hoy lloré canción. Precioso tema, precioso título, preciosa percu.

Hay una Piazzolla canción que nada parece tener que ver con el Piazzolla que conocemos, un Niño Diamante que podría haber tocado Dave Brubeck como invitado, un tangazo que nada tiene de clásico pero que tanguea bárbaro: A.D.R.B. (en busca eterna).

Cada rincón del octavo disco de los Cadillacs tiene algo por descubrir. Por eso está bueno recomendarlo; para incitar a que vuelva a ser escuchado, para estimular un nuevo viaje por aquellos laberintos que LFC se atrevieron a delinear cuando todo indicaba que no hacía falta más que seguir la inercia, para asegurarse un buen día después. Lo mejor de todo es que el buen día llegó, y también el Grammy a Mejor disco latino. Cartón lleno. 

Daniel Lozano, Vicentico y Anibal Rigozzi, la delegación Cadillac en la Nueva York de 1998, en la previa de la entrega de los Grammy, donde se quedaron con el premio a mejor disco Latino, con “Fabulosos Calavera”.

Para, ni más ni menos, disfrutar una banda haciendo gala de esa audacia creativa que aparece cada tanto, y que no todos se atreven a desplegar. Por suerte, cada tanto, LFC lo hace. Y si no, qué tal probar con La salvación de Solo y Juan. ¡Buena travesía!

E.S.​

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