Cuarentena por coronavirus: Bruno Gelber, algo más que un genial artista



Personaje único, curioso, tan genial como excéntrico, Bruno Gelber está considerado uno de los cien mejores pianistas del siglo XX. De padre violinista y madre profesora de piano, empezó a tocar el piano a los tres años –“Si mamá me hizo pianista, papá me hizo concertista”, dirá–, fue alumno del Maestro Vicente Scaramuzza –quien también formó a Martha Argerich– sufrió poliomielitis a los 7 años (enfermedad que lo dejó postrado durante un año y luego con problemas en una de sus piernas), debutó en público a los 10 años, en el Teatro Colón a los 14, vivió en París, en Mónaco, voló en el Concorde, viajó por el mundo, se codeó con lo más alto de la aristocracia europea, es amigo de la duquesa de Orléans. Su grabación del concierto para piano número 1 opus 15 de Brahms de 1965 está calificado como el mejor en la historia.

Todo esto, detalles más, detalles menos, forma parte de la biografía más conocida de Gelber, de 79 años, uno de los mejores pianistas argentinos y del mundo. Sin embargo, no era esto –o no únicamente esto– lo que la destacada cronista Leila Guerriero quería contar cuando se propuso componer un perfil de este gran pianista, dueño por demás de una fina ironía, y encaró la primera entrevista allá por septiembre de 2017 en la casa del músico en la zona de Once. Aquel encuentro fue el primero de una seguidilla que dio como resultado el libro Opus Gelber. Retrato de un pianista, en el que se puede conocer un poquito más la forma de ser de este fenomenal artista.

La periodista Leila Guerriero. / L. Merle

El libro propone, entonces, un perfil de Gelber, a dos voces: el relato del propio Gelber, reproducido fielmente hasta el último suspiro (con las anécdotas trilladas por el propio Bruno, capaz de reproducirlas una y otra vez hasta con las mismas palabras), como para que los lectores se hagan su propia imagen del personaje, y la mirada aguda, sutil e inteligente de Guerriero, que así lo describe tocar:

Bruno Gelber, en acción.

“Hay algo más impresionante que observar las manos de Bruno Gelber cuando toca –esos movimientos que parecen empezar en algún sitio recóndito de su cuerpo, estar hechos de agua y tener una fluidez reñida con los cambios bestiales de velocidad y de expresión acometidos con seguridad de herrero–, y es observar su rostro. Es el rostro de alguien que contempla un cosmos de belleza inaudita o una bendición sideral o un epigrama que contiene el deslumbrante sentido de todo. El rostro de un devoto, de un raptado por el éxtasis, de un condenado, de un profundamente enloquecido”.

Leila Guerriero entrevistó a Bruno Gelber durante poco más de un año. / L. Merle

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Los encuentros entre Gelber y Guerriero, que se extendieron durante poco más de un año, dieron lugar, también, a un vínculo de afecto, respeto y reconocimiento entre el entrevistado y la periodista. Bruno se refiere a Leila como “Rulito”, “Pichona” o “Maravilla”: “Sos idéntica a Marisa Berenson”, la elogia. “Yo estaba ahí, en su telaraña y estaba muy magnetizada con eso”, confesó Guerriero en una entrevista con la revista Ñ a propósito de la publicación de Opus Gelber.

Bruno Gelber, en su casa. / J. Tesone

Admirador de la actriz Laura Hidalgo –tiene fotos de ella en su casa y nombra a sus agendas como “la Hidalgo grande” o “la Hidalgo chica”–, Gelber organiza meriendas pantagruélicas y conoce hasta el más ínfimo detalle de lo que sucede en la farándula. Después, claro, también está el piano, al que se dedica “con temple de legionarios y disciplina de monje”. De Gelber, Leila deslizará promediando el libro que “si su arte consiste en ser el mejor vehículo de la obra de otros, él es su mayor composición. Y nadie puede interpretarla”.

“Opus Gelber”, de Leila Guerriero (Anagrama, $1.095).

PC

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