Crónica urgente desde el primer “gueto” de la pandemia de coronavirus: “No nos dejan salir ni para cobrar la jubilación”



—A esta hora tendría que estar cocinando, tendría que estar haciendo el pan para darles a los chicos. Yo estoy enamorada de mi trabajo, me enorgullece. Con la edad que tengo y a pesar de mi enfermedad, lo hago de mil amores. Pero ahora no puedo. ¿Cómo hago? Si no tengo nada para darles.

Doscientas ochenta raciones salen de la olla de Irma. Cuando llegó a Villa Azul hace 35 años los chicos no sabían lo que eran las lentejas. Dice que era pura salchichas, que eso no es alimento para un chico. Que un plato de porotos bien servido sí es comida.

La casa 174 de Villa Azul es la de Irma. Ahí está quieto el comedor “Una esperanza para los niños”. Hasta enero, recibía a más de 200 personas por día que iban a tomar la merienda y luego a recibir la cena. Ahora hay un patrullero delante de la casa de Irma, contra el guardarraíl que da al Acceso Sudeste. Del otro lado está estacionado otro móvil de la Policía.

—¿Cómo estamos? La situación está dividida. El barrio es uno solo pero hicieron una división: un pedazo para Quilmes y un pedazo para Avellaneda. Nos abrieron la panza. La ayuda que está llegando va solo para las casitas nuevas, se ocuparon solo de la parte bonita y la gente más afectada es la que está más adentro, las de las viviendas precarias como les dicen.

Nunca se habló tanto de Villa Azul. Y como suele ocurrir, es una mala noticia la que pone luz sobre un escenario siempre relegado, oculto. Adentro, nadie elige el eufemismo de “barrio” y ni se les ocurriría ponerse la etiqueta de “gueto”. Son una villa.

—Gobierno que viene promete y promete —suspira Irma—. Y estamos acá, estamos así. Esto se podría haber evitado si simplemente hubieran cumplido con las promesas. Hace muchos años nos están mintiendo, dicen que van a remodelar las casas… Sí, remodelaron: Avellaneda agarró un pedazo y lo arregló. ¿Y lo demás? Si somos todos una villa.

Irma llegó desde Chile en 1986. Junto a su marido Luis llevaban siete meses desocupados y decidieron venirse para acá con sus tres hijos. Alquilaron un conventillo en la Isla Maciel. “Los chicos estaban acostumbrados a tener cada uno su habitación, estaban raros conviviendo con el papá y la mamá en un mismo ambiente de 6×6. Por suerte conseguimos trabajo y pudimos buscar otra cosa”.

Irma empezó a trabajar limpiando casas. Luis continuó con su oficio en la construcción. Y apareció la chance de un canje. Una compatriota que vivía en Villa Azul y quería volver a su país, le ofreció su casa, la número 174 en la que ahora recibe a Clarín. A cambio, Irma y Luis le dieron la vivienda que tenían en Santiago.

Cada vez que bajaba del colectivo al llegar a su casa se encontraba con la misma escena.

“Chile, ¿no tenés algo de comida para darme?”.

Subía, buscaba un pan, bajaba y se lo daba a los chicos. Así nació la idea del comedor. Los primeros días fueron 10, en un mes ya eran 50. Y cada vez se sumaban más. Elizabeth, la hija de Irma, les daba apoyo escolar a los chicos mientras merendaban. Elizabeth murió hace 10 años cuando tenía 33. Sus cuatro hijos, Ailén, Brisa, Ludmila y Fabricio, viven con Irma y Luis en la casa 174.

Otros tiempos: el comedor de Irma lleno de chicos, iban más de 200 personas por día a recibir merienda y cena.

—Estamos en pánico, qué quiere que le diga. Yo tengo un nudo en el estómago de los nervios. Soy una persona grande, hipertensa, soy diabética insulino dependiente. Y conmigo tienen un pudor mis hijos y mis nietos… “Abuela, cuidate”, “abuela, no te asomes”. Ni siquiera puedo tomar aire. Me parece bárbaro el aislamiento pero ya se sabía lo que iba a suceder. Somos 8 mil viviendas. ¿Por qué no previeron la alimentación para esas familias? Si los gobernantes están al tanto de las cosas que pasan acá. ¿Y ahora dicen que van a estallar los casos en Villa Itatí? ¿Y qué hacemos?

Alrededor de la casa de Irma hay 20 familias que ya no están en sus casas. Como alguno de los integrantes dio positivo de coronavirus, los aislaron en la Universidad de Quilmes. Todos los que quedaron en la villa también están aislados. No pueden salir. Los comercios internos están cerrados porque no reciben mercadería y los pocos que tienen algo en stock lo venden a precios desorbitantes.

—Te pongo mi ejemplo —dice Irma—. Nunca en mi vida me quedé sin yerba y ahora no tengo. Mirá que tengo la plata para ir a comprarla pero la Policía no me deja salir. Tengo a la Policía en la puerta de mi casa. Y ellos pasan, me piden ir al baño, entran; pero no me permiten salir a la calle a comprar. A mi marido ayer le tocaba cobrar la jubilación y por más que les explicó a los policías no lo dejaron salir. Y él necesita tener esa plata. ¿Cómo vamos a hacer? Dicen que hay que esperar a que se levante el aislamiento para salir. Pero acá hay muchas familias a las que no les han acercado nada y esa es la preocupación. ¿Por qué a unos sí y a otros no? Me responden que están entregando alimentos, pero hablo con mis vecinos y a ninguno les llegó nada. Acá hay familias con 11 hijos. Estamos con lo que teníamos. Y lo que quedaba en el comedor se repartió todo.

Irma en el comedor, que dejó de funcionar en enero. (Guillermo Rodríguez Adami)

El Municipio de Avellaneda ayudaba a Irma para abastecer al comedor. Le entregaba carne, verduras, harina. Y ella debía mandar un informe con el listado de personas que pasaban por su espacio. También monitoreaban el estado de las ollas, los platos, los vasos. A principio de este año la ayuda se cortó. Fue justo después de que Irma se sacara una foto con la senadora Gladys González tras su donación de juguetes para los chicos.

—Me dijeron que tenía que ayudarme el municipio de Quilmes. Y yo llené de mensajes a Quilmes, por Instagram, por Facebook, pero no logré nada. No tienen que hacer divisiones, el hambre no tiene fronteras. Yo puedo tener mucho amor pero si no tengo comida para darles… Ver la olla sin nada me arruina. Con mi marido comprábamos los tubos grandes de gas para cocinar. Un mes lo pagaba él y otro mes lo pagaba yo. Sale 2.800 cada uno. Hoy tengo dos tubos vacíos acá en el comedor porque no tengo plata para comprar el gas.

La mayoría de las casas de Villa Azul no tiene tanque de agua. El techo de las viviendas hace imposible soportar el peso. Las conexiones irrumpen por abajo, pasan por la zanja. Y el resultado es el agua turbia que sale de las canillas.

Caen cuatro gotas y se inunda el barrio. De la nada se corta la luz. Los cables están recalentados, son muy viejos. Ya hablaron mil veces con los municipios para pedirles un cableado nuevo, incluso un vecino que se da maña ofreció hacer la conexión en los postes para toda la villa. No hubo respuesta. Tampoco con los reclamos por los camiones que llegan por la noche desde Berazategui y tiran basura en el acceso a la villa. De nada sirve el diploma que Irma tiene por haber gestionado la parquización. El arreglo duró un año. Y ahora otra vez está todo lleno de tierra.

Irma junto a su marido Luis Lizama en la puerta de su casa y del comedor que desde enero no pueden atender por falta de abastecimiento. (Guillermo Rodríguez Adami)

—La de 22 años está estudiando licenciatura en medicina –dice Irma sobre su nieta más grande-. Con todo esto del coronavirus no puede ir a la facultad pero la veo que está con el teléfono y tiene video conferencias con el rector y les dan clases… La de 19 está terminando la secundaria. Y el de 15 está en tercer año. Es lo único que nosotros tenemos para dejarles a mis nietos, la herencia del estudio. Para que cuando los abuelos partan ellos tengan de qué valerse.

—Supongamos que algún funcionario lee esta nota. ¿Qué es lo primero que usted le pediría?

—El alimento. Que solucionen el tema del alimento. Yo me pongo a disposición. Tengo un comedor, que vengan, que vean lo lindo que está. Que bajen la mercadería acá y se la vamos repartiendo a la gente. Pero vamos anotando quién tiene y quién no. Hay familias requetepobres que ni siquiera pueden salir a cartonear, a buscar el pan. Chicos que vienen y me dicen: “Chile, ¿te quedó algo?”. ¿Y qué hago? No tengo nada para darles.

AS

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