Crónica de Lima: salir de la cuarentena, para no volver



¿Qué puede llevar a un grupo de jóvenes a ir a una discoteca en plena pandemia, estando prohibidas las reuniones, en el primer país con más fallecidos por millón en el mundo y sin respetar el toque de queda?

Ocurrió hace unos días en Lima; la policía intervino el local, que funcionaba ilegalmente, y en donde había 120 personas en plena fiesta. Varios asistentes, de pronto, empezaron a escapar en estampida por una puerta pequeña del lugar (la única que había), a la que se llegaba por una empinada escalera, intentando abrir hacia afuera una puerta que se abría hacia adentro. No pudieron salir, muriendo aplastadas trece personas, dentro de ellas doce mujeres, incluyendo dos madres de familia.

Al margen de las responsabilidades de los organizadores de la fiesta y de la municipalidad del distrito, ¿qué hizo que estos jóvenes se expusieran al riesgo? Dicho sea de paso, de las trece víctimas, once tenían el coronavirus según sus necropsias.

En Wuhan, epicentro de la pandemia, hace poco hubo un concierto con cientos de jóvenes, también sin distanciamiento y sin mascarilla. Hemos visto, asimismo, las “fiestas Covid” en Estados Unidos o Alemania.

¿Cómo explicar estas conductas? Corresponderá a los antropólogos, sociólogos y psicólogos respondernos, pero mientras tanto podemos esbozar algunas categorías representativas: Por un lado, están los soberbios, los confiados y los ingenuos; aquellos que afirman que “A mí no me va a dar la enfermedad” o que “el virus solo afecta a los ancianos”.

De otro lado, están los escépticos e incrédulos, como las numerosas personas que protestaron hace unos días por las calles de Madrid en contra del uso de las mascarillas, arengando que el coronavirus es solo un cuento.

También están los inconscientes, los que prefieren no pensar mucho y se dejan llevar por la rutina, entrando a una tienda o adonde sin importarle que haya mucha gente; como aquellos que no tuvieron mejor idea que hacer pasear por las calles el ataúd de una de las difuntas de la discoteca, bailando con el féretro a ritmo de cumbia, mientras era bañado con cerveza, sin respetar el distanciamiento ni tener casi en cuenta las mascarillas.

Cerca de ellos están los inquietos, los inconstantes, aquellas almas agitadas que terminan sin querer suscribiendo la frase de Pascal: “La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación”.

Más allá se encuentran los transgresores, los que están en permanente rebeldía de la ley, los que siempre tienen un pretexto para incumplir las normas. Como dice el psicólogo Jorge Yamamoto: Si viviéramos en una sociedad en donde cumplir la norma sea fácil y existan sanciones eficaces para los transgresores, seríamos una nación de alta conducta cívica y cumplidora de la norma. “Pero de pronto tenemos una gran cantidad de normas que no tienen mucha lógica, que son difíciles de cumplir, y alientan una sociedad con mucha informalidad”.

Así, siguiendo a Díaz Albertini, vivimos entre los que no quieren, los que no pueden y los que no saben cumplir la ley.

En este triste elenco, no faltan los pesimistas, los desilusionados, los frustrados ante tantas promesas de salud incumplidas, que como creen que esto no tiene cura, nada les importa. Estando ya todo perdido, no queda más que perder, parece ser.

Mas hay otras lecciones que nos deja esta terrible historia: no somos siempre seres racionales, pues muchas veces nos gana el presentismo y no reflexionamos sobre las consecuencias que pueden tener nuestros actos. Algo de esto ya advertía Julián Marías cuando decía que el hombre ha perdido la capacidad de hacerse preguntas.

Quien sabe si acaso, todo esto sea porque nuestra salud mental está quebrantada, hemos perdido la empatía y así como los presidentes nos ocultan las cifras reales, hemos terminado mintiéndonos a nosotros mismos.

Reclamamos libertad olvidando la responsabilidad que le es inherente; nos creemos dueños de la verdad sin preocuparnos por buscarla.

Y, así, de repente, salimos una noche buscando divertirnos, cansados de largos meses de encierro, para terminar en el encierro eterno de un frío ataúd; bajo la triste paradoja de salir buscando gente, para terminar aplastados por ella.

Ronald Cárdenas Krenz es profesor de Derecho y miembro del Instituto de Investigación Científica de la Universidad de Lima.

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