Crisis y pandemias: ¿cuánto aprenden los políticos de la experiencia?



Puede que esté dejándome llevar otra vez por mi optimismo insensato, pero tengo la impresión de que la réplica europea a la crisis del coronavirus está siendo mejor que la réplica a la crisis de 2008. Es verdad que la reacción inicial fue pésima: un repliegue nacionalista encarnado en la respuesta de Christine Lagarde a la pregunta de qué podía hacer el Banco Central Europeo si el coste de financiación de los Gobiernos se disparaba a causa del parón económico provocado por la crisis. “No estamos aquí para reducir las primas de riesgo”, declaró. “No es ésa la función del BCE”. O sea: sálvese quien pueda.

Luego, sin embargo, las cosas cambiaron, y cuando escribo estas líneas las instituciones europeas, con el BCE a la cabeza, han destinado más de tres billones de euros a parar el golpe de la covid-19, en condiciones por lo demás inimaginables hace poco. Veremos cómo se gasta ese dinero, pero que en España sirva para sufragar el ingreso mínimo vital delata que al menos vivimos en una sociedad un poco menos indecente.

También fue una buena noticia que nadie hiciera ni caso de la sentencia del Tribunal Constitucional alemán que pretendía corregir a un tribunal superior, el de Justicia de la UE, que había respaldado las compras de deuda del BCE; esta negativa despeja el camino hacia la mutualización de la deuda, que es la puerta a una Europa federal, el único proyecto político capaz de preservar la concordia, la prosperidad y la democracia en el continente y de permitirnos pintar algo en el mundo. Dicho esto, ¿por qué ha sido mejor la reacción a esta crisis que a la de 2008? Como toda pregunta compleja, ésta tiene muchas respuestas. Aventuro una.

A raíz de la crisis de 2008 me harté de citar una frase de Bernard Shaw, según la cual “lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia”. El sarcasmo evoca o reelabora otro de Hegel (“Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia”), que ahora me parece más exacto que aquél, porque salta a la vista que es muchísimo más fácil aprender de la experiencia que de la historia, escarmentar en cabeza propia que en cabeza ajena.

Tomemos por ejemplo lo ocurrido en España durante la Transición. Por entonces muchos españoles aún tenían experiencia directa de la guerra, así que sabían de primera mano que es infinitamente preferible una paz mediocre a una buena guerra; ahora, en cambio, mucha gente parece sentirse más orgullosa de un conflicto que costó más de medio millón de vidas y 40 años de dictadura que de una Transición que, aunque no fue pacífica, provocó muchísimos menos muertos y engendró una democracia, apoteósica sandez que en parte se explica porque quedan cada vez menos testigos de aquel desastre y porque una aleación de frivolidad generacional, ignorancia histórica y arribismo político ha impuesto una visión caricaturesca de la guerra y la Transición.

Lo que quiero decir es que, igual que los políticos de la Transición aprendieron de su experiencia de la guerra, los políticos actuales quizá hayan aprendido de su experiencia de la crisis de 2008, que algunos vivieron en primera fila. Dado que en 2008 la más reciente crisis europea de parecido calibre se remontaba a 1929, los políticos entonces sólo podían aprender de la historia, y demostraron no haber aprendido nada, ser unos perfectos zoquetes: la prueba es que repitieron la mayoría de los errores de los años treinta, y aunque el resultado no fue, como en los años treinta, el ascenso o la consolidación general del fascismo y por fin una guerra mundial, sí fue el ascenso o la consolidación del nacionalpopulismo —esa versión posmoderna del fascismo— y un desastre que acarreó toneladas de sufrimiento y a punto estuvo de llevarse por delante la UE.

Puede que ahora no suceda otro tanto, ya digo, y no necesariamente porque nuestros políticos sean mejores que los de 2008, sino porque acierta más Hegel que Bernard Shaw: hay que ser un sabio para aprender de la historia, pero incluso el peor zoquete puede aprender de la experiencia. O puede que todo sea cosa de este optimismo mío, que acabará matándome.

Copyright Javier Cercas y El País, 2020.

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