Crecen las consultas para dejar la Ciudad: ¿puede el coronavirus tener el efecto “éxodo” de la fiebre amarilla?



Hay enfermedades que llegan para cambiarlo todo: no sólo la situación sanitaria. También las formas de trabajar, de relacionarse y hasta de habitar la ciudad. Así como el cólera y la fiebre amarilla apuraron las mudanzas porteñas de sur a norte y hacia afuera un siglo y medio atrás, hoy el coronavirus empuja el deseo de sectores medios y altos de vivir en casas en el GBA, con más aire y amplitud, aunque no todos puedan costear ese anhelo.

Un anhelo que tiene números: 377% creció la intención de compra de terrenos por MercadoLibre en el AMBA, sobre todo en Zona Norte, donde ese índice trepó a 463%. “La demanda de lotes vacíos se ve sobre todo en el GBA, hasta 60 kilómetros a la redonda: Zona Norte, Pilar, Los Cardales, Capilla del Señor. Algunos incluso van más lejos, a Berazategui o La Plata, o hasta a Tandil, Pinamar y San Pedro”, cuenta Alejandro Bennazar, presidente de la Cámara Inmobiliaria Argentina (CIA).

Hay varias condiciones pandémicas dadas: la necesidad de distancia social, el uso intensivo de la vivienda en cuarentena, la caída de los costos de construcción, la digitalización de más trámites y compras. Pero, sobre todo, la posibilidad del trabajo remoto, explorada más que nunca en estos siete meses.

Aunque no todo el mundo puede trabajar a distancia o pagar el cambio a una vida más verde, aireada y cómoda. Por eso el volumen de ventas concretas es por ahora más discreto. Igual sorprende. La desarrolladora de barrios privados EIDICO vio cómo sus operaciones de reventa de lotes y casas se multiplicaban por 17 entre abril y agosto. Ese último mes, tuvieron 593 cesiones de terrenos en sus barrios privados, un 75% más que los récords registrados en septiembre de 2016 y en marzo de 2018.

“Los lotes o casas en alquiler o venta se despachan como panes en ciertos puntos del GBA”, resalta Armando Pepe, presidente del Colegio Único de Corredores Inmobiliarios de la Ciudad de Buenos Aires (CUCICBA). Y recuerda que un colega de Canning “ofreció un lote a 15.000 dólares en un barrio privado y había diez autos en la entrada con gente interesada en verlo. Con 50.000 dólares se construyen una casa en un barrio privado, mientras que en Capital no conseguís nada ni parecido por ese precio”.

Bernardo (32) es músico y docente. Acaba de tener a su primera hija. Junto a su pareja ya tenía plan de mudarse de Palermo a Escobar o Ingeniero Maschwitz. Pero con la pandemia “eso se profundizó”.

“Estaba un poco planificado pero no dábamos el paso por nuestros trabajos. Con la cuarentena se popularizó tanto el home-office que se nos fueron las dudas y acabamos de poner en venta el departamento”, reconoce. También señala más motivos: el deseo de “estar más conectados con la naturaleza” y la baja de los costos de construcción en dólares.

Lorena (42) lo experimenta de cerca. Tiene una casa de fin de semana en Pilar, y ve cómo los terrenos cercanos “están a precios ridículos”. “Salieron a la venta ocho lotes de un terreno que se subdividió. Los vendieron todos en menos de una semana sin siquiera tener que publicar un aviso”, cuenta.

Es posible que al leer sobre estas tendencias, los versados en historia tengan un déjà vu, salvando muchas distancias: el de cuando estudiaron cómo las familias porteñas acomodadas se movieron de sur a norte dentro de lo que hoy es la Ciudad de Buenos Aires. O también a pueblos del Gran Buenos Aires o el mal llamado Interior.

Movimiento

El historiador Maximiliano Fiquepron lanzó su libro Morir en las grandes pestes (Siglo Veintiuno Editores) en plena pandemia de coronavirus, pero su objeto de análisis son las epidemias de la segunda mitad del siglo XIX en el país. Habla del cólera en 1868 y de la fiebre amarilla en sus brotes de 1852, 1858, 1870 y, sobre todo, de 1871, cuando fueron más de 13.000 los muertos dejados por la enfermedad, un 8% de la población porteña de ese entonces. El autor observa que en esos episodios la clásica oposición ciudad civilizada y campo bárbaro se dio vuelta.

“Con estas epidemias la ciudad empieza a ser vista como un lugar sucio y enfermo, donde te podés morir. Es un espacio de aglomeración de personas, de descuido, de basura en la calle a falta de un buen sistema de recolección de residuos. Los pueblos vecinos, en cambio, eran considerados sanos”, resalta Fiquepron.

Lo ilustran los clasificados de la época, recopilados por el historiador para su investigación: “Promocionaban terrenos diciendo que Morón o Mercedes eran ‘pueblos higiénicos’. Era el tiempo en que empezaban los loteos en lo que sería el primer cordón del Conurbano: San Martín, Lomas de Zamora, Avellaneda”.

Al mismo tiempo, la fiebre amarilla y el cólera apuraban otro movimiento: el interno sur-norte, que ya venía anunciándose. “El proceso había empezado con la transformación de las residencias del sur en conventillos para alquilar, definitivamente un muy buen negocio. Con ese dinero las familias acomodadas podían construir un petit hotel o una mansión en Recoleta o Retiro. Las epidemias las terminaron de convencer”, explica el arqueólogo urbano Daniel Schávelzon.

Así es como arrancó el lento peregrinaje, desde Barracas y San Telmo hasta Retiro y Recoleta. Incluso llegaría a Palermo, casi hasta el arroyo Maldonado, hoy la avenida Juan B. Justo. La propia Victoria Ocampo recuerda en sus textos cómo una de sus abuelas se mudó desde la calle México a la calle Suipacha, y la otra a la esquina de Florida y Viamonte.

El arquitecto Rafael Iglesia dio coordenadas precisas en un artículo para la revista Summa+ en 1985: “A partir de la década del 60, el hábitat de los ricos se desplazó desde el sur de la Plaza de Mayo al norte de la calle Rivadavia. Fue una huida motivada por la fiebre amarilla y alentada por la mejora de los servicios urbanos en el norte. Las grandes familias primero se trasladaron a la calle Florida y al barrio de la Merced”, hoy parte del Barrio de San Nicolás, en el Microcentro porteño.

Acoyte y Rivadavia, en Caballito, uno de los barrios con mayor densidad. Según datos del sector inmobiliario, se multiplicaron las búsquedas de terrenos en barrios cerrados y municipios del GBA con más verde. Foto: Mario Quinteros.

“El desplazamiento continuó hasta el Barrio Norte sobre las nuevas avenidas Alvear, República [hoy Quintana] y Callao”, mudanzas de hasta seis kilómetros, en tiempos en que el casco urbano apenas medía tres. “Mientras Flores y Belgrano, pueblos que en 1888 se integraron al Municipio capitalino, se poblaban de quintas de veraneo y con algunos chalets palaciegos”, sigue el autor.

El cambio no fue sólo de ubicación, sino también de tamaño. “Los lotes del norte eran mucho más grandes que los de San Telmo en ese momento”, cuenta Pedro Del Piero, presidente de Fundación Metropolitana. Y traza un paralelo: “Parecido a como ocurre ahora, en ese entonces también se revalorizaron los espacios más amplios para vivir”. La intención de ostentar no era el único motivo para agrandar la propiedad: también lo era la búsqueda de más aire y distanciamiento.

Eran tiempos de crecimiento urbano, aunque la infraestructura no acompañara. Los residuos aún se enterraban o se volcaban a las acequias o a las calles, de barro. A falta de cloacas, había pozos ciegos cuyas filtraciones podían contaminar el agua de pozos y aljibes. Recién en 1869 se creó un primer tendido de red de agua corriente, muy limitado. Tuvieron que llegar dos epidemias para apurar el desarrollo de un sistema integral de agua potable, cloacas y pluviales, que se tradujo en obras de saneamiento en toda la Ciudad.

Entre esa Buenos Aires y la de hoy hay planetas de distancia. Pero con otra enfermedad volvió a potenciarse ese deseo de antaño, aunque sólo una parte de los vecinos pueda concretarlo: los que, incluso en tiempos de crisis, están en condiciones de comprar o alquilar una vivienda con más ambientes, menos ruido y más verde.

“El 95% de los que vienen a comprar acá son familias porteñas. Dicen que quieren sufrir menos el encierro y también protegerse del Covid. Estar alejados y con más aire los hace sentirse menos expuestos”, destaca Julieta Antonini, titular de Antonini Modet Negocios Inmobiliarios, con sede en Pilar.

Las estadías temporarias también se extendieron a niveles inéditos: “Piden el máximo posible, que son tres meses por ley”, resalta Antonini. En julio la demanda era tan alta como suele serlo a fin de año. No sólo hay más gente buscando, sino menos disponiendo sus propiedades en alquiler. Muchos propietarios pasan estos meses en sus casas de fin de semana, o bien planean hacerlo durante el verano, ante las dificultades para viajar.

El transporte

La mejora de los servicios urbanos y la expansión de las redes de tranvía y tren fueron clave para los traslados de antaño. Hoy hay que agregar una variable más: una buena conexión a Internet. La base sobre las que se asientan el teletrabajo y el contacto humano vía Zoom. Antonini admite: “Todos me preguntan por la conectividad. Quieren saberlo antes de pasar a ver propiedades, porque se vienen a instalar. Es prioridad”. Distanciados, aislados, pero conectados.

SC

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