Coronavirus en la Argentina: Fotogramas para la tierra de uno



Es 1984. Alfredo Zitarrosa vuelve del exilio y en Uruguay lo reciben como a un prócer. En una caravana multitudinaria por las calles, el cantautor no abandona el cigarrillo en la boca mientras observa, emocionado, cómo el ciudadano de a pie le devuelve una sonrisa. Contra toda expectativa, sin embargo, su figura se irá apagando lentamente. “Me faltó madurez, sentí que la responsabilidad era demasiado grande”, dice su voz estentórea y melancólica, en una de las tantas grabaciones íntimas del documental Ausencia de mí, dirigido por Melina Terribili.

Sin caer en lugares comunes y con un montaje que interviene poéticamente un archivo personal –entre fotos, escritos, casetes, películas caseras–, la mirada de la directora no es la del clásico documental de música: el espectador se imagina el canto y la guitarra, pero lo que asoma es el Zitarrosa más descarnado durante el destierro con su familia en Argentina, España y México, donde es incapaz de componer un solo tema. Zitarrosa, en efecto, sufre por ser Zitarrosa: el peso del compromiso político cae sobre sus hombros como vigas de acero en un “mundo detestable”. Y Terribili lo narra magistralmente, triste, solitario y final, con su anhelo trunco de “aspirar a no morirme antes de que el continente sea socialista”.

“Un río que no cesa de cantar” es un filme autobiográfico de Atahualpa Yupanqui en el que recorre los lugares que había visitado a caballo en su juventud.

Nutrido por grandes nombres como Zitarrosa –bastión de la hermandad rioplatense–, Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Mercedes Sosa y a la vez por relatos más pequeños, como el de la calles del pueblo riojano del gran Ramón Navarro, o historias sencillas como la de Barbarita Cruz, coplera de Purmamarca que sentencia que “si la copla no es anónima, no es folclore”, el género del documental cinematográfico es un atractivo ineludible para quienes buscan conocer más de cerca, o tal vez por primera vez, el amplio espectro del folclore con sus personajes, temas, mitos y leyendas.

En tiempos de cuarentena, donde muchos cineastas han “liberado” el acceso a películas, existen hallazgos que son como gemas ocultas que necesitan tan sólo de una voluntad para emerger a la superficie (todos disponibles en YouTube y Vimeo). Es el caso de Don Víctor Luis Gentilini, una suerte de entrevista y concierto a dúo dirigido con naturalidad por el guitarrista Martín Páez de la Torre. El primer plano, en rigor, lo ocupa el Pato Gentilini, compositor de culto de Tucumán, quien irrumpe fantasmagóricamente con su rostro curtido. “Hay gente que vende y cae en la tentación del éxito. Vamos muy rápido. Ni bola le doy a eso”, dice el Pato y luego canta su bellísima vidala “La secana”.

A la hora de sorpresas, el director chaqueño Marcel Czombos narra dos historias tan inexploradas como impactantes. Por un lado, Isabel Aretz, la criolla, figura principal de la etnomusicología, discípula de Carlos Vega y antecesora de Leda Valladares en la búsqueda de las raíces musicales prehispánicas. “Cuando obtuve el título de compositora en el Conservatorio Nacional, me dije, ¿y ahora qué, Isabel?”, dice la recopiladora –y piensa que los primeros maestros de la música popular fueron los pájaros– en una suerte de road movie, en la que su heredero Mario Silva reconstruye la odisea de Isabel en 1941 por Argentina y Chile con la idea de elaborar el primer mapa sonoro de América. Y, por otro, el conmovedor relato 8.9.89, sobre la tragedia de músicos chamameceros en Bella Vista, cuando al colectivo que los trasladaba le fallaron los frenos y cayó en picada hacia el río Paraná. Entre el misterio y el dolor de una herida que sigue abierta, el documental reconstruye la historia de los artistas populares a la vez que el testimonio de los sobrevivientes otorga una épica impensada, con más de una extrañeza en la memoria colectiva.

El chaqueño Marcel Czombos cuenta la historia de Isabel Aretz, la investigadora que recorrió el país en busca de elaborar el primer mapa sonoro de América.

En el terreno de documentales “in situ”, aparecen clásicos como Un río que no cesa de cantar, lúcido retrato de Atahualpa Yupanqui en su casa de Cerro Colorado, y Carlos Carabajal, padre de la chacarera, una narración casera del ícono santiagueño, a sus 70 años, con escenas memorables como cuando afina la guitarra en paralelo al sonido del tren. Dentro del escenario provinciano, El Zurdo es, tal vez, uno de los documentales más notables. Dirigido por Claudia Regina Martínez, con un extraordinario manejo del tiempo acorde a la personalidad del músico entrerriano Miguel “Zurdo” Martínez, el documental es una invitación hacia el cosmos emocional de un artista clave del Litoral, inclaudicable a los estragos de una globalización que todo lo mide con la lógica del mercado.

Bajo la línea estética de personajes en territorio, también están Ramón Ayala, del fotógrafo Marcos López, una audaz recreación Pop Latina (y algo desaprovechada, al borde de la caricatura) del legendario autor de “El cosechero”; y Saluzzi, conjunto para bandoneón y tres hermanos, el perfil espíritu-musical de Dino Saluzzi realizado por Daniel Rosenfeld, de Europa al pueblo salteño de Camposanto, en un maravilloso viaje a las profundidades del bandoneonista que cautivó al mundo y regresa a su tierra donde toca con sus hermanos ante los ojos nostálgicos de su madre.

Por fuera del canon de cabezas parlantes y de la narración aristotélica, surgen Aire de chacarera, un recorrido original de Fernando Arnedo, nieto del folclorista Mario Arnedo Gallo, quien rescata la identidad del compositor –artífice de la chacarera “La flor azul”– a través de la fuerza de los bombos legüeros. Similar estructura a la del filme Vitillo, una historia de cinco hermanos, donde se conecta el pasado legendario de los hermanos Ábalos con el presente del carismático bombista Vitillo y sus cruces planetarios y generacionales con La Bomba de Tiempo, Jimmy Rip y hasta Roger Waters.

Otros nombres y geografías ineludibles de la música popular han tenido quien los filme. Raúl Barboza, los Hermanos Núñez, Ricardo Vilca, Chango Farías Gómez, el Cuchi Leguizamón y relatos corales como la región cuyana de El Secano, aunque muchos de esos registros, paridos desde las mejores intenciones y al margen de la industria cinematográfica, adolecen de una mirada novedosa desde el lenguaje audiovisual. En breve se anuncian los de Jorge Cafrune, Daniel Toro, Tonolec, Juan Falú y uno nuevo de Vilca. Curiosamente, mientras algunos personajes tienen más de un documental, otros siguen en el olvido, como Leda Valladares, Teresa Parodi, Marcelo Berbel, Manuel Castilla o episodios históricos y célebres como el Festival de Cosquín y el Nuevo Cancionero. Y ni hablar de José Larralde.

Filmar la música, de eso se trata. Capturar un personaje, una época, un lenguaje musical, una sensibilidad. De lo local a lo nacional, de la tradición oral a la revelación de lo desconocido y del mito a la historia, la música popular vive en el documental como espacio abierto y diverso donde no sólo cineastas sino antropólogos, periodistas, etnólogos y músicos toman la cámara para contar, por fuera de lo estrictamente pedagógico o televisivo, las raíces, los tallos y las hojas de un árbol tan antiguo como de gruesa corteza y vastas ramificaciones. Ese árbol llamado folclore.

Cinco películas imperdibles

La voz de Latinoamérica (sobre Mercedes Sosa). Rodrigo Vila, 2013.

Canto al paisaje soñado (acerca de Eduardo Falú). Oliver Primus y Arno Oehri, 2010.

Barbarita Cruz, sola en Purmamarca. Carolina Zarsoso, 2014.

Un pueblo hecho canción (sobre Ramón Navarro). Silvia Majul y Eduardo Fisicaro, 2017.

De pago en pago: cancionero popular del secano. Leandro Marino, 2015

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