Coronavirus en la Argentina: ¿Es posible el teatro online?



Si esto se hubiese escrito a comienzos de este año, sería el argumento de una obra de ciencia ficción: espectáculos que se estrenan sin público, docentes que diseñan ejercicios en los cuales no sea necesario el contacto humano y que exigen una rigurosa distancia de dos metros, con máscaras y escafandras. “No entiendo por qué parece más terrible imaginar esto a tener que resignarnos a vivir a través de una pantalla”, arroja Matías Feldman, dramaturgo, director y uno de los impulsores de un protocolo para que el teatro independiente pueda salir del aislamiento.

Frente al estado excepcional e inédito que la pandemia del coronavirus generó en todas las personas, algunos con más posibilidades de reinventarse que otros, el teatro quedó anulado. Esto es así porque los espectáculos necesitan, de manera fundamental, la presencia en vivo. “La tecnología elimina los intermediarios y está claro que el mundo se ha ido hacia ese lugar: cada vez nos cuesta más el peso de lo presencial. Me preocupa que las soluciones virtuales parezcan más fáciles que encontrar la forma de volver al vivo”, sigue Feldman, quien en su último espectáculo, El Hipervínculo, planteó en escena las formas fragmentadas de consumir información y ficciones en la actualidad mediadas por la tecnología.

“El Hipervinculo”, de Matías Feldman, estrenada en el Teatro San Martín.

Desde que comenzó el aislamiento, la respuesta más inmediata fue ofrecer obras de teatro filmadas por Internet y en muchos espacios habilitar una “gorra virtual” para que los espectadores pudieran hacer una contribución económica. Lo mismo sucedió con las clases de actuación, que ahora se dictan en conferencias virtuales. El contexto de emergencia en el que se encuentran los artistas de teatro independiente los llevó a unirse y crear una asociación: PIT (Profesores Independientes de Teatro) y elaborar un manifiesto y un protocolo para retomar sus actividades de forma presencial. Además, piden a las autoridades de Cultura del Gobierno de la Ciudad un diálogo urgente para delinerar en conjunto medidas que le permita al sector afrontar el cierre de sus actividades, como también definir un plan de acción para retomarlas lo antes posible, garantizando el cuidado de la salud individual y colectiva. “Es importante que quede claro que la actuación online no es una clase de verdad, es un transcurrir hasta lograr el encuentro”, afirma la directora y autora Maruja Bustamante, quien también colaboró con Feldman y otros artistas como Lorena Vega, Marina Otero, Andrea Garrote, Ricardo Tamburrano y Juan Coulasso en la elaboración de este protocolo. “Queremos tener medidas claras, como las tendrán los shoppings, los frigoríficos, las tiendas de ropa, ya que somos una actividad más, muy activa, de la ciudad”, agrega.

La mayoría de los teatristas coinciden en considerar al teatro virtual como un paliativo en este contexto hostil, aunque no dejan de ver con cierta alarma la tendencia a encontrar, como primera opción, soluciones digitales a este conflicto. “La especificidad del teatro es su condición convivial, el teatro virtual es un oxímoron, es evidente que no existe. Estos registros del teatro previo, moderno y difundido es teatro que se ve por celular, no puede ser el futuro del teatro. Se puede difundir así el teatro que ya estaba hecho, pero hacer nuevas obras de este modo sería igual que producir un audiovisual bastante degradado porque ni siquiera gozaría de los beneficios del cine, en cuanto a su producción, gramática y edición”, piensa Rafael Spregelburd, autor, director y actor, pero al mismo tiempo plantea una nueva forma de habitar este presente. “Un teatro en Suecia me comisionó una obra que van a filmar sin público y la van a subir en redes. La escribo pensando en temáticas para estas características y entonces la desarrollé como un diálogo teatral. Cruzo los dedos para que esa experiencia tenga sentido. También para Alemania hice una ficción por Zoom: Glimmerschiefer (Pizarra)  para la Schaubühne con Marius von Mayenburg. Se trata de una charla de dos geólogos, una conferencia en la que hacemos ante la cámara los efectos visuales y sonoros, con cierta nobleza en la elección de lo que contamos. Es la única distancia entre eso y una buena historia de Instagram. Son respuestas lúdicas, no es más que eso”, sentencia.

¿Un nuevo paradigma?

Matías Umpierrez, artista multidisciplinario, ya venía trabajando desde hace años el cruce entre las artes escénicas y el lenguaje audiovisual: “En mi obra tomo como punto de partida la performatividad del ritual y por eso el teatro siempre está presente desde una perspectiva transdisciplinar. En los rituales suele haber una invocación, una figura sensible que evocamos desde nuestro presente y que viene de un “más allá” interno o externo. En mi caso, esa “figura” aparece mediada por la virtualidad y, de la misma manera, confluye la interacción de “cuerpos” de distintas naturalezas. Me gusta pensarlo como un encuentro sin jerarquías, donde las realidades físicas y virtuales confluyen orgánicamente”.

Los trabajos de Umpierrez incluyen las videoinstalaciones y el universo virtual como una co-presencia posible entre artistas y espectadores. Por ejemplo, en su obra Distancia investigaba cómo el teatro podía ingresar al sistema virtual tomando cada uno de sus signos y estimulándolos para que superen sus propias fronteras. El espacio de la sala se ampliaba y los escenarios se quintuplicaban de manera virtual a partir de un sistema de streaming operado en tiempo real. “Confío en la capacidad que tenemos de manera directa, o indirecta, de percibir nuestro tiempo. Sería interesante no pensar en términos de “lo bueno” o “lo malo” sino simplemente en los grises que pueblan el interior de estas antinomias. Es fundamental mantener una agudísima percepción de las cosas y que, tal vez, eso nos permita crear un tipo de poética que posibilite abrir la percepción del público, sea cual fuere su presencia”, señala este artista respecto de la posibilidad de incluir al teatro, el arte más arcaico de todos, dentro del mundo de la virtualidad.

“Distancia”, de Matías Umpierrez, se presentó en el Cultural San Martín en 2013.

El potente colectivo de artistas de Timbre 4 fue de los primeros en hacer vivos en sus redes sociales, ofrecer las filmaciones de sus espectáculos emblemáticos y habilitar una “gorra virtual” para compensar sus pérdidas económicas. “Rescato la reacción de la gente: hubo curiosidad y celebro que pudiendo elegir Breaking Bad, muchísimas personas optaron por ver El viento en un violín. Eso a mí me llena de emoción y sería injusto no valorarlo y decir ‘son burgueses que se quedaron en el sillón’. No es así para nada. Había opciones más fáciles, más entretenidas y más conocidas, pero siguen eligiendo el teatro. Lo negativo es lo que aparece todos los días en la televisión, lo negativo es el individualismo, la necedad, la falta de solidaridad. Todo lo que aparece en estas crisis”, enfatiza Claudio Tolcachir, director y referente de Timbre 4, un espacio que también continúa con su escuela de manera virtual.

Uno de los primeros estrenos teatrales que se hicieron por streaming en tiepo real fue el unipersonal Una, la propuesta de Timbre 4 interpretada por la actriz Miriam Odorico, quien se animó a actuar en el living de su casa, el espacio donde había ensayado. Los organizadores de Microteatro también ofrecieron tres obras de cinco minutos de duración en “salas virtuales”. Otro ejemplo famoso de la cartelera porteña es el caso de Teatro Bombón, el ciclo de obras site specific de 30 minutos de duración que ahora lanzó su edición digital en el cual presenta 30 filmaciones de sus obras estrenadas, archivos, fotos y entrevistas en vivo con sus artistas, en las cuales se debate la pregunta del millón: ¿Es posible el teatro online?

“Creo que los creadores más jóvenes se van a adaptar y tienen la fuerza de pensar en un teatro sin presencia, sin encuentro. La virtualidad no es algo que les parezca una barrera para manifestarse, de hecho lo hacen todo el tiempo en las redes. Lo que sucede es que el teatro es un engranaje artesanal de disciplinas que es imposible convertirlo en lo segundo sin sacarle el alma. Pienso en Fassbinder o Peter Handke, que filmaron teatro, pero en realidad tomaron elementos del teatro y lo intentaron convertir en película, logrando un híbrido que no es una cosa ni la otra. Incluso en Alemania hay un festival de cine/teatro. Traigo a colación al cine porque en las redes, la actuación usa el soporte visual y audiovisual. Tal vez haya que pensar en armar canales de transmisión audiovisual, donde se pueda dar trabajo a las personas del teatro, haciendo esa tercera cosa o haciendo producciones audiovisuales, mientras se pueda volver al encuentro del teatro”, reflexiona Bustamante.

¿Es una locura imaginar que ante la opción de poder ver obras de teatro en una pantalla, el público abandone el deseo de la experiencia en vivo y se naturalice esta situación? “La opción de quedarse en casa mirando televisión no es nueva, es tan vieja como la televisión. Si ese es el peligro, hace años que el teatro tendría que haber muerto. No tenemos que subestimar al teatro y al público. Si el teatro sigue vivo es porque hay muchas personas que lo aman y lo necesitan, tanto desde el lugar de los creadores como de los espectadores. Eso no va a cambiar. Al contrario, me da la sensación de que se lo extraña”, agrega Tolcachir.

Preguntarse cómo será la vuelta del teatro en vivo, en una época de muertes masivas y un miedo permanente a enfermarse parece la discusión de una minoría. Pero en todo el mundo, la preocupación por retomar la actividad y recuperar algo de la vida anterior cuando la crisis sanitaria se controla, se vuelve vital. “Vienen épocas de tránsito, de arte nómade hasta hacer campamento de nuevo. Si esto no fuese una tragedia hasta tendría su encanto, pero es una tragedia, no jodamos. El regreso a la condición anterior será lento, pero quien lo impulse no será el teatro si no otros convivios imprescindibles, la educación, por ejemplo, las escuelas, las universidades. La gente volverá a juntarse y, controlada la fobia, regresarán las otras convivencias. Y en algún momento se olvidará. Se hará lo que ha hecho siempre graciosamente la humanidad con los peligros para no vivir aterrorizada: negarlos”, piensa Kartun.

Esta época de tránsito también plantea cambios en los modos de mirar e incluye una novedad: la aparición del tiempo. ¿Qué hacemos con nuestro tiempo ahora que estamos encerrados? ¿Cómo lo administramos? ¿A qué o a quiénes se lo dedicamos? “Aparece una formación humana que va asociada al trabajo que uno hace consigo mismo cuando ve buenas obras, lee buenos libros o entra en contacto con ideas filosóficas potentes. Normalmente son cosas que uno no hace porque no tiene tiempo, y ¿por qué no tiene tiempo? Porque está trabajando en algo que no le gusta. ¿Cuántas horas? Seguramente muchas más que las necesarias. La producción cultural está destinada al tiempo que al trabajador le queda libre cuando no está produciendo plusvalía, es así de simple”, apunta Spregelburd.

Así las cosas, los artistas precarizados y devaluados podrían tener las mejores respuestas para habitar este presente, hasta que el mundo cambie otra vez. Dice Kartun: “Si hace dos meses tenía que teorizar largo para hacer entender la importancia y la necesidad del arte, hoy no tengo más que levantar las cejas. El sector que consumía arte ocasionalmente en el tiempo ocioso se encuentra ahora no solo con ese privilegio de poder acceder a él de manera virtual, si no con ese tiempo del que no disponía. Valoramos hoy el arte como nunca porque fluimos hoy en él, en el encierro, como valoramos al Estado y a la salud pública cuando vemos por diferencia lo que es no tenerlo”.

Y entre esa contención que es el arte, el teatro que implica encuentro, cuerpo y experiencias en vivo, comienza a abrirse camino para exigir y tener su propio espacio, aún en medio de una pandemia.

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