Coronavirus en el mundo: las librerías y la tarea de aliarse con sus lectores (y clientes)



Desde Barcelona*

El último librero con quien hablé antes del encierro es un detective salvaje. Ángel Tejerín mantiene abierta “On the Road” en el centro de esta ciudad gracias a su adrenalina literaria y al buen rollo de un círculo de colaboradores, entre los que destaca la ilustradora Flavita Banana. Sus clientes son de tres tipos: los cómplices del barrio, los turistas de paso y los habituales de los clubes de lectura, nocturnos y desmadrados.

¿Cómo sobrevivirá durante la cuarentena en una ciudad sin turismo y sin reuniones físicas?, me pregunté más de una vez mientras veía sus historias de Instagram durante el confinamiento. La respuesta era evidente, tratándose de una librería especializada en la Generación Beat: proporcionando microdosis de placer para renovar, una y otra vez, su alianza con sus cómplices y clientes.

Nuevo paisaje en las librerías de avenida Corrientes. / Luciano Thieberger

La reapertura de las librerías en España y algunos países de América Latina, después de cerca de dos meses de cierre por cuarentena y con estrictos protocolos de seguridad sanitaria, las enfrenta a un nuevo horizonte crítico. Para hacer frente a momentos tan difíciles, deben reforzar el pacto íntimo que mantienen con sus clientes, que en muchos casos somos también amigos. Darnos conocimiento y felicidad, para que reeditemos nuestro compromiso.

Las librerías que tienen más probabilidades de sobrevivir a este alienígena 2020 son las que durante los últimos años han proporcionado prescripción y cariño; y ahora inventan estrategias para que prosigan la fiesta y el viaje. Una de las tantas acepciones de la palabra “viaje” tiene que ver con el trip, con la experiencia psicodélica. Lo sabemos desde 1857, cuando Charles Baudelaire publicó Las flores del mal: tanto el vino o el opio como el sexo y la poesía son vías de acceso a los paraísos artificiales. El librero, en tiempos de la COVID-19, acentúa su condición de dealer y diseña a través de las redes nuevas vías de compromiso y de escape.

Un cliente observa libros exhibidos en una librería. / Xinhua

La palabra clave, en el inminente debate de la reinvención de las industrias y políticas del ámbito cultural, va a ser alianza. El crecimiento exponencial de las plataformas digitales de logística y de contenidos está ya obligando a todos los agentes mediáticos, artísticos y culturales que trabajan con soportes físicos —como el papel o los escenarios— a buscar aliados. En ese contexto las librerías independientes españolas están reforzando su mejor plataforma de distribución, todostuslibros.com; o la Cámara Colombiana del Libro ha lanzado la campaña #AdoptaUnaLibrería. Pero, sobre todo, la mayoría de las librerías están potenciando la comunicación con su clientela lectora, porque esa es la alianza que sostiene todas las demás.

“Para hacer frente a momentos tan difíciles, (las librerías) deben reforzar el pacto íntimo que mantienen con sus clientes, que en muchos casos somos también amigos”.

“On the Road” ha publicado en Instagram trescientas fotos de los libros que hay que leer antes de morir, con el mensaje: “Te lo enviamos a casa o pasa a recogerlo por la librería”. “Sophos”, en Ciudad de Guatemala, ha activado todas las estrategias virtuales para seguir en contacto con sus clientes, multiplicando por siete las ventas a través de la página web. “La Murciélaga”, de Ciudad de México, ha inventado una suerte de subasta en Twitter de joyas de bibliófilo: encontraron en minutos compradores para primeras ediciones de libros de Juan Rulfo o Jorge Luis Borges.

El Gobierno porteño condicionó esta semana la reapartura de los negocios, incluidas las librerías. / AP

El apoyo de los “clientes-amigos” —como los define Débora Yánover, de la mítica librería Norte de Buenos Aires— se activa según mecanismos que tienen que ver con la gratitud y con el vínculo emocional. Aunque haya muchos lectores que se identifican con varias librerías de la ciudad donde viven o incluso con Amazon, intuyo que la mayoría lo hacen sobre todo con una. Al igual que ciertos autores, géneros, editoriales o bibliotecas, esa librería contribuye decisivamente a su perfil como lector y como persona.

Durante el confinamiento, una de las máximas expresiones de agradecimiento por los servicios —sentimentales e intelectuales— prestados la han vivido los escritores Silvana Vogt y Arnau Cònsul, dueños de “Cal Llibreter” en Sant Just Desvern, cerca de Barcelona. Por iniciativa propia, tres de los sospechosos habituales de la librería les pidieron un número de cuenta bancaria y organizaron la transferencia de dinero de compras futuras. Más de sesenta personas ingresaron cantidades que fueron de los veinte a los quinientos euros. En algunos casos, ni siquiera reconocían el nombre de quien había hecho el ingreso, porque se trataba de clientes que pasaban desapercibidos; pero ahora dejaban claro que también eran amigos.

El escitor y periodista español Jorge Carrión se refiere a la nueva alianza entre lectores y librerías.

Historias parecidas se han vivido en librerías de todo el mundo. Las que durante años han repartido amor, lo han recibido durante las semanas más duras de sus vidas. Las que han actuado como instrumentos de cohesión social, antídotos contra la soledad, ágoras de debate y conocimiento, máquinas de imprimir ciudadanía, espacios terapéuticos u horizontes arquitectónicos que nos recuerdan la escala humana frente a la desmesura de la Nube son percibidas, en estos momentos de alejamiento social, como estructuras cercanas, imprescindibles para el bienestar individual y colectivo.

Muchas de las librerías que reabrieron en avenidas Corrientes deberán dar marcha atrás por las nuevas restricciones del Gobierno porteño. / JM Foglia

Aunque estoy convencido de que muchísimas librerías van a seguir existiendo en esta época de ciencia ficción, muchas otras —como tantos otros proyectos de industrias creativas y culturales— van a desaparecer a causa de la crisis. Lo harán, sobre todo, las que no hayan entendido las nuevas reglas del juego. Las que no se hayan vuelto psicológica y culturalmente imprescindibles para una amplia comunidad de lectores.

La figura del librero antipático, que intimida en vez de animar o de asesorar, ha quedado enterrada en las últimas décadas del siglo XX. Su lugar lo han ocupado libreros y libreras que saben conversar, estimular, acompañar, suministrar la química que necesitan los cuerpos y los cerebros de los millones de seres humanos que leemos libros y lo seguiremos haciendo.

*Jorge Carrión es escritor y crítico cultural. Es autor de Librerías” y “Contra Amazon”.

The New York Times

PC

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