Coronavirus en Argentina: cuarentena, pico y grieta en seis meses de vida entre paréntesis



Como muchas palabras del diccionario, “pico” tiene varios significados. El más usado en 2020 es el que refiere a la cima de una montaña, metáfora del momento en que cada país atraviesa lo peor de la curva del coronavirus. En lunfardo es un beso. En las aves, la boca. En la ferretería, una herramienta para hacer grietas y romper, utilizada en las demoliciones.

Hay coincidencias que en la Argentina no son casuales. Bastó una conferencia de prensa exprés, sin demasiado preámbulo y en la que faltara uno de los tres mosqueteros del Covid para que el hechizo se rompiera y la grieta volviera a encandilar: ese día, Horacio Rodríguez Larreta pagó la cuenta y dejó de ser “el mejor amigo” de Alberto Fernández.

¿Por qué el vínculo se desvaneció de golpe? Hay una respuesta política que los analistas ya se han ocupado de explicar. Hay, también, una causa epidemiológica, síntoma de una realidad que ningún funcionario saldrá a anunciar a los cuatro vientos, pero que está sucediendo: es inminente que el pico argentino del coronavirus empiece a quedar atrás.

La misma inercia de la curva manda según lo previsto y la fase más ardua del camino se ha transitado. No son los ciudadanos los que se relajan, en sus decisiones cotidianas de prevención y distanciamiento. Son los políticos, al retomar sus diferencias congeladas. Ya no los corre ponerse de acuerdo en si hay que abrir un bar más o menos.

La pandemia trajo temor, pero también una ilusión de unidad: la posibilidad de un consenso sostenible que trascendiera la necesidad de la urgencia. Cuando el 19 de marzo Fernández comunicó por cadena nacional que desde el día siguiente nadie podría salir de su casa, ocurrieron dos cosas. La primera: no se sospechó que esa condición se volvería crónica; la segunda: un “espíritu de cuerpo” invadió a la gente frente a lo desconocido, ese cinchar todos para el mismo lado cuya síntesis fueron los ya lejanos y casi olvidados aplausos de las 9 de la noche en los balcones.

Tiempos de concordia en mayo, cuando todavía había mucho por recorrer.

Había por entonces un Presidente nuevo, con una gestualidad que involucraba a Rodríguez Larreta como principal aliado frente al coronavirus. Tanto que, en esos tiempos de inocencia y escasez de anticuerpos, la sintonía impostada pareció ser mayor incluso con el jefe de Gobierno porteño que con el gobernador de su propio partido, Axel Kicillof.

Pasaron seis meses de un idilio inédito entre dos jefes de diferentes colores políticos. Hubo desafinaciones, pero también ensayo duro para que en la gala sonara la melodía del consenso. El objetivo no era menor: trepar juntos la trabajosa ladera hacia al pico, chocar codos y no distraerse del objetivo principal hasta que fuera necesario. Mientras duró, funcionó.

Lo que cambió fue, ni más ni menos, el escenario epidemiológico del país. El fuego de la pandemia dejó de estar en el AMBA: ahora faltan bomberos en el Interior. Hay que mirar el índice MTBI (Meanwhile Time Between Infections), con el que la Universidad de Tres de Febrero mide el tiempo entre contagios de Covid, para darse cuenta de que, por la menguante incidencia de la curva metropolitana, el pico argentino será en breve parte de la historia.

Ese pico, que es montaña pero también herramienta, ha venido a romper y actualizar la grieta, justo cuando algún crédulo podía confiar en que el agujero negro que todo lo absorbe empezaba a cerrarse. Grieta cuyo glamour -a lo Garbo- es el “lujo” que políticos y ciudadanos de a pie insisten en darse, pero que sólo es posible moldear cuando el riesgo de la masacre sanitaria deja de ser una amenaza.

En el ínterin pasaron sociólogos, psicoanalistas, politólogos. Hubo un prematuro optimismo sobre la enseñanza que dejaría el Covid en la devaluada subjetividad de occidente. Se habló de un antes y un después. No sólo en Argentina, sino en el mundo. La idea de que, por alguna razón desconocida, el coronavirus sería el disparador de un lugar mejor en el que vivir.

Pues bien, la grieta sigue siendo la grieta. Cualquier virus que ande suelto por ahí con intenciones de neutralizar el afán de su majestad en contaminar conciencias chocará con esta premisa: la pandemia no fue más que un tímido oasis de inmunidad al odio para poder atravesar el umbral de la crisis.

Pronto llegará la vacuna. La de Oxford, la china, la estadounidense. Alguna llegará. Y la loca ilusión de unidad sin mezquindades para avanzar en al menos una política de Estado habrá naufragado una vez más. Algunos padecerán la melancolía del amague. Las mayorías que legitiman en las tribunas la última jugada como un gol, archivarán el anómalo paréntesis en el estante de los malos recuerdos.

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