Coronavirus en Alemania: la extrema derecha aprovecha la crisis para recuperar terreno



Por Katrin Bennhold

​BERLÍN – Afuera del parlamento de Alemania, un célebre chef vegano agarró el micrófono y gritó que estaba “dispuesto a morir” con tal de evitar que que las elites egoístas usaran la pandemia para derrocar el orden mundial.

A cierta distancia, un grupo de mujeres discutía cómo Bill Gates pensaba forzar la inmunización de la población. Los jóvenes que llevaban recortes de cartón con frases de la constitución alemana cantaban: “¡Termina con la dictadura de la corona!”. Pocos usaban barbijos, y los que lo hacían venían con lemas como “el bozal de Merkel”.

Aun cuando Alemania es celebrada como el ejemplo más importante de gestión de pandemias en Europa, un ecléctico movimiento de protesta que comenzó el mes pasado con unas pocas docenas de personas que marcharon contra las restricciones del coronavirus se ha disparado a más de 10.000 manifestantes en ciudades de todo el país.

Una protesta afuera del parlamento alemán (SEmile Ducke/The New York Times).

La única fuerza impulsora de la movilización es la extrema derecha del país, en especial el partido Alternativa para Alemania, o AfD, que había sido marginado por la pandemia. Ahora, los líderes de la AfD ven las protestas como un primer paso para volver a la conversación nacional, utilizándolas para posicionar su mensaje para los meses venideros, cuando Alemania deba hacer frente a la pérdida de empleos y a una economía maltrecha.

“La crisis está llegando, todavía no ha llegado”, dijo Nicolaus Fest, jefe de la sección de AfD de Berlín, que protestó cerca de la Puerta de Brandenburgo el sábado. “Dentro de poco, mucha gente estará desempleada”.

Junto a los antivacunas, anticapitalistas y ciudadanos de a pie preocupados por la pérdida de empleos y la seguridad en las guarderías y escuelas que han reabierto, las marchas han atraído a neonazis, patoteros y a miembros de la AfD, un partido conocido por su ruidoso nacionalismo y sus opiniones anti-inmigrantes.

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Rara vez organizan las protestas. Pero la AfD y los grupos de extrema derecha están tratando de capitalizar el descontento a medida que empiezan a posicionarse para lo que puede ser un escenario político mucho más feo dentro de unos meses si la economía se deteriora aún más, como esperan la mayoría de los economistas.

“Cuando la depresión llegue con fuerza y la gente realmente empiece a sentirla, empezarán a preguntarse: ¿Con quién compartimos lo poco que queda? ¿Quién pertenece y quién no?”, dijo Götz Kubitscheck, un editor de extrema derecha y el más destacado ideólogo de la llamada Nueva Derecha alemana.

En una reciente entrevista Kubitschek predijo que, después, “se convertirá en una cuestión de identidad”.

La oficina de inteligencia nacional de Alemania, que recientemente clasificó tanto al Instituto de Política Estatal de Kubitschek como a un grupo de políticos cercanos a él como extremistas, está preocupada.

“Observamos una tendencia donde los extremistas, especialmente los de extrema derecha, están aprovechándose de las manifestaciones”, declaró el domingo Thomas Haldenwang, presidente de la agencia, al periódico alemán Welt. “Existe el riesgo de que los extremistas de extrema derecha, con su idea de quién es el enemigo y sus ambiciones de socavar el Estado, se pongan al frente de un movimiento al que, por ahora, asisten sobre todo ciudadanos leales a la Constitución”.

“Nos preocupa que los extremistas utilicen la situación actual exactamente de la misma manera que la llamada crisis de los refugiados”, dijo Haldenwang.

Algunos ya han comparado las protestas por el coronavirus con las protestas contra la crisis de los refugiados de 2015, cuando PEGIDA (Europeos Patriotas contra la Islamización de Occidente) atrajo a cientos y luego miles de manifestantes cada semana antes de convertirse en una potente incubadora del extremismo de extrema derecha.

“Somos el pueblo”, el lema asociado a las marchas de PEGIDA, es ahora popular también en las protestas contra el coronavirus.

Una protesta convocada por la extrema derecha alemana en Alexanderplatz, Berlín (Emile Ducke/The New York Times).

Entonces como ahora, la canciller Angela Merkel fue celebrada como una líder ejemplar que condujo su país a través de circunstancias extraordinarias.

Pero a principios de 2016, el estado de ánimo comenzó a cambiar. Un año después, la AfD se convirtió en el primer partido de extrema derecha en entrar al parlamento federal desde la Segunda Guerra Mundial. Ahora es el mayor partido de la oposición, con escaños en todas las legislaturas estatales del país.

Algunos legisladores de los Demócratas Cristianos de Merkel hablan en privado de una sensación de déjà vu, y se preocupan de que para cuando se programen las próximas elecciones, en el otoño de 2021, la AfD pueda volver a captar votos conservadores.

La pandemia llegó a Alemania en un momento en que la influencia de la extrema derecha, y su capacidad para abrir el sistema político desde el nivel local hacia arriba, era fuerte. A los partidos mayoritarios, incluidos los Demócratas Cristianos de Merkel, les preocupa la pérdida de votos.

En febrero, las consecuencias de unas elecciones no concluyentes en el Estado oriental de Turingia, donde un subgrupo particularmente extremo de la AfD se convirtió en el segundo partido más fuerte y acabó con el político que la canciller en Berlín consideraba como su sucesor.

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Cuando el virus comenzó a extenderse, la situación cambió. Casi de la noche a la mañana, los alemanes apoyaron a su canciller y al aislamiento de un mes que frenó la propagación del virus y permitió que el país superara su primera ola de infecciones con un número de muertes relativamente bajo.

Pero ahora ese mismo éxito se ha convertido en algo que impulsa las protestas.

Víctimas del éxito​

“Nos dijeron que este virus era tan peligroso que tuvimos que renunciar a todas nuestras libertades democráticas”, dijo Sabine Martin, madre de dos hijos que marchó en Berlín el sábado por tercer fin de semana consecutivo. “Pero no somos tontos: Nuestros hospitales están medio vacíos”.

“No le temo a este virus”, añadió. “Tengo miedo de la recesión”.

Algunos la llaman la paradoja de la prevención: como Alemania ha tenido cierto éxito en la contención de la enfermedad, cada vez es más difícil persuadir a la gente de que la pandemia todavía representa un peligro real, y es cada vez más fácil para los teóricos de la conspiración y los populistas echar a andar relatos de engaño.

“Esta supuesta pandemia no es más que una gripe”, se burló Robert Farle, un legislador estatal de la AfD. Se unió a las protestas en su ciudad natal del este, Magdeburgo.

Por ahora, a pesar del ruido que hacen, los manifestantes siguen siendo una pequeña minoría. Una encuesta reciente encontró que 2 de cada 3 alemanes están satisfechos con la respuesta del gobierno a la crisis. Seis de cada 10 dicen que no les preocupa si ciertas libertades tienen que ser restringidas por más tiempo.

El partido de Merkel sigue siendo el más popular del país, con casi 4 de cada 10 votantes que dicen que lo apoyarán, el nivel más alto desde 2017.

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Pero la Comisión Europea espera que la economía alemana se reduzca un 6,5% este año, el peor resultado desde la Segunda Guerra Mundial. La popularidad de la AfD, que al principio de la crisis se había desplomado por debajo del 10%, ha empezado a subir.

A muchos les preocupa que una prolongada caída económica pueda abrir nuevas posibilidades de voto para el partido, que ha encontrado la mayor parte de su apoyo en el antiguo Este comunista. Sin embargo, las mayores protestas de las últimas semanas han tenido lugar en Stuttgart, el rico corazón occidental de la industria automovilística alemana.

En los siete años transcurridos desde la fundación de la AfD, Alemania ha disfrutado de un crecimiento económico constante y un bajo desempleo, dijo Matthias Quent, experto en extremismo de extrema derecha y director de un instituto que estudia la democracia y la sociedad civil.

“Simplemente no sabemos cómo se ve la AfD en una recesión”, dijo Quent. “Me preocupa”, añadió. “Históricamente, las grandes recesiones tienden a alimentar las narrativas populistas”.

© 2020 The New York Times

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