Comer con gente que quiero



La mesa está ahí. Quieta en el patio. Su madera está ajada y algunas patas de hierro oxidadas. La idea era llenarla con familia y amigos, pero nunca se usó. Es que llegó al filo de la cuarentena. Desde entonces, espera ahí, quieta, bajo sol y lluvia, el momento indicado, que no llega.

Los contagios crecen y el aislamiento sigue. El enemigo invisible se reproduce más que antes. El pico, que pensamos ya había llegado, no llega nunca.

Por eso nos piden que nos cuidemos. Que hagamos solo cosas esenciales. Y que de ninguna manera nos juntemos. El único remedio es la cuarentena, nos dicen. Hasta que llegue la vacuna, repiten. Lo llamativo es que los que nos piden eso, no cumplen.

Invitado a un programa de TV el sábado, el presidente Alberto Fernández dijo: “Si yo te cuento lo que hago mañana voy a tener gente en la puerta Olivos esperando… Almuerzo con gente que quiero”. Y se rió. Sus entrevistadores también rieron. Mientras tanto, la mayoría no comemos con la gente que queremos desde el 20 de marzo.

Hace cinco meses que no almorzamos con hermanos, cuñadas, sobrinas, tías, primas, suegros, abuelos y ahijadas. Que no cenamos con amigos. Queremos, pero no podemos. No podemos porque los queremos.

Encima tenemos que explicarles a nuestras madres la foto de Moyano sin barbijo con el Presidente. Y a nuestros padres qué hace un boxeador paseándose por el Senado, también sin barbijo, con la vicepresidenta.

Todo en un país en el que hay padres que no pueden despedir a sus hijos con cáncer, ni miles velar a sus muertos. Pero en los quinchos del poder los domingos se reciben visitas especiales a la mesa, que seguro no se oxida.

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