Clarín en Michigan, donde el miedo desata un furor por las armas



El hombre invita, pero hay resistencia: “¡Vamos, es divertido!”. “Aunque sea solo una vez, para que te des cuenta de lo que se siente”, insiste. “Es una sensación hermosa”, sigue. La cita es en un centro de práctica de tiro en Detroit, en el estado de Michigan, donde también se venden pistolas y revólveres que están acomodados prolijamente en vitrinas, como las facturas en la panadería.

Los fusiles se exhiben alineados en las paredes y también hay aparadores con miras telescópicas, silenciadores, chalecos antibalas, municiones, fundas y otros adminículos extraños para una argentina que no comulga con las armas.

El paisaje da un poco de miedo, la verdad. Pero es un mundo que fascina cada vez más a los estadounidenses. De hecho, a pocos días de las elecciones del 3 de noviembre, se están viviendo momentos históricos en el mercado bélico de este país porque, en medio de las tensiones generadas por el coronavirus, la protestas contra la brutalidad policial, el auge de grupos armados supremacistas blancos y el temor a que el próximo presidente imponga controles, ya se superó el mes pasado el récord anual de casi 29 millones de solicitudes al FBI para comprar un arma.

Michigan es uno de los estados donde se vive ese “boom”. Desde hace semanas está en el centro de las noticias por el auge de milicias armadas que en un comienzo marcharon a punta de fusiles y pistolas el capitolio de la capital, Lansing, en protesta por las restricciones impuestas por el coronavirus. Luego, otro grupo fue desbaratado cuando complotaba para secuestrar a la gobernadora demócrata desde el sótano de un negocio. Así está el clima aquí. Tenso.

Rick Ector recibe a Clarín en Recoil FireArms, una tienda de armas en las afueras de Detroit. Lleva una gorrita con las siglas “RNA” la Asociación Nacional del Rifle, de la que es miembro activo. Tiene 55 años, es instructor de tiro desde hace 14 y dice que estos últimos meses se disparó la demanda de alumnos porque “nunca antes la gente estaba comprando tantas armas”.

Explica las razones: “Seguimos lidiando con el Covid y con los criminales. Hay incertidumbre política con las próximas elecciones y nada le da más tranquilidad a las personas en estos tiempos turbulentos que un arma para proteger su casa”.

En la tienda hay un hombre rubio, con gorrita camuflada y una bandana con la bandera estadounidense, que examina un arma de asalto, simula que apunta a alguien, y la acaricia como a un bebé. No quiere decir su nombre{re, pero cuenta que tiene varias en su casa: “¿Y cuál es el problema? Necesitamos defendernos”, dice.

En los últimos tiempos Michigan ha experimentado un auge de milicias, que buscan justicia por cuenta propia. Rubén Martínez, profesor de Sociología de la Michigan State University, señala a Clarín que estos grupos armados “han estado por mucho tiempo aquí, pero ahora han crecido. Quieren un gobierno más pequeño y ahora están más racistas que nunca porque tenemos al presidente Donald Trump que los apoya de una manera indirecta”.

Cuenta que se reúnen en casas, en restaurantes y cantinas y a veces protestan públicamente porque creen que sus libertades están en riesgo.

Menciona, por ejemplo, la protesta que hubo en el capitolio de Lansing contra la gobernadora Gretchen Whitmer, porque había impuesto medidas contra el Covid. Esta marcha fue defendida por Trump que no solo no los condenó, sino que les dijo “Stand back and stand by” (retrocedan y esperen).

En el polígono de tiro, Rick sigue invitando a disparar. “Mucha gente opina, pero no sabe lo divertido que es, tenés que probar”, se entusiasma. Niega formar parte de una milicia -nadie lo admite abiertamente- aunque advierte: “Yo no tengo ningún problema que las personas pertenezcan a una milicia, incluso los considero grandes amigos. He estado con ellos en varias marchas que hemos hecho en la ciudad y en el estado a lo largo de los años. Algunas personas creen que las milicias quieren hacer cosas malas, pero no es así”. Dice que los miembros del grupo que planeaba secuestrar a la gobernadora “deben ser castigados”.

Rick forma parte de un grupo de afroamericanos que apoya a Donald Trump, sobre todo porque garantizará que no haya controles de armas. Como Artyzia Bummer, que está en la calle con un megáfono llamando a votar al presidente y saca a la luz toda una serie de teorías conspirativas sobre Joe Biden, de las tantas que circulan por la redes trumpistas, como que es el líder de una secta mundial de pedófilos y que confiscará las armas a los ciudadanos.

Un mural en Detroit, Michigan, que invita a votar en cada elección.

Ella cree que Trump es una especie de enviado divino. “Dios lo puso en la presidencia. Otros países tienen reyes y si nosotros tuviéramos la oportunidad de elegir, yo quiero que sea un rey, mi rey. El Rey Donald Trump. Esto no tiene nada de malo, en todos los países hay reyes y él es mi rey Donald Trump. Y déjeme decirle algo: cuánto más odien a Trump él más aumenta sus posibilidades de ganar”.

Cerca de dos horas al oeste de Detroit, Joel Fulton, de 48 años, recibe a Clarín en Battle Creek. Es dueño de un bar en el centro y una florería, pero su orgullo más grande es su negocio de venta de armas y polígono de tiro llamado Freedom Firearms. La entrada al lugar impresiona: en la esquina tiene una especie de monumento a una pistola Colt donde Joel se reclina sonriente para sacarse fotos.

Adentro hay un padre que hace el trámite de registro al FBI con su hijita. Es absolutamente sencillo comprar un arma. Hay que tener más de 18 años para un rifle y 21 para una pistola o revólver, presentar el documento al vendedor y llenar un formulario on line que se envía en el acto al organismo federal que chequea si el comprador tiene antecedentes penales o de salud mental (solo los casos severos quedan registrados) y responde en el acto. En 10 minutos alguien puede llevarse cualquier cosa. En EE.UU. un chico de 18 puede comprarse un rifle pero tiene prohibido tomar una cerveza.

“¿Alguna vez tiraste? ¿Querés probar qué se siente? Es divertido”, alienta Joel y es la segunda vez que sucede en el día.

Remera negra, gorra de béisbol, el hombre lleva 20 años en este negocio y dice que por su academia pasaron más de 16.000 personas. Cuenta que este año hubo un enorme aumento de ventas y que hasta se ha quedado sin stock de muchas de las armas más populares como las pistolas Glock.

Cuenta que el negocio de las armas siempre ha sido impulsado por el miedo. “Creo que la gente está hoy siendo más activa en su defensa personal. Este año, con la pandemia y todas las cosas que han pasado el miedo se ha vuelto universal. La gente tiene miedo por su seguridad, porque la policía no está disponible como antes por el coronavirus. Si un malvado irrumpe en mi casa a la noche, ¿cuánto tiempo puede tardar la policía en venir y cuánto daño puede hacer mientras tanto?”

Con el megáfono, Artyzia Bummer junto a un grupo de partidarios de Trump.

Con el negocio de las armas pasa algo muy paradójico, dice Joel. “Cuando los demócratas están en la Casa Blanca, el negocio de las armas está mejor. La gente no para de comprar, porque temen que se impongan controles. Pero este año con la pandemia y la desobediencia civil fue especialmente bueno en la venta de armas”.

Joel suele organizar manifestaciones a favor de la Segunda Enmienda, que protege el derecho de los estadounidenses a portar armas, votó a Trump en 2016 y volverá a hacerlo en pocos días. “Biden no apoya los derechos de la Segunda enmienda y no creo que él impulse una agenda de libertad. Se supone que él tiene una agenda socialista. Creo que la única opción que tengo es votar al presidente Trump. El partido demócrata es antiarmas”.

En realidad, Biden no está en contra de la Segunda Enmienda, sino que propone ciertos límites para la compra y portación de armas. Esta idea se ha incrementado tras varios episodios de matanzas cometidas por gente que tenía un arsenal en su casa, casi siempre comprado legalmente. Rick dice que las armas son útiles, que esos episodios son excepciones de gente malvada y es partidario de dar pistolas y fusiles a los maestros y administrativos en las escuelas para repeler a los asesinos.

El cielo de fondo sobre el mural titulado “Saludo a la historia militar de Battle Creek”.

Cuando se le pregunta a Joel sobre las milicias revela que en Battle Creek “hay muchas” y que, de acuerdo a la concepción de los Padres Fundadores, son personas que pueden ser convocadas para defender al país cuando sea necesario. “Hay milicias organizadas, hay hombres que entrenan y se reúnen para entrenar. La mayoría son personas decentes. Solo hay algunos que son extremistas y nadie concuerda con ellos. Se supone que en este país tenemos el derecho de estar organizados, entrenados y contar con armas y municiones. Si tenemos que defendernos entre nosotros, nos tenemos que defender”.

El dice no ser miembro de ninguna milicia, aunque resalta: “No lo soy, pero tengo mis armas de fuego y, si tengo que salir, estoy preparado. Aquí por ejemplo hay hombres de las milicias que son de gran ayuda. Se comunican con radio con la policía o con los servicios de emergencia. La mayoría son gente muy decente”.

Trump se ha negado a condenar a las milicias y grupos supremacistas blancos armados como los Proud Boys y otros. Muchos han salido armados a las calles en las manifestaciones contra el racismo y la brutalidad policial, supuestamente para proteger a los negocios de los saqueos, pero se han enfrentado con manifestantes.

¿Habrá una guerra civil si pierde Trump, como algunos anticipan? “Yo prefiero creer que eso no va a pasar. Prefiero creer que se conservará la tradición de una transferencia pacífica del poder”, dice Joel.

Para el profesor Martínez “lo que pueden hacer estos grupos son actos de violencia, no una guerra civil porque no tienen fondos. Pero podría haber actos de terrorismo”.

Para disparar hay que ponerse auriculares que amortiguan el ruido y anteojos plásticos para protegerse de algún casquillo saltarín. La pistola se carga así, se saca el seguro asá, es mejor que los aprendices la sostengan con las dos manos. Hay que apuntar al pecho del blanco de papel. El dedo tiene que estar siempre fuera del gatillo hasta el momento cúlmine, cuando hay que apretarlo muy suavemente y ¡bang! El coletazo tira hacia atrás, vuela el casquillo por el aire, la bala fue mucho más certera de lo que vaticinaba el nervioso temblor manual.

“¿Y? ¿No es divertido?” “Muchas mujeres dicen que se sienten poderosas”, dice Joel a su interlocutora, que solo tiene ganas de irse de allí y seguir viaje.

Detroit y Battle Creek, Michigan, enviada especial

CB​

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