Cine de terror: radiaciones del miedo argento



El cine argentino de género siempre existió y sus historias son originales y de calidad. A pesar de que los realizadores locales permanentemente lanzan películas de este tipo casi como una resistencia, hasta ahora les resultó difícil ser reconocidos. Sin embargo, su trabajo se está empezando a expandir.

Eso sucedió con Aterrados (2018) de Damián Rugna, cineasta especialista en género fantástico. Fue premiada como mejor filme de terror en el Fantastic Fest, el festival de género fantástico más importante de los Estados Unidos, y participó en muchísimos festivales del exterior compitiendo con películas importantes de la industria. Shudder la adquirió en habla inglesa y Netflix, para el resto del mundo.

Ahora Rugna trabaja en la remake de Aterrados con Guillermo del Toro, ganador del Oscar por La forma del agua. La cuarentena los interrumpió mientras adaptaban la última versión del guión junto con Sacha Gervasi. Mientras tanto, Rugna avanza con Cuando acecha la maldad, proyecto seleccionado para la nueva edición virtual del Festival de Sitges, el encuentro de género fantástico más importante del mundo.

“El juego de las 100 velas” está inspirada en un singular entretenimiento japonés.

Daniel de la Vega, director de Punto muerto (2018), el exquisito filme situado en la década del 40 y filmado en banco y negro (próximamente en Cine.Ar y Contar), espera estrenar Al tercer día, película de terror filmada a fines de 2019, producida por Néstor Sánchez Sotelo, con quien ya realizó Necrofobia, Ataúd Blanco y Soy tóxico. Es la historia de una madre que tiene un accidente en la ruta junto a su hijo. Ella, que no recuerda lo vivido, intenta encontrar a su hijo y en esa búsqueda descubre que el suceso se asemeja a casos policiales que podrían ser resultado de una gran cacería.

Filmada 100% en cuarentena, La parte oscura se vale del found footeg, es decir, imágenes presentadas como vistas a través de la cámara de uno de los personajes. Son 60 minutos de miedo real en una casa antigua donde vive Laura, la protagonista que encarna Clara Kovacic, apodada por sus seguidores como “la chica del terror” por la cantidad de películas del género en las que participó. A Laura le pasan cosas extrañas, como el reflejo de algo desconocido en un espejo mientras mantiene una conversación por chat con sus amigos.

En esta película estrenada en julio en Watch Movies Now!, plataforma de YouTube que consume el público internacional, cada actor se filmó con su dispositivo móvil siguiendo las indicaciones de Max Coronel, su guionista, director y editor. Los diálogos se grabaron por separado y luego se editaron. “La película se produjo de forma poco ortodoxa. Se rodó, escribió y editó en simultáneo”, explica Coronel. La parte más compleja la tuvo Kovacic, quien grabó todas sus escenas primero y a partir de las cuales se configuró el resto. “Fueron importantes las charlas con cada uno en cuanto a luz, sonido y planos ya que iban a estar muy solos en el proceso”, aclara el director.

La genialidad del filme es, sin dudas, la decisión de mantenerlo en un registro naturalista para lograr la identificación del público. Es un miedo que se traslada fácilmente a esta época llena de fantasmas e incertidumbres.

Por su parte, El juego de las 100 velas terminó de grabarse justo antes de que comience la cuarentena, momento en que se hizo la post producción. Está inspirado en un juego japonés en el que se cuentan cien historias y cuando se llega a la última, se abre un portal a partir del cual los espíritus invaden este mundo. “Lo real siempre genera más interés”, aclara Nicolás Onetti, su director y productor.

Fue escrita junto al guionista uruguayo Guillermo Lockhart, quien conduce el famoso programa de TV Voces anónimas en su país. Onetti buscaba ahondar en lo paranormal y lo hizo a través de la productora neozelandesa Black Mandala, con la que trabajó por primera vez en Los olvidados, película del estilo de La masacre de Texas, filmada en Epecuén.

Si bien este filme es independiente, emula las películas de Blumhouse Productions, realizadores de La purga y Sinister. Está filmada dentro de una locación antigua, oscura y lúgubre, al mejor estilo El conjuro, pero con una producción moderna. Hecha en el país pero hablada en inglés, El juego de las 100 velas cuenta con distintas historias conducidas por directores de varias partes del mundo. En una de ellas trabaja Amy Stuart, protagonista de El efecto mariposa y en otra Wallis Barton, actriz de la última película de Actividad paranormal.

Las actuaciones son su gran conquista: cuatro personajes sentados en un círculo de velas cuyas expresiones capturadas en primeros planos logran transmitir terror. El 22 de octubre se estrena en salas de Uruguay y aún están definiendo cuándo será en las pantallas locales.

No hay antecedentes industriales de un filme como El último zombie, sí casos independientes como Plaga zombie de Farsa Producciones. El filme se parece más a las viejas películas de vudús centroamericanos, como Yo caminé con un zombie (1943) de Jacques Tourneur. Se rodó en febrero en un casco de estancias antiguas de la periferia de La Plata, con la suerte de finalizar días antes del aislamiento social. “Jamás hubiera sido aprobada ni financiada por un comité del INCAA hace 7 años”, confiesa Martín Basterretche, su director, guionista y productor. No solo consiguió financiamiento, sino que fue también elegida para el Festival de Sitges.

El director recreó junto con Melina Cherro, co-guionista, ámbitos propios de historias del género fantástico argentino como El gran serafín de Bioy Casares o Los que aman, odian de Bioy y Silvina Ocampo. “Los zombies son la excusa para que las cosas ocurran”, resalta Basterretche. El filme, que se terminará de posproducir en diciembre con vistas a su estreno en 2021, pasa de una situación convencional en un entorno de vacaciones soleado y veraniego a otro de bosques oscuros y neblinosos plagados de zombies. El movimiento es un elemento central que instó a los actores a incorporar coreografías complejas. En las actuaciones de este género hay un límite muy fino en pisar el terreno de lo ridículo, por eso el director cuidó especialmente las expresiones y exageraciones.

Un nuevo impulso

“Buscamos que el cine argentino se reencuentre con el público que supo tener antaño y el camino para lograrlo es el género”, sostiene Basterretche. En el mundo, este tipo de películas se convirtieron en un gran espectáculo al mejor estilo Marvel y las argentinas no lo son. Los subisidios del Estado para realizar una película rondan los USD 300.000, pero a la hora de ver una súper producción norteamericana o una local, las entradas cuestan lo mismo. ¿Competencia desleal?

“No podemos competir con la hegemonía que viene de afuera, pero es un espacio que se empezó a disputar”, reflexiona de la Vega. A partir de diálogos entre directores, productores y guionistas de todo el mundo, se empezaron a estrechar lazos y generar oportunidades. “Hoy el cine se proyecta mirando hacia un público internacional”, destaca Coronel. Esto permite abaratar costos y llegar a un público masivo.

Los tópicos de terror son tan universales como la imagen de una persona frente a un espejo con una vela encendida en sus manos en una noche oscura. Pero hay que ir en busca de historias diferentes sin temer contar desde la mirada propia, con la singularidad de ser argentino.

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