China vs. India: la cuerda floja está (también) en el Himalaya



El sangriento combate en el Himalaya que libraron tropas de China y de la India el lunes último no es un episodio más de la rutinaria conflictividad en la frontera del Himalaya que comparten esas dos potencias nucleares. Esta constatación va más allá de lo obvio. La ferocidad del choque cuerpo a cuerpo en el Valle de Galwan con palos y piedras dejó al menos una veintena de soldados indios muertos y un número no precisado de desaparecidos o capturados según The New York Times. Del lado chino, hasta donde puede contabilizarse, serían cuarenta las bajas entre muertos y heridos, 35 posiblemente las fatales según informes de inteligencia norteamericana que incluyen a un alto oficial.

 Lo que brinda, en verdad, una característica especial a ese combate sin precedentes en 45 años, son las condiciones que lo han hecho posible. El significado geopolítico que encierra no se apagará pese a los anuncios de las dos partes de enfriar un enfrentamiento que es un eslabón nada menor de la lucha por la hegemonía global. Ya en 2017 estos países confrontaron durante 72 días en la meseta de Doklam, en la frontera entre China, India y Bután. No hubo víctimas y, entonces como ahora, ambos gobiernos se comprometieron a evitar una escalada. El episodio actual convierte en una anécdota abstracta aquel antecedente.

India ha sido un socio central de EE.UU. a lo largo de la historia aunque en niveles por momentos críticos, tanto por su avance nuclear que Occidente desconocía como por las necesidades estratégicas de Washington respecto a su vínculo con China, preferente durante la Guerra Fría. Ese trasfondo explica que Washington se haya mantenido distante en la última breve guerra que libraron los dos países en 1962 y que concluyó con un avance significativo de Beijing sobre esos espacios.

La relación se aceitó con la llamada “alianza estrategia global indo-norteamericana” durante el pasado gobierno indio del Partido del Congreso. Pero, con la actual administración de Donald Trump se tornó carnal en proporción directa al enfrentamiento norteamericano con la República Popular. Esta Casa Blanca encontró en Nueva Delhi un referente perfecto en términos ideológicos para esos puentes en el primer ministro ultranacionalista Narendra Modi del partido Bharatiya Janata (BJP). La fraternidad entre los dos países no solo consistió en el fortalecimiento de la cooperación militar. Además incluyó el estímulo para que ese enorme país se constituya en el espacio que eventualmente releve a China como base de las empresas norteamericanas que se instalaron en la República Popular aprovechando sus bajos costos salariales y su descomunal fuerza laboral. En este sentido la población de China de 1.384 millones de habitantes, supera por poco a la de India con 1.296 millones.

Pero esto es solo una parte de lo que debería observarse. Si se rastrea un poco más bajo la superficie surge un encadenamiento de factores que han llevado a este extremo. Apenas una semana antes de los hechos de Galwan, Trump sostuvo una extensa conversación con Modi, cuyos detalles no trascendieron más allá de la agenda obvia del relacionamiento, el factor común contra la OMS, la pandemia que está acorralando al gobierno indio, y China, por cierto. Hubo ahí una invitación para que India se sume a la cumbre sin fecha del G7 de las naciones más industrializadas, a la cual Trump pretende sumar a Nueva Delhi y también a Moscú, el mayor aliado regional de la República Popular. Esas sociedades son relevantes no solo por el factor económico. En términos militares, según la web Global Firepower y el Banco Mundial, China, es el tercer país en el mundo en poderío militar detrás de Rusia y EE.UU. A su vez, con un presupuesto de defensa de 261 mil millones de dólares, va segundo en gasto militar detrás de Norteamérica. En tercer y cuarto lugar, se ubican Moscú, que es hoy una virtual extensión de China, y la India.

La República Popular se aferra, sin mencionarlos, a estos antecedentes del vínculo de su rival con Washington para sostener su versión de que fue la India la que provocó el sangriento incidente al enviar a sus soldados en dos ocasiones hacia el otro lado el límite binacional. Esa frontera inestable está definida por la llamada LAC, Line of Actual Control, que fijaron los dos países después de la guerra de 1962. La otra versión sobre el detonante del conflicto del lunes y que merece atención, sostiene que fue la República Popular la que movió tropas e instaló tiendas más allá de la frontera. En todo sentido ese avance tampoco sería un hecho rutinario. Indicaría una toma de posición, un reto y una reafirmación de su proyecto de influencia, no solo regional.

Hay un factor interno de ese movimiento que nace de la actual circunstancia mundial carente de liderazgos y de la crisis global que generó el coronavirus. El régimen de Xi Jinping busca reafirmar su músculo hacia su propia vereda en momentos que la pandemia ha golpeado a su economía, crece el enfrentamiento con EE.UU. y, presumiblemente, la discusión hacia adentro del régimen. Pero también hay factores externos que marcan el paso. La creciente relación de Nueva Delhi con Washington ha profundizado la histórica alianza de China con Pakistán, la otra potencia nuclear regional que mantiene con India un crónico enfrentamiento desde la partición de 1947 y que tiene como foco la batalla de soberanía en la región de Cachemira.

Manifestantes en la India queman una bandera China. Reuters

Ese escenario se complicó cuando Modi revocó en agosto pasado el estatus autonómico especial de la región bajo su mando de Cachemira y despachó una tropa adicional de 25.000 militares. Esta decisión acabó con siete décadas de política india en ese territorio en disputa al iniciar de facto la anexión de la única región india de mayoría musulmana en la que existe una administración compartida con Pakistán. China tradujo esa decisión como una ofensiva de Nueva Delhi para convertirse, con el guiño occidental, en la potencia regional dominante. Según la BBC, dirigentes del gobierno de Modi llegaron incluso a plantear que se debía tomar lista y llanamente la parte de Cachemira paquistaní porque no habría condena norteamericana.

Hay un objetivo estratégico nítido en esas maniobras y expresiones, no justamente solo contra Pakistán. Por esas regiones pasa una carretera estratégica, la autopista Karakoram, que conecta a China con su aliado. Beijing ha invertido 60 mil millones de dólares en obras de infraestructura en Pakistán, incluyendo esa ruta como parte del llamado Corredor Económico China Pakistán (CPEC), que integra la iniciativa de la Ruta de la Seda. La carretera es clave para el transporte de mercancías desde y hacia el sur del puerto paquistaní de Gwadar que brinda a China un punto de apoyo central en el Mar Arábigo, en la costa suroccidental de Asia.

El CPEC transcurre a través de dos comarcas, Aksai Chin y Gilgit-Baltistan, cuya soberanía, no casualmente, demanda la India. Este es un dato interesante porque China ha buscado con ese emprendimiento multimillonario disminuir la dependencia de sus flujos de comercio internacional por el Océano Indico u otras vías donde la conflictividad con Occidente y el dominio norteamericano ha escalado. Tanto EE.UU. como India buscan precisamente derrumbar esa opción para aumentar su capacidad de contener el desarrollo comercial de la República Popular. Para Nueva Delhi es un pasaporte para fortalecer su posición regional. Para Washington, se trata de una lógica permanente de poder en la disputa por la hegemonía, un factor que excede al actual gobierno de Donald Trump.

Comparación entre las fuerzas militares indias y chinas – AFP / AFP

Hay una dimensión adicional que importa en este litigio. China e India comparten regímenes nacionalistas. Esa condición tiende a acentuar sus aristas más peligrosas en escenarios sociales complicados como el actual. Hace pocas horas, la agencia Fitch rebajó a un solo peldaño de bono basura la perspectiva de solvencia de India cuya economía se encogerá casi 5% este año con un torrente de desocupados debido al parate que impone la pandemia. Un escenario parecido al que experimenta China. Desde las épocas florentinas las inyecciones de nacionalismo por vía de un factor externo, eran el jarabe recomendado al príncipe para encubrir las tensiones internas. El riesgo es que el descontrol se balancea en esa misma cuerda floja.​ © Copyright Clarín 2020

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