Carta de amor bailada a Nueva York



Cuando se trata de una obra digital site-specific, es decir, creada para una ubicación determinada, la línea que divide la danza en una película y el filme publicitario de un perfume se hace muy delgada. Resulta desalentador decir que en el Festival de Obras Nuevas del Ballet de la Ciudad de Nueva York (disponible en nycballet.com) hay mucha eau de ballet.

Es admirable que la compañía haya logrado presentar una nueva obra durante la pandemia, con cinco cortometrajes que utilizan como escenario el campus del Lincoln Center (hace poco el Ballet canceló sus temporadas de invierno y primavera). Pero lo que se puede hacer fustigando el aire con el cabello y salpicando el agua, con montículos de césped y tomas aéreas de ensueño tiene límites.

La compañía salió de su burbuja habitual y les encargó coreografías a Sidra Bell, Andrea Miller y Jamar Roberts, que trabajaron con los bailarines por primera vez, así como a Pam Tanowitz y Justin Peck, coreógrafa residente y asesor artístico del ballet de la ciudad respectivamente.

Pero lo que ocupa el centro de la escena más que la coreografía es la realización cinematográfica. El trabajo de cámara, a la vez frenético y muy elaborado, se interpone en el camino de la danza creando una fluidez –y una uniformidad– que pronto llega a cansar. Todos los cortometrajes excepto uno fueron dirigidos por Ezra Hurwitz (con fotografía de Jon Chema). Justin Peck, con Jody Lee Lipes como director de fotografía, tomó a cargo el suyo.

Así como la coreografía necesita un punto de vista, cada sitio determinado requiere un propósito. Una de las obras, “Solo para Russell: Sitios 1-5”, parece tener una razón para usar el Lincoln Center como escenario. Coreografiada por Pam Tanowitz con Russell Janzen –ejemplo inusual de honor otorgado a un bailarín en el mundo del ballet–, la pieza presenta al imperturbable Janzen caminando decidido de un lugar a otro, a veces con un rollo de suelo anti deslizante para bailarines bajo el brazo, otras veces cambiándose el vestuario (diseñado por Reid Bartelme y Harriet Jung).

En una repetición, de la clavícula de Janzen caen cintas azul pálido y amarillo hasta una de sus piernas. Él ya es en sí escultural, pero sobre el escenario con la concavidad acústica del Parque Damrosch, el efecto estatuario de la tela y la imponente estructura lo transforman en un monumento de otras épocas. (¿Es eso en lo que se ha convertido un bailarín en la era del coronavirus?).

Estoico y decidido, Janzen adquiere la condición de ser el último hombre en la tierra. Las tomas compaginadas del movimiento –un lento paseo con una pierna sostenida en cuclillas, un rápido giro con un brazo levantado– son realizadas por la música escalofriante de Alfred Schnittke para transmitir en conjunto una sensación de resignación y demencia. En lugar de mostrarnos una danza completa, Tanowitz presenta algo más intrigante y, dado nuestro estado emocional, identificable: fragmentos de una danza.

La “pixelación dentro de una ola” de Sidra Bell, con partitura original de su padre músico de jazz, Dennis Bell, cuenta con un elenco Ghaleb Kayali, Mira Nadon, Emily Kikta y Peter Walker– que rebota entre tomas de paisajes que los vuelven diminutos y primeros planos que tienden a lo precioso. Trabajando con las líneas y las formas de los bailarines mientras se cruzan y yuxtaponen contra la arquitectura del sitio –en determinado punto, un prado de césped elevado sobre un sendero de hormigón– las formas cinceladas de Bell resultan aleatorias debido a todos los cortes rápidos de las tomas; en lugar de la tensión fría que parecería estar buscando ella, se percibe ajetreo.

La “nueva canción” de Andrea Miller, con música del cantante chileno Víctor Jara, adquiere más fluidez con el desplazamiento de Harrison Coll, Indiana Woodward, Unity Phelan y Sebastián Villarini-Vélez desde la plaza hasta la arboleda y el agua de la piscina para niños del centro de la Plaza Hearst. Normalmente, el trabajo de Andrea Miller parece estar vinculado a Ohad Naharin, el coreógrafo israelí para quien bailó anteriormente; esta vez, es Pina Bausch. Pelo. Vestidos largos. Queda claro.

La emotividad de esto, sin embargo, abre algo en Unity Phelan, que se suelta de un modo como no se la había visto antes. Pero todo es demasiado formal: los bailarines entran caminando en grupo en el agua donde, después de que la cámara se dispara hacia arriba, se salpican el pecho con sentimiento.

La piscina es un lugar tentador y también Jamar Roberts recurre a ella para su “Rito del agua”. Lo más impresionante aquí es el solista, Victor Abreu, integrante del cuerpo de ballet, que siempre me ha parecido tener cierto punto vulnerable: la mirada de un niño atrapado en el cuerpo de un hombre.

Pero tanto en este cortometraje como en el de Andrea Miller, la utilización de la piscina surge como algo obvio y fácil; no dejo de pensar en Eiko y Koma, artistas de la danza japoneses –y maestros de las obras site-specific– que actuaron aquí en 2011 y utilizaron la piscina reflectante, en parte como forma de explorar el sentimiento de rendición.

Peck sucumbe a otra cosa en “Gracias, Nueva York”: el sentimentalismo. La obertura exhibe imágenes de la ciudad junto con retratos en video del reparto –Georgina Pazcoguin, Christopher Grant, Sara Mearns y Taylor Stanley– que expresan en off su amor por la ciudad.

El grupo se da manija, mirando fijamente a la cámara de manera persistente o llevando la vista al infinito. Todo intercalado a lo largo de imágenes de la línea del horizonte de edificio, la Estatua de la Libertad, una calle de restaurantes al aire libre. Y después se pone peor. Comienza la música: una versión reelaborada de la canción “Thank You, New York” de Chris Thile.

Los bailarines se sueltan en diferentes lugares: en Riverside Park, Taylor Stanley se balancea de un lado a otro mientras hace pausas para levantar ojos y brazos al compás de la empalagosa letra de “Reaching Up For Stars That We’ll Never See”. Christopher Grant se desliza por canchas de handball en el Parque del Puente de Brooklyn con ferviente juego de piernas mientras Georgina Pazcoguin, en la cúspide del teatro de la compañía en el Lincoln Center, se precipita hacia a una esquina del techo y contempla fijamente la Metropolitan Opera: tan cerca y sin embargo tan lejos.

Pero esta película no es un guardián de la cápsula del tiempo de la pandemia. Es otro ballet de zapatillas de danza de Justin Peck a la manera de Jerome Robbins, aunque sin su mano tan sutil. A mitad de camino pasa involuntariamente a ser de golpe una comedia a medida que la letra sigue adelante: “Gracias, Nueva York, ¿puedo volver a bailar contigo durante estos vientos de cambio?”.

La música produce un traumatismo de canción pegadiza. (Y por alguna razón, tampoco puedo sacarme de la cabeza el “Welcome to New York” de Taylor Swift). Pero mientras que los sentimientos que hay detrás del cortometraje de Justin Peck son claros –extrañamos Nueva York y extrañamos la danza– esta carta de amor no funciona. 

© The New York Times Traducción: Román García Azcárate

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