Campeones mundiales de estadísticas truchas



A falta de títulos mundiales en el fútbol, que se niegan desde hace 34 años, la Argentina bien se puede vanagloriar de ser el campeón mundial de las estadísticas truchas. Cuando se trata de elaborar cifras oficiales, la sociedad activa de inmediato el reflejo de la sospecha. Y, tarde o temprano, esa desconfianza se ve recompensada por la realidad. Impensable que esto ocurra en tiempos de internet y de los algoritmos a los que nada se les escapa.

Uno de los mayores atentados a la credibilidad del Estado se produjo a partir de 2006. A fines de ese año, Néstor Kirchner comenzó a preocuparse por la suba de la inflación y no encontró mejor solución que apoderarse del Indec. Fue reemplazando a sus técnicos por militantes políticos para que los índices ocultaran el aumento del costo de la vida. En las páginas de Clarin, Ismael Bermúdez fue uno de los periodistas que mejor revelaron ese proceso que convirtió al respetado Instituto Nacional de Estadísticas y Censos en una unidad básica del kirchnerismo.

Una década después, el entonces ministro de Economía, Axel Kicillof, llevó esa modalidad a un extremo nunca antes alcanzado. Cuando la pobreza comenzó a subir sin freno, directamente anuló la medición de los pobres en la Argentina. “Contar la cantidad de pobres es estigmatizante”, dijo el hoy gobernador, sumando una frase indeleble al catálogo de los despropósitos nacionales.

Mauricio Macri eligió cuando llegó a la presidencia a Jorge Todesca para normalizar la situación en el Indec.

La asunción del economista peronista Jorge Todesca, nombrado por Mauricio Macri, trajo un poco de alivio a la caída del Indec y, poco a poco, comenzó a restaurarse la confiabilidad de las estadísticas con el regreso de algunos de sus mejores técnicos. Alberto Fernández nombró a Cecilia, la hija de Todesca, como vicejefa de gabinete y el Gobierno ha tenido hasta ahora la prudencia de no repetir aquel error de Kirchner. Y las cifras de la tremenda suba de la pobreza conocidas la semana pasada permiten mantener mantener la confianza en la medición.

De todos modos, que no se hayan animado a vulnerar otra vez el trabajo del Indec no significa que las estadísticas gocen de buena salud en la Argentina. Y el ejemplo más lamentable es la recopilación de datos sobre contagios y muertes por el coronavirus. El anuncio del ministro de Salud bonaerense, Daniel Gollan, admitiendo un faltante de más de 3.500 muertos en las cifras totales de víctimas puso en blanco sobre negro lo que buena parte del poder comentaba hasta ahora en voz baja. Que los números oficiales no estaban reflejando la exacta gravedad de la pandemia en el país.

“Están perreando los números”, era el comentario extendido entre los intendentes del conurbano bonaerense, los opositores pero también muchos peronistas. Argentina no era entonces ese país cuyo presidente se burlaba de la cantidad de contagios y muertes que tenían al principio de la pandemia Suecia, Chile o Uruguay. Los números reales comienzan a mostrar que, a pesar de la cuarentena más extendida del planeta, estamos tan o más complicados que el resto. Con doscientos días de aislamiento que congelaron la economía, las proyecciones de víctimas fatales argentinas señalan que, al final del camino, podríamos superar las cifras calamitosas de Rusia, España o Italia.

El anuncio de Gollán fue hace dos semanas. Sin embargo, esos más 3.500 muertos bonaerenses que habían quedado en el limbo de la ineficacia o de la manipulación no se sumaron de una vez a la lista de víctimas. Se fueron sumando de a decenas cada día para retrasar lo inevitable. Que la Argentina traspasara demasiado rápido la barrera psicológica de los 20.000 muertos y se sumara al indeseado club de los países con récords de víctimas fatales.

Pese a las críticas que le llovieron desde todos los sectores políticos, Gollan jamás pensó en renunciar ni ensayó mea culpa alguno sobre las imprecisiones a la hora de contabilizar los muertos por coronavirus en la provincia de Buenos Aires. Todo lo contrario. Este martes apareció en una conferencia de prensa y desempolvó una vez más el manual del alumno bonaerense peronista. Intentó trasladarle el costo político de los desastres aritméticos al gobierno porteño de Horacio Rodríguez Larreta.

“Esto va a seguir así porque la Ciudad todavía no tiene los sistemas informáticos de la Provincia; le pusieron gente para ayudar a la carga y aún así no tienen la posibilidad de hacerlo al día como nosotros”, se ufanó el mismo ministro de un territorio sin capacidad para hacer testeos masivos y sin capacidad hospitalaria para abastecer a toda su población. Eso sin contar los altísimos niveles de inseguridad y el incontenible fenómeno de las tomas de tierras producto de la ausencia del Estado bonaerense que no pudieron resolver cuatro años de gobernación de Cambiemos, cuatro con un gobernador radical pero, sobre todo, la sumatoria estéril de casi veintinueve años de gobernaciones peronistas. Quien quiera oír que oiga.

Gollan no se detuvo allí. Como si el manejo de las cifras de los muertos bonaerenses fuera una demostración de eficacia, dobló la apuesta. “Dimos una respuesta extraordinaria pero algunos la transformaron en un dato negativo; terminemos con la politiquería barata, es de la calaña más baja”, cerró ensoberbecido el ministro al que más critican en el Instituto Patria. El larretismo, que reconoce una demora en la carga de datos de entre cinco y seis días, prefirió no salir a responderle de inmediato. “Cada frase de Gollan nos hace subir medio punto en las encuestas”, se entusiasman. Habrá que ver si no es demasiado optimismo.

La Argentina, un país que no logra construir políticas de Estado en casi ningún tema a excepción del crecimiento de la pobreza o el de la inflación, tendrá en algún momento que consensuar la formación de equipos capacitados que puedan planificar y ejecutar censos realmente confiables. Además de contarlos con exactitud, los muertos por el coronavirus que el Estado no pudo salvar deberían tener el homenaje mínimo de un modelo estadístico preciso y despolitizado que nos ayude a saber al menos adónde estamos parados.

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