Barbijo, distancia y más: ¿hasta cuándo habrá que mantenerlos?



La pandemia de gripe A H1N1, en 2009, funcionó como una especie de entrenamiento. Fortaleció la importancia de la higiene de manos, de toser y estornudar en el pliegue del codo y de ventilar ambientes. Una década después, la pandemia de Covid-19 provocada por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 obligó a profundizar esas medidas y a incorporar otras casi inéditas en la población argentina y de buena parte del mundo: el uso de barbijos caseros en lugares públicos, el distanciamiento físico, la desinfección de objetos. ¿Llegaron para quedarse?

La salida del aislamiento preventivo obligatorio –la famosa cuarentena- ya es una realidad en gran parte del país y en muchos que lograron controlar la transmisión del virus, lo que marcó el ingreso a la “nueva normalidad”. En ese contexto, todavía sin vacuna ni tratamiento efectivo, lejos de relajarse, las medidas preventivas adquieren una relevancia mayúscula, ya que el mayor contacto entre personas favorecido por el regreso paulatino a las actividades y a las reuniones sociales incrementa el riesgo de rebrotes en algunas áreas o de que se registren casos donde nunca se habían reportado.

“Es importante pensar en la nueva normalidad gradual, pero todavía tenemos una situación muy difícil y apremiante con la pandemia en varios países de América Latina y en Argentina”, afirma a Clarín el epidemiólogo Ariel Bardach, director del Centro de Investigaciones en Epidemiología y Salud Pública (CIESP) del Instituto de Efectividad Clínica y Sanitaria (IECS).

“El lavado frecuente de manos, el distanciamiento físico entre personas, la restricción de viajes y de reuniones de varias personas, en mi opinión, son medidas que llegaron para instalarse, no solo aquí sino globalmente. Es trascendente que en la nueva normalidad, a pesar de que se vayan flexibilizando varias restricciones actuales, conservemos los nuevos hábitos adquiridos, así como evitar hablar cara a cara en ambientes cerrados, no estar en lugares con pobre ventilación o con muchedumbres, o aglomeración de personas”, añade el también investigador del Conicet.

El lavado de manos tiene una adhesión muy alta, según el IPRIS.

Coincide el infectólogo Pedro Cahn, integrante del comité asesor del Ministerio de Salud y de la Presidencia: “Lo que seguro llegó para quedarse es el lavado de manos. El conocimiento que adquirió la gente de la necesidad de mantener limpias las superficies creo que se va a mantener, así como la idea de que los ambientes hay que ventilarlos todo lo que sea posible. No creo que sigamos el resto de nuestras vidas con barbijo, pero probablemente durante un tiempo lo vamos a tener que mantener. Y aún habiendo salido de la cuarentena deberemos mantener el distanciamiento social, el metro y medio en las filas del supermercado, en los negocios. Hay cosas que llegaron para quedarse”.

La clave estará en que la adherencia a esas medidas se mantenga el tiempo que sea necesario. El 80% de los casi 5.000 entrevistados entre abril y mayo en el marco del Índice de Propensión al Riesgo en Salud (IPRIS), desarrollado por la Fundación Bunge y Born, afirmó lavarse las manos con mayor frecuencia que antes. La práctica, sostienen los investigadores, tiene una adhesión muy alta en todas las franjas de la población y sin variaciones temporales o interprovinciales.

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La evidencia sustenta la efectividad de las medidas. Bardach menciona una revisión sistemática “muy exhaustiva” de estudios científicos publicada recientemente en la revista The Lancet que mostró que la transmisión de virus es casi hasta 5 veces más baja con una distancia física de 1 metro o más comparada con distancias menores; mientras que una separación de más de 2 metros podría ser todavía más efectiva. “El uso de barbijos quirúrgicos tanto en los trabajadores de la salud, como en la comunidad reduce también más de 5 veces el riesgo de infección en relación a no usarlos. La protección ocular también resultó ser muy importante como medida complementaria y se asoció a menores tasas de infección”, precisó.

No obstante, la recomendación oficial es que el uso de barbijos profesionales quede reservada a los profesionales de la salud y se incentiva la utilización de tapabocas caseros en la comunidad. De hecho, la Organización Mundial de la Salud actualizó su postura respecto de las mascarillas en población general: pasó de no cuestionar a los países que lo habían dispuesto a recomendar su uso en zonas en las que se registre transmisión generalizada y el distanciamiento social no sea posible como parte de una estrategia integral (ya que no reemplaza a las otras medidas).

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Sin fecha de vencimiento

¿Hasta cuándo habrá que mantener estos hábitos de pandemia? La pregunta no tiene respuesta clara todavía. “Si bien existen varios modelamientos matemáticos y epidemiológicos para los distintos países e incluso para la Argentina que predicen la dinámica de la epidemia en relación a varios aspectos sanitarios, continúa siendo difícil predecir hasta cuándo será necesario cumplir con este tipo de medidas preventivas. Es verdad que son incómodas y difíciles de implementar, pero hay que comprender que virus está entre nosotros, camina quizás con el que tenemos al lado. En la medida en que le damos oportunidad, el virus va circulando y todos podemos enfermarnos. Somos una población susceptible”, advierte Bardach.

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En la misma línea, María Soledad Santini, directora del Centro Nacional de Diagnóstico e Investigación de Endemo Epidemias (Cendie) -que integra la ANLIS-Malbrán- sostiene que, dado que la dinámica de los casos en el Área Metropolitana de Buenos Aires es “muy distinta” a la del resto del país no se puede pronosticar hasta cuándo deberán mantenerse las normas. “No obstante –añadió a Clarín la investigadora del Conicet- es oportuno recordar que la higiene respiratoria y de manos deben realizarse siempre, fuera de la coyuntura de la pandemia”.

Cahn, en tanto, hace hincapié además en la necesidad de poner en agenda una demanda postergada, que considera una obligación no sólo moral, sino también sanitaria. “Hay que resolver de una vez por todas el problema de la gente que está viviendo en condiciones miserables, sin acceso al agua, sin redes cloacales, sin un techo digno. Porque si no la pregunta será cuándo y dónde va a ser la próxima epidemia”.

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Mejor al aire libre

Julia Marcus, epidemióloga de enfermedades infecciosas y profesora asistente en el Departamento de Medicina de Población de la Escuela de Salud de Harvard considera en un artículo publicado en The Atlantic que, en el marco de la salida de las cuarentenas estrictas en el mundo, es importante pensar en un plan de “reducción de daños” para el coronavirus, en que los expertos puedan ayudar al público a diferenciar entre actividades de mayor y menor riesgo.

“Los entornos cerrados y abarrotados, especialmente con contacto prolongado y cercano, tienen el mayor riesgo de transmisión, mientras que la interacción casual en entornos exteriores parece ser mucho menor”, afirma. Incluso al aire libre, sostiene, se deben usar barbijos o mascarillas, respetar la distancia física, la higiene de manos, y no compartir comida, bebida ni cubiertos.

“Si bien las estrategias de prevención y control hay que estratificarlas según los grupos a los que estamos tratando de llegar, e incluso el territorio en el que se habita, el aire libre siempre es bueno, incluso en invierno”, señala Santini, que es también presidenta de La Red Argentina de Investigadoras e Investigadores de Salud (RAIIS).

Desde el lunes 8, el 85% del país pasó al Distanciamiento Preventivo Obligatorio (DISPO), que habilita la realización de reuniones de hasta 10 personas, sin que se supere el 50% del lugar. En el AMBA y en otras áreas del país con transmisión comunitaria del virus esos encuentros no están permitidos.

Al aire libre, manteniendo distancia y con barbijos el riesgo es menor que en entornos cerrados /Germán García Adrasti.

Para Bardach, que acuerda en que los ambientes al aire libre son más seguros que los espacios cerrados, las nuevas reuniones sociales “durante un tiempo prolongado deberían ocurrir con un número restringido de miembros y también acortando tiempos de reunión”. Asimismo, considera que muchas reuniones sociales que no son imprescindibles continuarán virtuales. “Las reuniones masivas, en las que no se puede garantizar el distanciamiento, son las grandes diseminadoras de la infección, por lo que probablemente no sean recomendables hasta que los niveles de circulación del virus sean realmente muy bajos”.

Los adultos mayores serán los que con seguridad más tardíamente se incorporarán a la nueva normalidad, prevé. “Habrá que apelar a la responsabilidad personal de cada ciudadano, y entender que nos tenemos que cuidar siempre a nosotros y al otro, sin distracciones y particularmente en los contactos con este grupo de la población, a quienes les va peor con Covid. Es preciso extremar las medidas preventivas en las interacciones. En muchas ciudades menos densamente pobladas se puede brindar esparcimiento al aire libre y otras actividades para ellos.”

—¿Sin inmunidad de grupo ni vacuna, se puede pensar en un punto medio que no implique cuarentena estricta ni vieja normalidad a la que estábamos acostumbrados sin que genere un aumento acelerado en el número de casos?

—Hay que considerar otros daños que también existen en todas las esferas, por ejemplo la salud que se está perdiendo (mental y física) por la población que no se controla, o no se opera, o no busca los medicamentos, no se diagnostican enfermedades, la gente no dona sangre. Por atender los pacientes con Covid, no podemos desatender el panorama de general de los problemas de salud, sobre todo para las enfermedades que causan mayor carga como cardiovasculares, mentales y oncológicas. Por esas razones pienso que se puede pensar en ciclos de flexibilización y reajuste en la medida en que no se sature la oferta de atención, a partir de considerar cuestiones como el tiempo de duplicación de casos, el número de casos activos, muertes y necesidades de camas y respiradores de terapia intensiva. También en segmentar la intensidad de la cuarentena, pensando en proteger grupos vulnerables sin vulnerar sus derechos, concluyó el epidemiólogo.

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