Arriesgarse al contagio o morir de hambre, el dilema en el peor epicentro del virus en México



IZTAPALAPA, MÉXICO — El hombre del puesto de verduras junto al de Christopher Arriaga murió primero. Un cliente de mucho tiempo fue el siguiente, luego otro. Unos días después, un anciano vendedor de zanahorias se enfermó y murió en una semana.

Pronto, el coronavirus dejaba sentir su embate en los vastos pasillos de la Central de Abasto, el mayor mercado de hortalizas del hemisferio occidental, y el padre de Arriaga también cayó enfermo. Murieron docenas, quizás cientos, de personas en el mercado.

“Hay este momento en el que empiezas a ver morir a la gente, y el estrés comienza a destruirte”, dijo Arriaga, de 30 años. “Me hizo darme cuenta de cómo se siente un animal atrapado”.

Muchas personas en la Central de Abasto pasarían hambre si no trabajaran. Foto: Daniel Berehulak/ The New York Times.

Los médicos y los funcionarios dicen que la oleada de infecciones casi los rebasó, extendiéndose lejos del mercado a zonas de toda la ciudad y más allá. Se convirtió en el epicentro del epicentro, el aglomerado corazón de un barrio que ha registrado más muertes de Covid que cualquier otra parte de la capital que es, a su vez, el centro de la crisis nacional.

Ninguna parte del mundo ha sido tan devastada por la pandemia como Latinoamérica. Y, a diferencia de Europa, Estados Unidos y muchas otras regiones, el brote en Latinoamérica no ha golpeado en oleadas.

Golpeó furiosamente en la primavera y ha continuado. Para la primera semana de septiembre, los 10 países con mayor número de muertes per cápita estaban en Latinoamérica o el Caribe.

Aquí en Iztapalapa, un barrio en el sureste de la Ciudad de México, quedó claro desde el principio que el virus golpearía con fuerza. Es el más populoso y densamente poblado de todos los distritos de la capital mexicana, con unos 2 millones de personas apiñadas en 115 kilómetros cuadrados.

Con el paso de los meses, el escepticismo entre personas como Arriaga —los trabajadores que alimentan a gran parte de la nación— se convirtió en conmoción y, finalmente, en resignación, al fallecer vecinos, amigos y seres queridos.

Los funcionarios de Ciudad de México, temerosos de que el gobierno federal subestimara la epidemia, comenzaron a calcular las pérdidas por su cuenta. En cuestión de semanas, reconocieron que las muertes en la capital eran tres veces más altas que lo que se le decía al público.

Crisis sanitaria y económica sin precedentes

Hoy, México tiene la cuarta tasa de mortalidad más alta del mundo, con unas 90 mil vidas oficialmente perdidas a causa del virus. Los expertos dicen que el número real puede ser decenas de miles más.

En Iztapalapa, el virus dejó pocas vidas inafectadas. La hambruna acechó a personas que nunca se habían considerado pobres, y los rituales que unieron a la comunidad durante generaciones fueron suspendidos, incluyendo el Vía Crucis, una de las mayores celebraciones católicas de Latinoamérica y escenificado anualmente desde 1843.

Para la gran mayoría de la gente, el riesgo de enfermedad o muerte simplemente se ha convertido en el precio de la supervivencia.

Ahora la región se prepara para una de las peores crisis económicas del mundo. Las viejas heridas de la desigualdad se están agravando y las Naciones Unidas afirma que unos 45 millones de personas engrosarán las filas de la pobreza. Algunos funcionarios se preparan para una década perdida.

El gasto del gobierno para contrarrestar la pandemia en México es uno de los más bajos del mundo, lo que probablemente condenará a millones de personas a dificultades continuas y que, según numerosos economistas, son innecesarias.

Los intentos de Arriaga por mantenerse alejado del mercado sólo duraron un mes, antes de gastar los ahorros de toda su vida y volver a trabajar con miedo.

“No me queda nada”, dijo durante un fin de semana reciente, preparándose para otra larga noche en el mercado. “Es salir y enfrentar al virus, o sentarse aquí y morir de hambre”.

Un epicentro dentro del epicentro

No importa cuán grave ha sido el brote, el mercado nunca cerró completamente. México lo necesita demasiado.

La Central de Abasto abarca 3.1 kilómetros cuadrados, con pasillos interminables de frutas y verduras que abastecen al 80 por ciento de la Capital y al 30 por ciento de la nación. Todos los días llegan camiones de prácticamente todos los rincones del País, transportando aguacates, melones, piñas y cebollas por toneladas.

Cuando la epidemia comenzó en México, en marzo, más de 100 mil personas trabajaban allí —comerciantes, compradores, conductores, limpiadores— e incluso un mes después, casi nadie en el mercado llevaba cubrebocas.

Pero el tráfico peatonal disminuyó hasta casi detenerse, provocando más ira por la pérdida de negocio que precaución. Los funcionarios habían colgado carteles advirtiendo sobre el Covid-19 e instado a los trabajadores a que reportaran casos. Al principio, la mayoría los ignoró.

“Creo que se lo inventaron para subir los precios a los pobres”, dijo Arriaga sobre el virus, mientras subía un costal de 23 kilos de ejotes en un estante. “No sería la primera vez”.

Su vecino, que vendía cestas de alcachofas crudas, asintió con la cabeza.

“Mira alrededor”, dijo. “¿Ves a alguien aquí muriéndose?”.

Muchos lo harían, muy pronto. En mayo, las autoridades estimaron que una de cada 10 personas que tuvieron que ser intubadas con ventiladores en la Ciudad de México había estado en el mercado.

Para fines de abril, un brote a toda ley tenía preso a Iztapalapa, y las noticias locales comenzaron a calificarlo como el lugar más afectado de todo México.

Pero mientras algunos de sus competidores habían cerrado, María de los Ángeles Aquino Ramírez estaba de pie ante un caldero hirviendo, meneando menudo, un popular caldo que vendía afuera de su carnicería, con la esperanza de aguantar lo más posible.

“No podemos darnos el lujo de cerrar”, dijo.

Los cubrebocas seguían siendo la excepción entre los cientos de personas en la calle. Aquino Ramírez llevaba uno, pero más que nada para evitar ser molestada por los funcionarios. El Gobierno local estaba tomando las cosas en serio.

De la negación a la desesperación

Pero la desinformación era tan rampante como el virus mismo.

El celular de Aquino Ramírez estaba lleno de videos enviados vía WhatsApp que decían que el virus era una conspiración china y que el cloro era una cura. Hasta el presidente Andrés Manuel López Obrador formuló sus propias teorías, afirmando que tener la conciencia limpia ayudaba a prevenir la infección.

Así que los funcionarios tomaron una medida drástica, justo lo que Aquino Ramírez y su marido habían temido. La gigantesca Central de Abasto permaneció abierta, pero los mercados al aire libre de Iztapalapa —los 354— fueron suspendidos durante un mes, propinando un duro golpe a los pequeños comerciantes como Aquino Ramírez y otros 40 mil trabajadores en el barrio.

Su vecino en el mercado, Eusebio Galván Arreola, estuvo a punto de desmayarse cuando escuchó la noticia. “No tengo forma de sobrevivir”.

Los pasillos vacíos olían a cloro y fruta agria. Trabajadores de salubridad recorrían el lugar en trajes blancos de Tyvek, dispensando gel y gritando en megáfonos que los jóvenes, los viejos y los enfermos se fueran a casa.

En mayo, la Central de Abasto estaba escalofriantemente vacía. Sólo quedaban los trabajadores necesarios para alimentar a la nación. El virus se había filtrado a las áreas circundantes —en una sola calle, justo detrás del mercado, al menos 40 personas murieron por infecciones de Covid.

La policía vigilaba las entradas, tomando la temperatura y trabajadores del sector salud realizaban pruebas a los comerciantes.

Entre éstos, la negación había cedido el paso a la desesperación. Pedro Torres, el presidente del sindicato de productores de frutas y verduras, dijo que 50 personas que conocía habían muerto para finales de mayo.

El esposo de Aquino Ramírez se enfermó, pero siguió trabajando a pesar de la fiebre y los dolores. Otros dependían de él y no podía permitirse el lujo de descansar.

En vista de que la mayoría de los otros vendedores de carne no estaban dispuestos a arriesgarse a quedar infectados, a Aquino Ramírez le fue más o menos. Y eso era mejor que la mayoría.

Su vecino, Galván Arreola, alimentaba a su familia con sólo 25 dólares a la semana, reduciéndolos a arroz y frijoles.

“No tienes idea de lo que se siente no poder alimentar a tu familia”, dijo. “Nunca pensé que se pudiera poner tan mal en México”.

El sentimiento era cada vez más común en Iztapalapa.

Una aceptación de la nueva realidad llenó Iztapalapa: el coronavirus es un riesgo necesario, y la recompensa por correrlo simplemente es sobrevivir.

Aquino Ramírez volvió a poner la mesa frente a su carnicería y vende tacos, dulces y menudo. Pero las muertes diarias por el virus siguen siendo tan altas como en junio y la pandemia ha cobrado tantos medios de vida que, de todos modos, pocas personas pueden comprar mucha carne.

“Ahora sólo tenemos que sobrevivir”, dijo Aquino Ramírez.

© 2020 The New York Times

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