Andrew Leatherbarrow: “La forma en que el coronavirus ha vaciado las calles recuerda a Chernobyl”



Andrew Leatherbarrow aún no había nacido cuando ocurrió el desastre nuclear de Chernobyl. Y sin embargo, desde que conoció su historia, a este diseñador escocés nacido en 1987 en Aberdeenshire, plena campiña en el norte de Escocia, el tema se le hizo obsesión. ¿Una ciudad abandonada por un accidente nuclear? Estaba impactado por la historia, por el devenir de ese lugar, por las conocidas imágenes de la icónica chimenea de ventilación del reactor número 4 de la central nuclear de Chernobyl que explotó en la madrugada del 26 de abril de 1986 y se convirtió en el peor accidente nuclear de la historia. 

Fue en 2011, mientras miraba imágenes de aquella catástrofe en un foro fotográfico que se topó con el anuncio de un viaje a la “zona de exclusión”. No lo dudó: pidió plata prestada y viajó. Pese a continuar como región segregada de Ucrania (antes territorio de la Unión Soviética) y bajo significativos efectos de radiación, la zona se convirtió en los últimos años en uno de los atractivos turísticos de ese país, y, a riesgo de que a los visitantes les veten el ingreso, al personal de migración del aeropuerto no hay ni que mencionarle la palabra Chernobyl. “¿Es que todos los extranjeros vienen a Ucrania por Chernobyl?”, se pregunta el autor del libro Chernóbil. 01:23:40, de reciente publicación en el país (Duomo Nefelibata, $1.100) y uno de los textos –junto a Voces de Chernobyl, de la Nobel Svetlana Alexievich– en el que se basó la exitosa serie Chernobyl, emitida por HBO el año pasado.

En este punto, Leatherbarrow se manifiesta contento de que la serie de televisión haya presionado al gobierno ucraniano para destinar más fondos a los trabajadores que intervinieron en la limpieza de la zona después de la explosión. Su libro está formado por trece capítulos en los que intercala la explicación desmenuzada y técnica sobre lo ocurrido aquella fatídica noche y los devastadores efectos de la radiación –por paradójico que pueda parecer, afirma, la energía nuclear es de las más seguras y ecológicas–, un desmenuzado recorrido por las investigaciones sobre la catástrofe y sus antecedentes –por ejemplo, no hay una cifra consensuada de víctimas– y el relato de su visita a Pripyat, la ciudad, a tres kilómetros de central nuclear, en donde vivían los trabajadores y sus familias, y que debió ser evacuada tras el accidente.

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En rigor, son las fotos de Pripyat abandonada y no de Chernobyl –cuyo reactor está tapado con un sarcófago que se visualiza desde la ciudad fantasma– las que estremecen al mundo por lo desolado y trágico: los autitos chocadores, la muñeca a la que un fotógrafo con afán dramático le colocó una máscara de gas, el estadio de fútbol, las camitas del hospital, el jardín de infantes, la pileta de natación, los edificios de concreto estilo soviético, la rueda de la vida nunca estrenada en el parque de diversiones. Sin información sobre lo que ocurría y sin armar las valijas, cerca de 50 mil personas debieron abandonar sus hogares en 1986: fueron recibidas como parias en las ciudades a las que llegaron después del obligado éxodo. Chernobyl toma su nombre de una pequeña ciudad a 4 kilómetros de la central, que en su momento fue desalojada y más tarde reconstruida: allí viven en la actualidad unas 700 personas.

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Leatherbarrow no habló con sobrevivientes de aquella noche, ni con antiguos habitantes de Pripyat. Sí pudo contactar a uno de los tres buzos que se sumergieron en el destruido reactor 4, y de quienes se cree que perdieron la vida pocas horas después, aunque el autor afirma que no fue así, pero el hombre no quiso recordar nada. De modo que el libro recopila numerosas investigaciones y artículos sobre el tema. “Cumplimos con el deber, alguien tenía que hacerlo”, es la frase, con marcado tesón soviético, que aparece en boca de las personas que intervinieron en la limpieza después de la catástrofe y que en muchos casos perdieron la vida a causa de distintas enfermedades.

El desvelo de Leatherbarrow por el desastre nuclear no terminó con este libro: el autor escocés pasó la mayoría de los días del confinamiento por la pandemia de coronavirus escribiendo un nuevo libro sobre la historia de la industria nuclear japonesa y el desastre de Fukushima en 2011, y ahora, mientras Europa transita días de deshielo respecto a la cuarentena y trata de volver a la “vieja normalidad”, busca editor y responde por mail las consultas de Clarín.

Andrew Leatherbarrow en Pripyat, en 2011. / Gentileza Riverside Agency

–Pasaron ya 34 años y Chernobyl sigue despertando fascinación. ¿Por qué creés que tan atractivo?

–Supongo que la razón principal es que es uno de esos eventos que casi no parecen reales. Si fuera una obra de ficción, sería demasiado escandaloso: un reactor nuclear explotando, haciendo inhabitable una gran región de tierra, obligando a la evacuación de una ciudad, cientos de miles de soldados que pasan meses descontaminando el área. Tiene todos los elementos de una novela. Luego, poder ir allí y verlo por vos mismo lo hace más atractivo.

Visitas turísticas a Chernobyl.

–¿Sentiste algún efecto físico de tu visita a Pripyat?

–No sentí ningún efecto de la radiación. Mis principales reacciones fueron emocionales. Caminar por Pripyat es imposible de describir, es como caminar por un sueño. Dondequiera que mirás está abandonado y cubierto de vegetación, y Chernobyl aparece enorme en el horizonte.

–¿Es como lo imaginaste?

–Es un lugar increíblemente solitario, muy tranquilo y vacío. Sabía mucho al respecto antes de ir, así que era exactamente como lo había imaginado. De alguna manera, es un estereotipo de sí mismo, porque se adhiere casi perfectamente a cómo la gente piensa en él. No es como la Fontana de Trevi, en Italia, donde hay una multitud de personas que no se ven en las fotos. Chernobyl está desolado.

Una visita a la zona de exclusión, en la abandonada ciudad de Pripyat. El lugar atrae truristas de todo el mundo. / AFP

–¿Qué fue lo que más te impresionó?

–La escala. La central es absolutamente enorme, mucho más grande de lo que me había imaginado antes de ir. Pripyat también es enorme, es difícil describir cómo es caminar por una ciudad vacía con edificios derruidos que se alzan sobre vos.

–¿Qué es lo que menos sabemos de lo que sucedió aquella madrugada?

–Lo que menos sabemos es cómo la radiación afectó a las personas. Es casi imposible determinar cuándo la radiación es la causante de un cáncer o de una enfermedad o si se debe a factores genéticos.

La rueda de la vida nunca fue inaugurada, en Pripyat. / AFP

–¿Qué se buscó ocultar?

–El gobierno soviético trató de ocultar la verdadera causa del desastre, que fue un diseño deficiente del reactor, y en su lugar culpó exclusivamente al mal entrenamiento y al incumplimiento de las reglas de los empleados que lo controlaban. Además, como ocurrió durante la Guerra Fría, se trató de ocultar incluso que el accidente había ocurrido.

–¿Cuál fue el mayor error?

–No ser honesto sobre las deficiencias en el diseño y la capacitación. Todo el sistema soviético estaba configurado para eventualmente causar accidentes porque rara vez tenían la oportunidad de aprender de los propios errores, especialmente con grandes proyectos nacionales como las centrales nucleares. Si hubieran aceptado los problemas, que ya conocían de antemano, y los hubieran solucionado, Chernobyl no habría sucedido.

Visitantes en las afueras del nuevo sarcófago, colocado sobre el viejo, en el reactor 4 de Chernobyl. / Reuters

–¿Cómo refleja Chernobyl lo que fue la Unión Soviética?

–Chernobyl fue construido para el prestigio científico: un reactor masivo y barato que reflejaba la obsesión de la URSS con la gigantomanía. Y, sin embargo, estaba mal construido y mal administrado, y nadie reconocía los problemas.

La central nuclear ardió durante 10 días y contaminó más de 142.000 kilómetros cuadrados, desde Ucrania hasta la ciudad rusa de Briansk. / Fotos Pablo Salvatori

–Pensaron que nada podía salir mal, incluso negaron el desastre, ¿por qué?

–No creo que las personas en la cima pensaran que nada podría salir mal, simplemente no les importó. La historia soviética está plagada de fracasos, simplemente los encubrieron y fingieron que no había pasado nada. La Guerra Fría estaba llegando a su fin, pero aún continuaba en la época de Chernobyl.

Los autitos chocadores abandonados de Pripyat, a 3 kilómetros de la central de Chernobyl.

–La primera reacción fue ver si el reactor seguía funcionando y no sopesar los daños. Es increíble, ¿no?

–Visto desde hoy, sí. Pero en ese momento se pensaba que era completamente imposible que uno de esos reactores explotara, por lo que pensaron que debía haber sido otra cosa.

Máscaras de gas y algunos libros, tirados en una escuela abandonada en la zona de exclusión de Chernobyl./ Bryan Denton. The New York Times

–Y después de la evacuación de Pripyat, aparecieron las brigadas de exterminio.

–Eran escuadrones a los que se les asignó la miserable tarea de matar a todos los animales de la zona. Su pelaje acumulaba contaminación radioactiva, haciéndolos dañinos para todo lo que los rodeaba, pero también buscaban comida. A las autoridades les preocupaba que por estas razones fueran un peligro para las personas que trabajaban en la zona, por lo que los mataron. Fue misericordioso, de alguna manera, porque es mucho más rápido morir de una bala que de radiación.

Vestigios del desastre. Tras una explosión que terminó con el colapso del reactor 4 de la planta de energía en lo que ahora es Ucrania, ocurrió el peor accidente nuclear de la historia y las consecuencias se siguen midiendo en la actualidad. / Clarín

–La gente no se enteró del accidente hasta dos días después, hoy con las redes sociales es impensable. ¿Estás de acuerdo?

–No del todo. Cosas así todavía suceden. El año pasado, en Nyonoksa, Rusia, hubo un accidente nuclear en el que murieron personas y nuevamente el gobierno intentó mentir al respecto. Este tipo de cosas no es infrecuente, todos los regímenes autoritarios se comportan así.

El cartel de entrada a la ciudad de Pripyat. / Reuters

–Se habla de la radiación como un “enemigo invisible”, lo mismo pasa con el coronavirus. ¿Hay algo comparable a la actual pandemia?

–La forma en que este virus ha vaciado las calles de la ciudad recuerda mucho a Chernobyl. Ha habido fotos de Times Square en Nueva York completamente desiertas y ese es el tipo de cosas que veríamos con un gran accidente de radiación o una guerra biológica.

Chernobyl, el peor accidente nuclear de la historia. / AFP

Otra versión sobre Chernobyl

Por la magnitud del desastre, por la desinformación, por las secuelas que perduran hasta hoy, el tema Chernobyl tiene su propia “grieta”: la serie de HBO tuvo buena recepción entre el público y dejó contenta a su audiencia salvo a la del Kremlin, que responderá con la película Chernobyl: Abyss, a estrenarse este año, un film que buscará revertir la imagen que dejó la popular producción sobre el accionar del gobierno soviético. Para eso, hará foco en el costado heroico de algunos personajes. Otra versión sobre lo ocurrido, otro relato.

Uno de los trajes y máscaras utilizados en la miniserie “Chernobyl” de HBO.

PC/VA

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