A 45 años de su estreno, Tiburón sigue provocándonos ansiedad



Por MANOHLA
 DARGIS 

​Sin ofender a la bañista desnuda mordida a la mitad, pero el tiburón solamente estaba siendo un tiburón. Y en vista del daño que le hemos causado al planeta, ¿acaso no merecíamos un castigo?

Cuando la gran bestia nadó a las pantallas en el verano de 1975, despertó una ansiedad que sin duda tenía un dejo de culpa. “Véala antes de ir a nadar”, advertía el corto, explotando nuestras preocupaciones. Teníamos muchas razones para ocultarnos en la oscuridad. El coloso de los éxitos de taquilla del verano, “Tiburón”, cambió la forma en que Hollywood hacía negocios.

“No te querías meter al agua”, me recordó hace poco mi hermana, cuando pregunté sobre un viaje familiar en los 70 a Martha’s Vineyard, Massachusetts, donde se filmó la película. Yo era una niña neoyorquina; mi hábitat natural era el cine. Y eso continuó hasta que el coronavirus cerró los cines. Si el océano parece menos peligroso hoy, es porque el monstruo actual es el virus.

El hecho de que el alcalde en “Tiburón” se ha convertido en meme pandémico es testamento de su perturbadora actualidad. Interpretado por Murray Hamilton, el alcalde Vaughn es el rostro sonriente y vacío de Amity, el paraíso playero que el tiburón convierte en barra de refrigerios. Después de que la marea arrastrara restos humanos a la costa, el Jefe de Policía Brody (Roy Scheider) pone manos a la obra mientras el alcalde insiste que todo está bien. “Es un hermoso día”, le dice a un reportero antes de que el agua vuelva a ponerse roja. “Las playas están abiertas y la gente la está pasando de maravilla”.

Como muchos políticos, el alcalde Vaughn sobrevivió crisis recurrentes (aparece en “Tiburón 2”) y ahora tiene una cuenta de parodia en Twitter, fuente de comentarios sombríamente chistosos: “En Amity”, tuiteó el 17 de mayo, “tenemos detectores de gérmenes estratégicamente colocados en la playa”.

Steven Spielberg tenía 27 años cuando dirigió “Tiburón”. Tenía algunas dudas acerca de convertir la novela de Peter Benchley en película. Lo que por fin lo convenció fueron las últimas 120 páginas, cuando los personajes principales “emprenden una cacería, una cacería marina en busca del gran tiburón blanco”.

Al igual que la novela, abre con la muerte de la bañista desnuda. Su nombre, que tal vez recuerden aunque tal vez no, es Chrissie. Las mujeres no son de mucha importancia aquí, salvo por la señora Kintner (Lee Fierro), quien enfrenta a Brody.

“Usted sabía que había un tiburón suelto”, dice, tras abofetearlo. “Sabía que era peligroso, pero dejó que la gente fuera a nadar de cualquier modo. Usted sabía todo eso. Pero aun así mi hijo ahora está muerto”.

Después de que Fierro muriera en abril por complicaciones de Covid-19, Mary McNamara, columnista de The Los Angeles Times, escribió, “todos somos ahora la señora Kintner”. En fechas recientes, sin embargo, todos nos parecemos más a los confundidos habitantes de Amity que se apresuran con imprudencia al agua o se quedan al margen mirando con horror.

En las décadas transcurridas desde el film, las películas de Hollywood se han anclado menos en personas reales y nuestro mundo atemorizantemente en peligro.

Los críticos interpretaron “Tiburón” de diferentes maneras: como una visión de “Moby-Dick” o la Guerra de Vietnam, o como una historia sobre el retorno de lo reprimido. Por supuesto, también trata de un tiburón que mata gente y a su vez es ultimado, lo que la convierte en otra historia sobre el dominio de la naturaleza por la humanidad.

Si ahora las amenazas en la pantalla son a menudo extraterrestres, se debe en parte, creo, a que no podemos tolerar ver lo que sucede, y lo que hacemos, en la Tierra. Tal vez el tiburón no buscaba simplemente cazarnos —al menos no a todos. Tal vez nos daba una advertencia.

© 2020 The New York Times

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