A 15 años del primer título de Nadal en Roland Garros: aquel público hostil, la final con un argentino y su promesa cumplida



En el mundo del tenis, no hay historia de amor tan grande como la de Rafael Nadal y Roland Garros. Sobre el polvo de ladrillo de París, el mallorquín lleva ganados doce títulos -record de la Era Abierta para un jugador en un mismo torneo- y acumula 93 victorias y apenas dos derrotas. Un reinado abrumador que comenzó hace quince años, el 5 de junio de 2005, cuando un Rafa de pelo largo y rostro aniñado derrotó en la final al argentino Mariano Puerta y levantó por primera vez la Copa de los Mosqueteros, en su primera participación en el Grand Slam francés. 

Remeras sin mangas, pantalones hasta abajo de la rodilla y actitud arrolladora dentro de la cancha; en esa temporada, que lo consagró como estrella, Nadal era una bocanada de aire fresco en el circuito. Llamaba la atención la potencia de su drive y la capacidad física que le permitía correr todas las pelotas y llegar a casi todas. Los especialistas, que lo venían siguiendo desde sus años de junior, le auguraban un futuro brillante. Pero pocos se imaginaban que aquel primer paso del español por el polvo de ladrillo de París iba a terminar como terminó. Y mucho menos que iba a ser el puntapié inicial de una hegemonía histórica.

El francés Zinedine Zidane, en ese momento estrella del Real Madrid, le entrega la Copa de los Mosqueteros a un joven Nadal. Foto AFP/Christophe Simon

Y eso que Rafa arrancaba como cuarto preclasificado, detrás del suizo Roger Federer, el estadounidense Andy Roddick y el ruso Marat Safin. Y hasta sus mismos rivales lo llenaban de elogios antes de su debut. “No tiene miedo a nada, está pleno de confianza y con la moral por las nubes”, afirmó Safin. “Impresiona su espíritu combativo”, comentó el estadounidense Andre Agassi.

Nadal mantenía los pies en la tierra. “Tengo 18 años -NdR: cumplió 19 durante el torneo, justo el día que el que venció a Federer en las semis-, no puedo ser el favorito. ¿Qué van a decir de mí en cinco años? Yo vengo a disfrutar y no sería inteligente cargarme de presión”, aseguró antes del debut. Incluso llegó a pedir, medio en broma, en una conferencia de prensa que no usen la palabra “favorito” para no creérsela.

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De bajo perfil, soñaba con el título, pero no quería crear expectativas. Sin embargo, sus actuaciones en la gira de canchas lentas previa a Roland Garros hablaban por sí solas y alimentaban su confianza. Había festejado en Montecarlo, Barcelona y Roma -con triunfos ante dos especialistas sobre polvo de ladrillo: Guillermo Coria en las finales de los dos Masters 1000 y Juan Carlos Ferrero en tierras catalanas- y esas consagraciones lo habían metido por primera vez entre los cinco mejores del ranking.

Aunque hubo otro partido, uno que ni siquiera había ganado, que lo terminó de convencer que estaba listo para superar a los mejores. Fue la final del Masters de Miami que perdió con Federer, ya número uno del mundo en ese momento. El mallorquín había arrancado con una ventaja de dos sets y el suizo terminó dando vuelta el marcador. Sin embargo, la derrota por 2-6, 6-7 (4-7), 7-6 (7-5), 6-3 y 6-1 le sirvió a Nadal para tomar consciencia de su nivel.

Remeras sin mangas, pantalones hasta abajo de a rodilla y actitud arrolladora dentro de la cancha; en 2005 Nadal era una bocanada de aire fresco en el circuito. Foto AFP/Jacques Demarthon

“Ese año, todo empezó a cambiar en Miami. Yo pensaba que Federer era demasiado bueno para que Rafael le ganara, que era imposible. Pero en Miami estuvo muy cerca. En ese momento, supimos que estaba ahí. Y cuando llegamos a París, pensamos que podía conquistar el torneo”, recordó el tío Toni, formador y entrenador del mallorquín durante casi toda su carrera, en una charla con Eurosport hace pocos días.

Así desembarcó Nadal en la capital francesa. Con la motivación por las nubes, con grandes expectativas y con un hambre de gloria que venía acumulando desde hacía dos temporadas, en las que su debut en el Grand Slam francés se había frustrado por problemas físicos. 

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En 2003, lo había obligado a bajarse una fisura en el codo derecho. Y en 2004, una fractura por estrés en el talón izquierdo. Ese último año, sin embargo, había estado igual en París para cumplir algunos compromisos con sus sponsors y, con muletas y todo, había presenciado un partido en el Philippe Chatrier. Apenas había durado diez minutos en las tribunas.

“Sin que yo le preguntara nada, me dijo que no podía estar en las gradas en lugar de en la pista. Que se había roto porque ese año no le tocaba ganar y que cuando fuese allí por primera vez, ganaría. Fue cuando me di cuenta de que era un campeón”, le contó su agente Carlos Costa, que lo había acompañado ese día, a la ATP​.

El mallorquín consiguió su primera victoria ante el alemán Burgsmüller, en el único partido que jugó en toda su carrera fuera de los dos estadios principales de Roland Garros. Foto AFP/Christophe Simon

Rafa cumplió su promesa.

Un año después, tuvo su debut en París ante el alemán Lars Burgsmüller, 96° del ranking, en el único partido que jugó en el torneo afuera de los dos estadios principales. Fue el 23 de mayo en la cancha 1, o “Plaza de Toros”, demolida hace unos días por el proyecto de renovación del predio. En tres sets -6-1, 7-6 (7-2) y 6-1- y una hora y 45 minutos, el mallorquín selló su primer triunfo en el “grande” francés. Igual no quedó contento con su actuación.

“No puedo estar feliz. Mi juego estuvo lleno de dudas. Después de este partido no pueden considerarme entre los favoritos”, comentó, crítico. Ya desde entonces, se exigía al máximo. 

En marzo, Federer le había ganado la final en Miami. Ese partido le dio a Rafa la confianza de que podía con los grandes. En Roland Garros se juntaron para las fotos antes de la semis, en la que el español se impuso en cuatro sets. Foto EFE/Andreu Dalmau

“Recuerdo que estaba un poco triste cuando vi el cuadro. Sabía que Nadal era un rival difícil. Estaba en buena forma, en pleno ascenso, todos sabían que iba a ser un gran jugador. Aunque era imposible imaginar entonces el brutal record que conseguiría en su carrera en Roland Garros. Hoy, siento un gran honor de haber sido su primer oponente en ese torneo”, contó Burgsmüller en charla con el USA Today en 2015.

Esa victoria ante el alemán fue el puntapié inicial del romance entre Nadal y París. Aunque no fue todo color de rosas en esa edición, en especial cuando -tras superar al belga Xavier Malisse en segunda rueda- le tocó eliminar de manera consecutiva a dos franceses que buscaban ponerle fin a una larga sequía sin campeones locales en el certamen.

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En tercera ronda, Rafa bajó a Richard Gasquet, un jugador que le había hecho sombra en su época de junior y al que veía como una seria amenaza. En menos de dos horas y solo tres sets, despidió a quién era una de las máximas esperanzas de los galos. “Me he sentido como un junior jugando contra un senior”, reconoció Gasquet, tras caer 6-4, 6-3 y 6-2. 

Al público no le cayó bien el triunfo de Nadal y se lo recriminó en su siguiente partido, ante Sebastien Grosjean, el único francés que había llegado a octavos. Ese duelo tuvo un momento muy tenso en el segundo set.

Puerta y Nadal protagonizaron una dura final, entre dos jugadores zurdos y de mucha potencia. Foto AP/Francois Mori

Tras diez minutos sin juego por una airada protesta de Grosjean por un fallo -con discusión incluida con el umpire argentino Damián Steiner y hasta intervención del supervisor del torneo-, el público local se puso en contra del español. Lo silbaron y le gritaron cuando sacaba; lograron desconcentrarlo y un inexperto Rafa perdió tres games seguidos y cedió el set. 

Enseguida se sacudió la bronca, volvió a enfocar la mente y se adelantó 3-0 en el tercer parcial. Y, tras una suspensión por lluvia, al día siguiente lo cerró con autoridad. Una muestra temprana de esa mentalidad de campeón que siempre lo caracterizó.

Nadal barrió luego en tres sets a David Ferrer​ (7-5, 6-2 y 6-0) y en semis, consiguió doblegar en cuatro (6-3, 4-6, 6-4 y 6-3) nada menos que a Federer, líder del ranking. Así quedó cara a cara con Puerta en la final, la primera “grande” para él.

“Nadal es un gran jugador, el mejor”, reconoció Puerta, quien más tarde ese año fue sancionado nuevamente tras dar positivo por etilefrina en un control antidoping que le realizaron después de la final. Foto AP/Lionel Cironneau

El argentino había llegado a esa instancia con triunfos ante Ivan Ljubicic, Kristof Vliegen, Stan Wawrinka, José Acasuso, Guillermo Cañas y Nikolay Davydenko​. A los 26 años, estaba 37° en el ranking y disfrutaba una segunda primavera en su carrera, tras una sanción por doping de nueve meses en 2003. No tenía nada que perder y lo dejó claro en el choque por el título.

Zurdos y potentes, batallaron durante casi tres horas y media sin darse tregua. Intercambiaron pelotazos y buscaron lastimarse con todas sus armas. Puerta se llevó el primer set y hasta tuvo sus chances de ganar también el cuarto. Pero Nadal fue mejor y se impuso por 6-7 (6-8), 6-3, 6-1 y 7-5.

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“Fue una final difícil. Un rival durísimo, que está jugando a un nivel altísimo y con una velocidad impresionante. Hubo momentos en los que pensé que iba a perder. Pero me han salvado las piernas y la mentalidad, que funcionaron perfectamente. Creo que jugué mi mejor tenis”, analizó el joven Rafa tras el triunfo.

El argentino, quien más tarde ese año fue sancionado nuevamente tras dar positivo por etilefrina en un control antidoping que le realizaron después de la final, simplemente reconoció: “Es un gran jugador, el mejor”.

El Rey Juan Carlos de España presenció la final y, tras el triunfo de Nadal, se olvidó del protocolo y se acercó a felicitar al mallorquín. Foto AFP/Jack Guez

Nadal fue así el primer debutante en gritar campeón en París desde que el sueco Mats Wilander​ lo hiciera en 1982 tras vencer en la final a Guillermo Vilas.​ El triunfo le permitió trepar al tercer escalón del ranking, detrás de Federer (1°) y Lleyton Hewitt (2°) -terminaría el año como número dos, con once trofeos- y lo terminó de afianzar como una de las nuevas estrellas del circuito. 

El español fue felicitado en la cancha por el Rey Juan Carlos de España, que había presenciado la final. Y, fanático de Real Madrid, se dio el gusto de recibir el trofeo de manos de un ídolo de su club, el francés Zinedine Zidane.

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Durante los festejos con su familia y su equipo previos a la ceremonia de premiación, Rafa recordó la promesa que le había hecho a su agente el año anterior. Y cuando Costa se acercó a saludarlo, le gritó: “¡Te dije que lo haría!”.

Con humildad, pero también con plena confianza en sí mismo, Nadal acababa de escribir el primer capítulo de un romance incomparable con Roland Garros. Lo que vino después fue historia pura.

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